viernes

Críticas de cine para la clase media


Freud (John Huston,1962)

          Una película como para si querés de pronto ver algo un poco "más", pero te tiene que gustar; si no, no: eso lo tenés que tener en cuenta a la hora de sentarte, porque ojo que hay que sentarse y ver la película tranquilo sin nada y sobre todo nadie que te moleste ni nada. Montgomery Clift se nota que era realmente un verdadero galán de los de antes, pero en la vida real estaba enfermo en ese momento (con decir que, mientras se hacía la película, la productora parece que le hizo varias veces juicio porque no podía ir a filmar a la hora que tenía que ir o los días que tenía que ir).

          Todos actúan muy muy bien, se nota que actúan bien. Sirve sobre todo para saber no solamente el nacimiento de lo que sería la Psicología y demás, sino que también uno termina dándose cuenta que es muy posible estar y ver durante dos horas una película que no tiene nada del otro mundo con respecto a todo lo que es efectos especiales ni nada de eso. Si bien es en blanco y negro y casi no tiene música, es increíble cómo se pasan volando las dos horas, porque te digo que te atrapa. Yo a mí por lo menos me encantó, me la devoré como me pasó con el Caballo de Troya, pero ahí era el libro, algo similar.

          Con Luciana mi mujer buscamos por Internet y vimos que un filósofo que vimos cada uno por su lado en el Ciclo Básico que no viene al caso pero es más que interesante saber que es nada más ni nada menos que "Sartre" escribió el primer guion de la película, pero que lo rechazaron por ser demasiado largo, y que hete aquí que la protagonista sacando Freud para él (o sea, para Sartre), tenía que ser Marilyn Monroe, mirá, pero se ve que tampoco lo dejaron porque aparece en realidad otra muy distinta.

          Después la verdad terminamos de buscar porque si bien era viernes, ya era tarde, no dábamos más y habíamos dicho de ir al supermercado el sábado antes del mediodía ahora que el auto anda bien.


Más o menos de qué se trata: Es la vida de Freud. Bah, una parte.

Calificación: Y, para ver con los chicos no es. Más que nada porque se aburren, no por otra cosa. Y también tenés que estar descansado y con ganas, porque te perdés muchas cosas si no.

Precio de la entrada: Depende, porque no la dan en todos lados. Tenés que agarrar el momento que la den en algún lado, porque además por el año es vieja, no es una película de ahora y ponele la firma que en un cine común no la vas a encontrar, ni siquiera uno de barrio si es que queda. Por ahí quizás en algunos lugares así selectos se puede alquilar, no sé, o quizás bajar de Internet, pero para bajar algo de Internet hay que tener cuidado y por sobre todas las cosas hay que saber. Nosotros la vimos de casualidad empezada por el cable; yo iba a cambiar pero Luciana me dijo "perá perá, éste es uno que le gustaba a mi tía Aurelia, ¿cómo se llamaba?"; yo te digo igual nunca lo había visto en mi vida, pero mientras tanto que ella pensaba sería quizás lo que no había propaganda, no sé, la cosa que nos terminamos enganchando y casi ni comimos, pero la verdad que bien, valió la pena. Igual terminamos un poco cansados, de a ratos se hace un poco densa.

jueves

Impresiones de un par de hijos de puta

          Parece ser que, cuando me enojo, se me afina la voz y entonces hablo con alguna afectación de clase alta o algo así. No digo, por ejemplo: "La reconcha de tu hermana, sorete, salí de acá porque te hago cagar". Digo, con muchos picos de entonación ascendente y matiz de flauta traversa: "Pero, ¿cómo puede ser? ¿De dónde es que elucubrás esa idea? ¿Realmente ése es tu pensamiento? ¡Dios mío!", y a continuación me persuado -por poner un caso- de que haber dicho "elucubrar" fue en ese contexto un acierto de construcción oracional y hasta una verdadera agresión a mi interlocutor.

          Claro que a los pocos minutos caigo en la cuenta de que nada de eso causó ni el más mínimo efecto de deterioro en la entereza espiritual del primate que, todas las veces, termina pisando el campo mancillado de mi dialéctica vencida.

          Hay por lo menos dos personas que, a la manera inmunda de la sobremesa, me han hecho notar esta inutilidad de mi condición.

          Una, por supuesto, es mi padre, para quien esas chillonadas ilustradas siguen siendo un signo evidentísimo de mi vulnerabilidad. Los elementos que componen la verdad emitida de esta crueldad son también dos: su carisma y el caso consecuente que le hacen los demás, que completa el proceso de legitimación de ésta y muchas otras de las incontables barrabasadas a las que su orientación mórbida lo aficiona.

          El otro es un hijo de re mil putas que, a través de los años, se manifestó como un oportunista inteligente y refinado, que de todo hace evaluación "costo/beneficio", minimizando costos y alejándose permanentemente de toda ética a favor de la obtención de quantums de placer. Este sorete que hoy cuenta billetes de estafa me dijo una tarde: "vos pisás débil, y por eso cada vez que vas con una mina los tipos le gritan cosas"; y otra: "yo sabía que te iba a tocar la colimba un año antes del sorteo, porque vos tenés cara de hacer el servicio militar". "No es que no tengas razón; en realidad no importa si tenés o no tenés razón: lo que interesa es si te hacés valer o no, y vos no". Este modelo terminado de amo hegeliano cree que todos los demás, salvo algún dotado que lo llena de placer, son unos pelotudos, y que como castigo hay que exprimirlos para alimentarse de su carne, de su dinero y de su trabajo de pelotudo que trabaja. A las mujeres, por ejemplo, les dice: "Yo solamente quiero coger con vos"; y muchas se dejan garchar ahí nomás, ya que les clarifica las cosas, y le entregan el orto que él les hace nada más que para lograr una humillación completa, iluminada por los soles del goce ingenuo de la puta o la entregada. Como es una mierda, probablemente si lee esto le tire un virus a la página. Si hace eso le voy a desear que se le prenda fuego la casa, porque me di cuenta de lo sorete que es. Desde hace poco, como débil que él me enseñó que soy, le estoy deseando también la muerte. Vas a ver, hijo de puta, yo no voy a hacer nada y te vas a morir como un perro con sarna avanzada. Los negados de la mano de Dios matamos con el pensamiento.

          Tanto el psicópata de mi ex padre como esta mierda a la que me acabo de referir se llevaban bien en su tiempo, y hasta el día de hoy se ponderan esplendores de supervivencia el uno al otro, y en la mutua consideración y la distancia también se respetan, porque cada cual tiene su carácter y en todo caso es Pietro el que no tiene las bolas para imponerse.

sábado

Cositas de papá (XIII) - El perfume que lleva al dolor

          Durante mi adolescencia, uno de los expedientes a que echaba mano mi padre para menoscabar mi masculinidad –además de las denigraciones injuriosas explícitas- era el de señalar de viva voz y delante de mi madre y de mis hermanos que mi cuerpo despedía en todo momento olores genitales y de transpiración.

          -Cuando uno llega a cierta edad –enseñaba papá, en la mesa del almuerzo, poniendo cara de repulsión- las bolitas empiezan a jeder, ¿nocierto?, y entonces nadie tiene por qué andar oliendo; nadie tiene por qué sentarse a la mesa y comer tratando de tragar la comida con el olor a pito que vos largás. La próxima vez te vas a bañar o no sé, comés en otro lado. Porque ni tu madre ni tu hermana ni yo tenemos por qué sentarnos a la mesa con un tipo al que las pelotitas le transpiran y viene y se sienta a la mesa igual que el resto que lo tiene que oler.

          Mi madre no me defendía.

          Entonces, por varios días, se instalaba en casa el tema del olor de los genitales de Pietro, hasta que sucedía alguna otra cosa o mi padre orientaba el discurso general hacia otros tópicos. Entretanto, no era improbable que, al cruzarnos en el ampuloso patio de la casa chorizo en que vivíamos, papá murmurara onomatopeyas de repulsión al pasar junto a mí.

          Una vez, a mis más de veinte años (es decir, ya superada la pubertad), pasábamos una de esas temporadas en que la cuestión de las emanaciones testiculares se hallaba vigente, aun durante aquel fin de semana en que se celebraba no sé qué reunión en el jardín de casa. Mi padre, que influye en las ideas y opiniones de los demás y que genera adhesiones incluso cuando sus comentarios alcanzan extremos disparatados, improcedentes, desinformados y hasta directamente discriminatorios, xenófobos y racistas, algo había estado diciendo a la familia. Promediando la tarde, mi tía, condicionada por la retórica del psicópata, no quiso expedirse sobre mi olor a pelotas (que era tema del líder); pero sí advirtió a los demás que ese día yo tenía olor en el pelo, y que la prueba de la seriedad de su enunciación consistía en que poseía una enorme capacidad olfativa ("a mí no me digas que no, porque yo tengo la nariz muy afilada"). Recuerdo la cara de mi padre en un rictus retorcido que encontraba consenso en los demás; y la pregunta de mamá acerca de si no me había lavado el pelo cuando me bañé, durante el postre excesivo de la platea familiar.

          La paradoja de esta impronta de hediondez se daba precisamente cuando mi padre advertía que, haciendo caso de su propuesta de saneamiento aromático, yo había utilizado en consecuencia algún perfume, para no oler mal. Entonces el discurso viraba hacia el lado de mi torpeza, de mi camino desordenado bajo el signo de la inmadurez despreciable en el ámbito de los que saben hacer; y así también lanzaba monosílabos terminados en j, evidenciando que el perfume que me había puesto era excesivo, y también preguntas retóricas del tipo qué hiciste con el frasco, ¿te lo vaciaste encima?.

          Aún hoy compro aerosoles de desodorante del tamaño más grande, y luego de bañarme o antes de salir de casa me aplico mucha cantidad en las axilas, en el pecho, en el abdomen y en toda la espalda. Para el cuello, detrás de las orejas, las mejillas y las muñecas, utilizo lociones. Mi perfume favorito es el Polo Clásico, pero temo que la combinación con el mucho desodorante que ya viene llevando mi torso genere una entremezcla finalmente nauseabunda, o que el perfume intenso resulte molesto para los demás, y a esa divagación la consuelo convencido de que en solamente pocos minutos cualquier exceso se compensará con las supuraciones inmundas de mis bolas o de alguna otra parte de mi cuerpo, porque sigo siendo así, sigo despidiendo olores que los demás no tienen por qué soportar.

domingo

El Péndulo de Carabobo

          Resulta que, como sufrí cuarenta años de daño psíquico, la única alternativa al problema es que me someta a sesiones muy caras de psicoanálisis por los próximos cuarenta años, a razón de dos y a veces tres por semana. En ese espacio surgen verdades incontestables que más o menos me van compensando con cierta sensación de algo parecido a la Justicia de segundo nivel los enormes agujeros de desorientación y angustia que me genera día a día mi biografía, mis enormes posibilidades clausuradas para siempre, el absoluto de mi mediocridad inducida, mi necesaria concepción del Otro inexistente como medio de defensa frente a los deterioros ocasionados por quienes fueron mis primeros “otros” y tuvieron bajo su esfera de responsabilidad enseñarme la noción de Otro y ejemplificarla en forma originaria; mi inevitable certeza imaginada de que el Otro lastima, ejerce alguna forma de tiranía, calla frente a lo injusto, juzga injustamente, impone reglas, compite y no reconoce. A veces –como todos los psicoanalizados- pienso que la profesional que me atiende está repodrida de mis relatos que sólo trasuntan angustia y de mi tendencia a la permanente derrota, huida y encierro, y que más le interesa mi dinero –estoy pagando las sesiones con lo que obtuve de la venta de mi casa- que mi (doctrinariamente imposible) “curación”. Entonces trato de racionalizar los encuentros y su enorme costo con amagos de convencimiento acerca de mi destino en el cual no hay interlocutores válidos, dotando a mi psicóloga de ese carácter (interlocutor válido), y así vivo las sesiones como una fiesta, porque son los únicos momentos en los cuales verdaderamente hay Otro que recibe el mensaje y elabora una respuesta valiosa de la que emana el interés por el intercambio y la riqueza de su construcción, y en esa dialéctica en la que sólo expongo la cosecha de mis miserias sembradas tomo un cuerpo de existencia que jamás se me concedió en los horrores psíquicos de la que fuera mi familia; y, aun bajo la forma subalterna de tipo que paga para conversar, mi ser en el mundo alcanza una forma de completitud que a veces me hace llorar.

          El caso es que el consultorio de la profesional de la salud mental queda en el antiguo barrio de mis dolencias. La casa que, también comiéndome mi viejo departamento, alquilo por una cifra que me da vergüenza –su dueña condescendió a cobrarme un poco menos de lo que se exige en esta ciudad de piedra- está a unos diez kilómetros de tejido urbano; siempre me retraso aunque intente las más imposibles combinaciones de todos los medios de transporte público que confluyen en la llamada Plaza Flores (tren, subterráneo, muchas líneas de colectivos y también taxi). La experiencia indica que no hay manera de que no llegue tarde a mis onerosas sesiones, y esa demora es también interpretada por mi psicóloga: dice que responde, entre otras cosas, y frente a la ausencia de dotación de carga narcisista originaria, a una necesidad de que alguien me espere.

          La estación final del subte, que queda a cinco cuadras del consultorio, se llama simbólicamente “Carabobo”. Fue inaugurada hace pocos años; también como símbolo -pero esta vez de exhibición ante la clase media barrial de un aparente progreso- le han provisto un ascensor que lleva a la superficie. A la clase media de más de cincuenta años le gusta tomarse este ascensor. Yo lo utilizo porque, en líneas generales, llego psíquicamente vencido a las sesiones. Cuando me queda alguna reserva de tolerancia, miro las caras de los pasajeros y de los “ascensorados”, y extraigo conclusiones terribles. Ese día no me quedaba reserva, pero era tal el ruido de arrastre de pies que me dije: “voy a esperar a que cierre la puerta para ver si en los gestos se refleja lo que estoy pensando”. Yo camino mirando hacia abajo; a veces, de los zapatos de los demás también emanan ideas; así que, a la espera de que el aparato empezara a moverse, me fui fijando en los pantalones y el calzado de los otros tres que habían ingresado. Tanto me perturbaba la correspondencia entre los modelos, el ajetreo que presentaban –la clase media le otorga a los zapatos una muy larga vida media- y la pertenencia a una pseudo-ideología de criterio pequeño consumidor, que quise levantar la mirada para advertir una vez más su estampa en los rostros, como cuando me siento a contemplar mórbidamente y sufriendo escenas del Holocausto.

          Entonces vi a mi madre.

          Ella también me advirtió, pero luego giró involuntariamente la cabeza, sin variar el gesto de transeúnte y dirigió la mirada hacia el tercio superior del ascensor, como hacen casi todos.

          -Mamá.

          Mi madre me mira. No sabe quién le está hablando.

          -Mamá.

          Mi madre me escruta, como queriendo reconocer con esfuerzo al que se le está acercando en el ascensor. De pronto, se le intensifica un mínimo el escaso brillo, y dice:

          -Ah… Pietro… no te reconocí por la barba.

          Yo pensaba: “hace cuatro años que uso barba, aunque hace tres que casi no nos vemos”.

          -Mhm –dije.

          -¿Cómo estás… estás en Buenos Aires?-. Una señora a mi lado, la tercera de los cuatro ocupantes del aparato, se ríe.

          -Sí, sí… estoy acá… ¿vos, cómo estás?

          -Pero qué… -continúa la pregunta - ¿te quedás o te vas?.

          La señora vuelve a reírse. Para ella, el hijo que vive en la ciudad se encontró con su madre, que también vive en la ciudad. Es decir, para ella se trata del encuentro del hijo y de su madre.

          -Estoy viviendo acá, acá estoy... –digo, sonriendo un poco.

          - Ah… -dice mi madre, y la señora vuelve a reírse.

          Se abre la puerta del ascensor; llegamos a la superficie; hay muchos bocinazos y ruidos de acelerones; mientras salimos, mamá pregunta, como soñando:

          -¿Adónde vas?

          -A la psicóloga.

          -Ah… ¿queda por acá?

          -Sí, queda por acá, a pocas cuadras...

Entonces mamá dice:

          -Bueno, nosotros estamos en el lugar de siempre, tenemos el mismo teléfono de siempre, estamos donde siempre, podés llamar, venir, cuando quieras… -y ahí se queda, no sabe qué más decir. No sabe qué hacer. No está mi padre para decirle qué tiene que hacer. Su reacción y los gestos de esa reacción exponen un grotesco de desorientación. Necesita que vaya yo hasta su casa, adonde está papá, para que él acomode dicursivamente esta realidad que se le ha trastocado, confiriéndole significado y obligándola también simbólicamente a que se lo induzca.

          -¿Vos bien? –yo tampoco sé qué decir. Estoy llegando tarde, no quiero encontrarme con mi madre, que mira como para de alguna manera hallar en espacio la esquina de Carabobo y Rivadavia, a la que conocía hasta hoy desde hacía sesenta años, una superficie iluminada por el caos de los millones.

          -Más o menos. Tengo mal acá, la palanca del hombro.

          ¿La “palanca del hombro”?, pienso. Debe ser terminología de mi padre. Para mi madre, por haberlo escuchado de mi padre, debe entonces existir una palanca del hombro. Gracias a los pocos años de psicoanálisis, en seguida advierto que los menudeos médicos sobre su cuerpo son otra de las formas de emergencia de su masoquismo.

          -Ahá –digo.

          -¿Tenés teléfono? –pregunta, como para preguntar alguna cosa. Está aturdida.

          -Sí –entonces hurga en el bolsillo y saca un celular más o menos viejo.

          -No sé, yo no entiendo estas cosas. No sé manejar este teléfono. Escribime vos tu número.

          Mientras escribo, mamá mira hacia otro lado. Quizás esté confirmándose que ésa es la esquina de Rivadavia y Carabobo.

          -Estoy apurado, acá te dejo mi número. Llamame y te va a quedar grabado.

          -Bueno –dice mi madre, mirando el celular.

          -Bueno, me voy, un saludo –podría haber seguido unas cuadras por Rivadavia, acompañarla, que me contara alguna cosa, algo, ya que iba a continuar mi terapia mental: la reparación del daño vendría ahí nomás, en muy pocos minutos.

          -Chau, Pietro –mi madre se queda mirando todavía el teléfono, viendo cómo se hace para guardar el número sin gastar en llamadas. Yo cruzo Rivadavia y no me vuelvo hacia atrás; estimo que mi madre cierra la tapa del teléfono sin enviar el llamado y el número que le ingresé entonces se pierde.

          En el trayecto hasta el consultorio, me ilumina un único pensamiento: hace poco más de un año, mi hermana había rescatado como positivo (en sus términos) el dictamen del psicópata en relación a mi muerte, ocasionada por el efecto de estos papeles que tienen frente a la vista y también por el de mi rebelión a sus verdades de enfermo. Para ella, que asombrosamente también es psicóloga, sería saludable esto que se da que ni él quiera verte ni vos quieras verlo. Pero el psicópata, que requiere rimbombancia, ha expresado su idea patológica sentenciando que estoy muerto.


          Entonces mi madre, aun en el estrecho ámbito de un ascensor ocupado sólo por cuatro personas (una madre, un hijo y dos más), no supo quién era yo. La muerte, en los espacios totales, es el no-ser; así mi madre en ese lastimoso episodio me dirigió una nuda mirada, como se hace frente a lo que no es, concepto que incluye el no haber sido, porque el que no es no tiene existencia alguna, ni aun como recuerdo.

          Por ejemplo, para todos ustedes (y aun para mí) el Perjápulo no es, como así tampoco la Rubla del Estenglocino; no son siquiera conceptos porque no denotan ninguna cosa. Pero sí al menos están expresados, como lo estaba yo en aquel ascensor, y de ese modo estos no-conceptos alcanzan un mínimo estado de ser en tanto expresión, aunque nada más, porque, de hecho, la capacidad que tenemos de percibirlos se agota en la sola lectura. No sabríamos qué más hacer con estas nuevas herramientas o cosas que se dan sorpresivamente en el mundo de los hechos: el Perjápulo y la Rubla del Estenglocino, y al instante quizás las olvidaríamos. Así también mi madre podía verme, percibirme como algo que estaba en ese ascensor, pero nada más; y luego volver a colocar la mirada en el tercio superior del espacio. Más adelante, cuando tuvo que hacer algo con ese Perjápulo que se le erigía frente a sí, experimentó la misma desorientación que tendrían ustedes si yo les pidiera que se manifestaran con cierta responsabilidad acerca del valor, practicidad o detalles de la Rubla del Estenglocino.

          “En primer lugar, qué bueno que no te perturbó tanto”, me dijo luego la psicóloga. “En otros momentos no me lo habrías contado riéndote, y, además, esto habría sido materia de varios encuentros. Pero por suerte llevás cuatro años en este espacio”. “Sí, a costa de mi casa”, pensé y no dije.

          “En segundo lugar, entiendo que no es necesario que te diga que esta anécdota es producto de un comportamiento patológico. Una madre reconoce al hijo aun cuando lo encuentre con barba de sesenta años, con el rostro cambiado por los años, con cuarenta kilos menos… lo reconoce... ¡por el olor! Si tu madre no te conoció, tengo que decirte que es muy probable –no es mi paciente, pero a través de tu relato puedo ver algunos detalles- es muy probable que esté sufriendo una patología… seria. Tu padre también, pero en cuanto a seriedad, parecería ser que, reitero, no es mi paciente, pero es… una madre… es algo muy serio. Desde ahí lo tenés que tomar… Veo que algo de eso hay, porque de hecho no estás angustiado, te estás riendo; esa risa la entiendo como liberadora, y es muy bueno que te rías a sólo diez minutos de ocurrido el episodio que contás. Pero siempre tomando como base este aspecto patológico que no tiene nada que ver con vos, ¿eso lo tenés claro? Porque vos creciste en una especie de bocina permanente en la que el discurso hegemónico te identificaba como el enfermo, tu padre decía que tenías esquizofrenia paranoide… es importante que veas que la realidad es otra.”

          “Ya sé que es importante, pero todavía no puedo”. “Ya vas a poder”, y así seguía la sesión.


          Mi madre, como dije alguna vez, es un péndulo que oscila entre la pelotudez y la hijadeputez, de modo que sus acciones vitales sólo se desarrollan al calor de una onda mórbida que desgrana pétalos mustios de una flor deshonrada y binaria:

                              pelotuda / hija de puta;
                              pelotuda / hija de puta;
                              pelotuda / hija de puta;
                              pelotuda / hija de puta;
                              pelotuda / hija de puta;
                              pelotuda / hija de puta;
                              pelotuda / hija de puta,

y así siguiendo, de modo tal que cuando no es una pelotuda, es una hija de puta
, y siempre por omisión (es decir, callando); aunque, excepcionalmente, se desempeña con cierta actividad para lograr resultados, como por ejemplo a través de la comisión de pequeños delitos con el solo fin de ser castigada; pero esto lo contaré más adelante, algún día de los que compondrán los treinta y pico de años que por delante quedan de mi psicoanálisis.

          En ese ascensor, por algunos segundos, mientras un Virgilio riente de clase media destrozada nos conducía a la superficie mancillada del barrio de mi infancia, el Péndulo de Susana Carabobo se detuvo en el medio. Pero tenía que seguir funcionando (acechaba la muerte); y entonces, al decirme que no sabía manipular el teléfono celular, comprendí casi científicamente que había decidido darle impulso hacia el extremo “pelotuda”, y que volvería a detenerse en “hija de puta” unos minutos después, cuando le contara a mi padre el episodio y éste le ordenara revisar si se había borrado mi número de teléfono y ella le hiciera voluntario caso, ahora sí, comprendiendo cómo se hace.

          En éstos y otros pensamientos me distraigo, mientras algunos concluyen que estoy mal de la cabeza y un puñado me aconseja, como acariciando a un animal, que no me haga tanto problema.

martes

Cositas de papá (XII) - Idi i smotri

          Cuando mi opinión sobre cualquier tema comenzaba a tomar cuerpo y a evidenciar alguna coherencia, de forma tal que la suya quedaría rendida en el campo de la razón, mi padre echaba mano de algún insulto solapado que sólo tenía por finalidad minar mi voluntad. El más común era el siguiente:

Vos no sé qué hablás, si sos el más débil de la familia.

          Y continuaba explicando con verba de tipo de barrio avezado: "Acá tus hermanos todos demuestran que pueden ganarse la vida de alguna manera. Vos sos un inútil con las manos y lo único que sabés hacer es sacarle el polvo a los libros. Tené cuidado con lo que decís, porque el día que te coman los piojos vamos a tener que salir a ayudarte yo, tu madre y tus hermanos".

          Con ese tenor de respuestas, mi padre aventaba toda posibilidad de "perder la discusión" -como le gustaba ponderar de dos que intercambian ideas-, a la vez que me enseñaba mis imposibilidades e incapacidad, que sólo existía en su criterio y en el de los que encontraban en él un líder carismático que protegía sus pequeñeces.

          Solamente yo veía absurda esa respuesta que, como un acto de locura, aparecía repentina y dictaminante en la mesa, y se esparcía con la autoridad del tirano en el entendimiento de los demás, quienes, en silencio, a la vez de aceptar y gratificarse, asignaban imaginariamente roles en ese ámbito insano en el que viví más de treinta años.

          Es cierto que esas respuestas me fueron dadas desde muy niño, y que finalmente hoy de verdad me comen los piojos, porque estoy quebrado y la mayor parte de mis ahorros -la venta de mi casa- se la lleva mi psicóloga. Y es cierto también que estos hijos de puta siguen ganando.

          Me consuelo pensando que es seguro que se van a morir, pero también me angustio cuando alcanzo la certeza de que para entonces tendré setenta o setenta y cinco años, y que me quedarán cinco o seis para disfrutar de una vida que ha ido tan a contramano de mi complexión y mi entereza psíquica que hasta me da a pensar que alguien debería venir y matarlos a propósito. No yo, porque no voy a seguir desgraciándome con la cárcel; ni tampoco, por lo mismo, nadie que yo mande; pero sí alguien de ésos que aparecen aleatoriamente: un ladrón, algún otro hijo de puta, un violador de viejas, un psicópata gravísimo, un iletrado drogadicto.

          Es una fantasía que tengo: que alguien los mate queriendo matarlos, que una vuelta de la casualidad les haga ver por última vez la autocracia del más fuerte de la manera más contundente. Como esa otra en la que imagino que le destrozo la casa al hijo de mil puta de mi padre, rompiéndole los vidrios, tirando abajo las estanterías y esos "modulares" de mierda de los setenta en los que le gusta acumular vajilla barata y pelotudeces de ferretería, moliendo a palos los televisores, quemando las camas, reventando a fierrazos los inodoros en los que no me dejaban cagar ni masturbarme y llenando de mi propia sangre las puertas y las paredes; y al finalizar la tarea tomar al cerdo de los pelos o de la mandíbula (arrastrarlo tomando lo incisivos del maxilar inferior) y decirle: "Mirá este paisaje: así dejaste mi cabeza, la reputísima madre que te recontra re mil re parió. Así me dejaste la cabeza, hijo de puta".

          Pero a no desesperar, que sabemos que el neurótico planea lo que sólo el perverso ejecuta.

viernes

Cositas de papá (XI): La noche del 20 de junio de 1981

          La noche del 20 de junio de 1981 vi mi primera película "prohibida para menores de 14 años". Gobernaba el país el General Videla; entonces, pretender la entrada a pocos días de cumplir la edad reglamentaria era una aventura que me provocaba miedo. Mi amigo Fabiolo, que se cansó por décadas de enseñarme la vida sin que yo la aprendiera, me instaba a no ser boludo, a que si me pedían los documentos se los mostrara y listo. Fuimos a la función de trasnoche y apenas se vio una teta por pocos segundos: como un anuncio de lo por venir, esa primera vez no significó nada.

          A no ser porque, al día siguiente, al hurgar en el cajón de la ropa interior antes de ir a bañarme, encontré que mi madre había dejado un calzoncillo muy sucio entre los limpios: el que me había quitado la noche anterior, antes de ir al cine. El calzoncillo era blanco y estaba manchado con muchas vetas de caca. En silencio y atiborrado de vergüenza, lo tomé y lo lavé en la ducha. Desde ese día, la efectividad del método del psicópata hizo que, cada vez que marchara a bañarme, fregara también el calzoncillo que había usado durante el día, hasta pasados los 30 años, cuando pude comprarme un lavarropas propio. Papá, en cambio, continuó dejando los suyos usados, secos y en el estado en que estuvieran, en la pileta del lavadero.

          Días después de ese episodio, discutí con mi hermano, quien me mandó a que aprendiera a limpiarme el culo.

          Cuando mi padre lo amonestó ordenándole que se callara la boca, comprendí que todos sabían todo.

jueves

Susana Cuatro Casas

          Resulta que hace poco se murió otro hombre bueno: mi tío el hermano de mi madre. Papá lo despreciaba por un problema neurológico que tenía; de él ponderaba que era "un tarado". Su padre (el que extirpó el jardín para instalar una fundición de bronce), lo había educado en la mugre rudimentaria de la clase obrera que apenas arañaría la dignidad; pero a la vez le compró enciclopedias y libros para compensar su cuarto grado y su cocoliche mejorado de "masa disponible" hija de la inmigración. No le encendían todas las luces, pero, como dije, era un hombre bueno: la genética de su lado familiar fue más fuerte que su disfunción mental, como pasa en todos los casos (sé de enfermos mentales que delinquen a propósito; es decir, queriendo hacerlo). Tuvo una sola mujer, a los 49 años: una señora de Paraguay que llevaba un hijo trigueño de ningunos talentos al que mi familia, junto también a la mujer y a mi tío, despreció solapadamente (culparon a mi abuela de haberse puesto celosa y por ello no haber permitido la relación, que finalizó al poco tiempo). Era torpe, sucio, pobre, débil, feo, miope, enorme, oloroso, desgraciado y tomado en sorna por los demás; vistió siempre lo elemental, comía pizza de cartón y pollo de rotiserías de segunda, se aficionaba como mi madre a la compra de ofertas de tercera categoría y nunca participó de una conversación. No tenía modales en la mesa. Se tiraba pedos. Quien lo viera, recordaría siempre su porte ridículo, su nariz horrible, sus anteojos verdes de culo de botella, su panza de Sancho devaluado y su andar trabajoso de tipo con esbozos de problemas motrices. La evolución de su dolencia le terminó deparando un Parkinson que al final de sus días hasta le impidió deglutir, cagar y respirar.

          Pero carecía de toda malicia, y era tan amigable y generoso como su madre. Me regaló la primera calculadora cuando intuyó que me gustaba la matemática. Lo último que le dije fue "Adiós", hace ocho o nueve años: nos despedimos a la salida de un teatro. Le dije "Adiós", y no sabía.

          Con todo, mi tío, que se desempeñaba como Ayudante de Laboratorio en un colegio secundario municipal, logró comprarse a crédito una casa en un barrio rayano en la indigencia, a 35 kilómetros de la ciudad.

          Esa casa, por línea sucesoria -si es que no ha desaparecido- pertenecería a partir de esta muerte a mi madre, quien ya tiene otras tres: el caserón de Flores, el departamento en la Costa y una "casa-quinta" en el suburbio más o menos pudiente del Oeste.

          Mi madre, cuya vida es un péndulo que va de la estulticia a la crueldad pasiva, es ahora Susana Cuatro Casas.