sábado

Ayer y hoy

          Con mi amiga Emegé hablábamos esta noche de las formas discursivas populares de ayer y de hoy. Veíamos un documental sobre un dirigente de izquierda de los '60s que se dirigía a una congregación peronista de banderas con fusiles cruzados en términos que hoy pocos identificarían como de lenguaje masivo. La propia izquierda argentina, hace cuarenta años hiper-intelectualizada, hoy desgrana pavadas sobrecargadas de marihuana y sexo libre que poco tienen que ver, como antaño, con la refutación seria del materialismo histórico que ignoran y que es la base de su (desconocida) reivindicación. Los que ayer procuraban la derrota de las justificaciones estructurales de dominio, hoy, sitiados por sus limitaciones culturales, sólo abogan por el reparto solidario de alimentos no perecederos en plazas públicas, y de flujos seminales y vaginales a ritmo de conversión de la irracionalidad en derechos que sólo importan a su reducida comunidad de marginados auto-adquiridos.
          ¿Causaría el mismo efecto por estos días el discurso del líder que vociferaba literatura sobre un tinglado improvisado en la entrada de una fábrica, a principios de los '70s? ¿Habría ahora interlocutores válidos para esa clase de expresiones tan precisamente referenciadas de contenido?
          "Esos florimientos vienen de antes, del treinta, del cuarenta. Fijate la forma de uno de los mensajes más recordados de Eva Perón: ...y aunque deje en el camino jirones de mi vida, yo sé que ustedes recogerán los restos... andá a hablarle así hoy a la masa obrera. ¿Jirones?¿Qué jirones?"
          "Hoy habría que decir bidones", agregó inmediatamente Emegé. "Aunque deje en el camino bidones de mi vida".
          "Ja ja ja", se me ocurrió, pensando que las masas actuales aplaudirían igual así, a tan poco de la ausencia de significante.
          Y en seguida me volví a deprimir un poco, pero no mucho más, porque venía de liberarme y, como postula mi psicóloga, por tu estructura psíquica siempre algo de angustia residual va a haber, eso no lo vamos a poder modificar.

martes

Hijos de puta

         Todas las prendas que de algún modo guardan contacto con mi culo están manchadas de sangre seca o húmeda. Cuando me las quito, parecen invadidas por un torrente de mierda; pero en verdad es sangre tan roja y sedimentaria que toma sin miedo a ninguna denigración la senda horrorosa del marrón. Vez a vez, utilizo líquidos limpiadores saturados de ácidos más o menos benéficos o más o menos corrosivos, siempre sin resultados. Los calzoncillos blancos, en más de una ocasión, viraron a un ocre que interpreté resultado de una cromatografía aureolar de muerte intensa.
         En este punto, veo que he venido dedicando mi agotamiento a todos los hijos de puta que me desvirgaron los estadíos en el camino de la vida y que corroboraron con toda su pestilencia enferma que es cierto, uno pasa libremente por las metamorfosis más ridículas.

jueves

Si no (si y sólo si no pe), entonces pe

          Una aplicación de la Ley de Murphy:


Si no es necesario que no sea, entonces fatalmente será.

lunes

Esperen un cachilín

Ya voy a postear; es que entre la depresión y el trabajar inútilmente, el mismo tiempo que me ha condenado se me diluye entre el cáncer existencial.

Ya vengo, y cuando venga, borro esto.

sábado

Revelación freudiana

          En una de las múltiples -y siempre insuficientes- sesiones de psicoanálisis a las que debo someterme en función del daño recibido, expuse a consideración de la terapeuta una relación sentimental de años atrás, que tuve con una mujer que, con algún otro hombre, se había dejado penetrar por el orto; y que, además, había consentido una serie ininterrumpida de  relaciones sexuales con por lo menos un desconocido antes de decidir su noviazgo conmigo. Como más o menos la licenciada me convenció acerca de que no existe una moral homogénea, le pregunté por qué en aquella época esas dos circunstancias (la cogida por el ano y la putedad pasada) me molestaban tanto; y cómo es que ahora las veía, si bien aberrantes e indeseables desde una perspectiva de vida virtuosa, verdaderamente inofensivas para mi proyecto personal de vida e insusceptibles de generar daño en nadie -acaso en el esfínter anal de la protagonista de los descarríos o en su honestidad biográfica, pero nunca un deterioro de mi propia entereza espiritual, como antes lo vivenciaba, al punto de sentirme portador vergonzoso y en condición de inmanencia del deshonor que atañía a mi partenaire de entonces-. A mayor abundamiento, le comenté que otra mujer a la que conocí desde niña actualmente llevaba el mismo comportamiento, pero esa ajena experiencia me provocaba esta vez risa y expectación de torpeza en lugar de, como antes, obsesión horrorizante, repulsión y conexión con la soledad y angustias más extremas.

          ¿Quizás me sentiría ahora cobijado en la pureza de pensamiento y acción de Cholita, la mujer más honesta de todas y que por suerte puedo querer sin temores?

          La interpretación "psi" fue, como nunca, una luz azul en el camino:

          -A esta altura ya lo hemos trabajado quizás sin darte cuenta, pero en aquel tiempo probablemente hayas asociado la penetración anal con los abusos morales que te infligió tu padre; y la liviandad de costumbres sexuales, con la prostitución de tu madre.

          Y entonces todo surgió tan cristalina y palmariamente, que comencé a perdonar, si bien cada carnero en su redil.

jueves

Inimputeable

          Así pondera una persona a mi madre: Inimputeable.

          Es decir: no se la puede imputar, porque no parece tener la capacidad de comprender la criminalidad de sus actos estúpidos; y tampoco se la puede putear, porque para una estúpida los insultos de terceros son como... como... anillos de debilidad frente a la mano más fuerte de mi padre.

          Me pareció una muy acertada apreciación; lúcida, pero no por ello menos dolorosa.

          E imaginé entonces a mi madre, pendulando como una idiota.

sábado

Ahora me explico

Las mujeres de dudosa reputación buscan frecuentar a las mujeres honestas, por una especie de... nostalgia de la virtud.


Max Ophüls, La Ronde, 1950