lunes

Qué pienso cuando veo a una embarazada

-No sé, Florencia, ya pasaste por todas las experiencias habidas y por haber; te la dieron por el orto, saliste a garcharte a CUALQUIERA, te hiciste todas las del Kamasutra... ¿qué te puedo dar yo de novedoso?

-Cómo qué. Un hijo.


          Ya sé todas las cosas que me vas a decir, porque probablemente vos también estés imbuido de esa mística fácil de la procreación que fogonea a tu entorno, al que, a la vez, todos los medios de comunicación sodomizan el criterio. Pero ya me harté de mediocres a quienes tiempo a tiempo les estoy dando la derecha en cuanto a que se expresen como se les cante y responderles respetuosamente, aunque cuando soy YO el que se quiere expresar, su medianía irrecuperable los lleva a decirme cualquier sandez que se les cruza (incluidos insultos), injurias que les vienen de la programación unidimensional con la que recorren la vida, guturaciones que corresponden a exhibiciones intimidatorias de dientes del mismo modo que un papión chillaría si uno se acercara dentro del territorio conformado por sus meadas, plagadas de feromonas y solventes naturales.

          El caso es que a mí, por más que el comentario resulte antipático, las embarazadas me dan asco; y mucho más las embarazadas que van blandiendo su estado como bandera de legitimidad. La mujer, en líneas generales, hoy ya es igual de hija de mil puta que el hombre. La poesía amorosa no tiene más sentido en estos días ni lo viene teniendo desde mucho, mucho antes: cualquier lírica muere sola si se enfrenta a la durísima realidad de que, cuando una mujer tiene ganas de coger, abiertamente va y se busca un tipo, sin más cuestionamiento que el propio picor vaginal o anal. No espera más, no acude a su pudor: se abre de gambas con cualquiera, y después pretende elevar esa actividad desdorosa a la categoría de derecho, frente al interlocutor más o menos decente que se lo hace notar. “Perdón, ¿ustedes no hacen lo mismo? ¿Entonces qué me venís a decir a mí?”, contestan; entonces yo pienso “en vez de criticar desde lo ético el hecho de que desde siempre el macho salía a copular por ahí, en vez de generar un discurso de repulsión hacia lo que claramente conforma un abuso de la genitalidad y un símbolo de dominio animal e incorrecto, un acto respecto del cual precisamente somos los únicos seres de la Creación que venimos mentalmente preparados para entender y valorar; en vez de todo eso, digo, eligen la fácil: nosotras también nos cogemos a quien se nos cante el culo, y ésta es una buena manera de vivir. Chau recato, chau lirismo, chau todo lo que se te ocurra. Chau tu amor, también, porque el día que te enamores vas a ver lo que es que te defiendan que se metieron un socotroco en el orto y que les gustó, y que eso es SU intimidad, sobre la cual vos no podés avanzar. Igualmente, nada me aparta de la sospecha ciertísima de que seguramente VOS, que estás leyendo, serás uno de esos que andan por la vida asegurando la vigencia de estos antiprincipios que aquí critico, visitador de tractos rectales y asegurador del estado de cosas, según el cual el sexo tiene el mismo significado que lavarse las manos. O una mina de éstas que se dejan por el orto y entienden que ese acto constituye una “exploración” similar a la que asalta a una persona con real sentido de la curiosidad científica, un creador de valor para la Humanidad. En tu cabeza, sospecho, todo es lo mismo, así que, si querés, abandoná la lectura en este punto, porque también aprendí en todos estos años que esgrimir un discurso como éste que estoy desenvolviendo es peor que tirar margaritas a los chanchos: es predicar en el desierto.

          Entonces para mí una embarazada es una mina que se cansó de coger porque sí y que se le cantó el ojete de tener un hijo. Pero claro, como no es lo mismo una MADRE que lo puta que fueron, ahora buscan (y reciben) la absorción automática de una sociedad a la que le chupa un huevo el pasado y que estructura toda una serie de mecanismos tendientes a acoger favorablemente (y a incluir en el mercado) una versión ahora maternal de la cópula avalorada que hasta el momento venían cultivando. Entonces empiezan las pelotudeces crónicas que hacen a la vida prenatal de la pareja: los turnos con el obstetra (al que tratan de vos, como si fuera un par, y que también tiene hijos chiquitos como ellas; está en la misma), el conteo mórbido de semanas y días -que incluye la hipocresía de decir cosas tipo "el sábado entra en la novena semana"-, la justificación de las inconductas o de los absurdos por la sobrecarga hormonal, y otros fantasmas urbanos como el de la sobrevaloración del hombre que las acompaña (es llamativo, pero asqueroso, advertir cómo la embarazada se prende con temor desesperante a la monogamia durante el período de gestación: a pesar de sus devaluados principios de cópula social, se ubica como nunca durante la gravidez en un estadio de desprotección y desconfianza patológicas al que también otorgan rango de derecho; piensan en verdad que a “él” le compete legítimamente el salir a cogerse a cualquiera porque es más difícil garchar con ellas, que se pueden mover menos y están “horribles”, según sus relatos; es asqueante también escuchar confesiones de padres cubiertos de pelos en las que sin ningún tapujo reconocen que se excitaban más cuando sus compañeras de colchón estaban embarazadas, Dios mío. ¡Dios mío!).

          Entonces estas minas, que otrora mayormente revolearan la bombacha cagándose en la significación civilizadamente construida de todas las cosas, ahora reciben sin ningún esfuerzo las bondades que, como signo de desproporción decadente, también elabora el conglomerado, concediendo una especie de premio inmerecido a quien todo el tiempo se encargó de ningunear los principios que lo sostuvieron y perseguir como único imperativo y motor de vida la satisfacción de su propio interés, comúnmente representado por el placer.

          Ahí comienza un andar al principio desorientado y todas las veces novedoso por el camino de la aparente virtud; un agitar torpe e ignorante del precepto de la multiplicación transformado en moneda de cambio de los beneficios más injustos y a la vez más cotidianos y pequeños, a los que se les otorga estatus de obligación por así corresponder; un sendero conductual impune que sólo se justifica ideológicamente por la circunstancia de que ésa es la postura asumida por el sentido filodecadente del resto. Y así se adelantan en todas las colas, empujando y blandiendo quizás algún otro hijo pequeño y normalmente sucio de baba o moco; no les importa si el colectivo está lleno y suben igual, en la seguridad de que algún pelotudo que cree que el honor pasa por ahí va a desgañitarse para tocar la supuesta inmoralidad del que va sentado, exigiendo retóricamente si “no hay un caballero que le dé el asiento a la señora que está embarazada”; van a recibir preguntas de “cuánto falta”, sonriendo, cuando antes le miraban el culo, las tetas, o la ignoraban; se salvan de multas, se les aceptan las más disparatadas visiones del mundo y opiniones que muchas veces rozan lo nazi; les disponen cajas especiales en los supermercados a los que empiezan a aficionarse y se les permite interrumpir cualquier cosa (una conversación, una película, un llamado telefónico, una consulta médica –he visto pacientes que dejaron paso a embarazadas que tuvieron el tupé de golpear la puerta del consultorio para pasar por encima del derecho de quien se estaba atendiendo-, un viaje en colectivo, una clase, un cumpleaños).

          Pero todo esto es una muy enorme mierda mentirosa, que no refleja ni el diez por ciento del sentir verdadero y real de los actores sociales. La prueba de que estas débiles permisiones conforman tan sólo un mero entretejido de roles de interacción de preguntas, respuestas y actitudes estandarizadas que tienden nada más que a salvar el culo particular de cada uno de los que las practican, es el hecho de que, en otros contextos, las reacciones frente al hecho del embarazo resultan contradictorias y claramente opuestas, y también todo ello es aceptado, aunque impliquen claros actos discriminatorios. En efecto: si una mujer queda embarazada y decide en ese estado bucar trabajo, nadie la toma (cuando mi hermana gestaba a mis sobrinos mellizos, una amiga que trabajaba en Telefónica me dijo así “te diría que ni lo intente, que ni intente presentarse”); si entró hace menos de un año y se embaraza, la echan; si lleva cierto tiempo en el empleo, en cambio, la ascienden y le conceden todas las licencias del reglamento, porque nadie quiere hacerse cargo de la hijadeputez y las reprimendas y denuncias que significaría demorarla en la carrera laboral por el sólo hecho de tener un hijo, aunque de ese modo se perjudique también discriminatoriamente al que trabaja cabalmente y que ha elegido un camino moral bastante más determinado que la uterina de marras. Si a un taxista lo para una embarazada que está sola o con un niño, detiene el auto; si está acompañada por un adulto, se reducen las posibilidades de que el taxista se detenga, porque aumentan al mismo tiempo las de que la “parejita” lo afane, en la creencia popular. Un tipo no sale con una mujer embarazada de otro, y, comúnmente, no se hace cargo de haber participado en el embarazo de su partenaire sexual que hace pocos días conoció (pues, “¿quién me asegura que el pibe sea mío…?”; los únicos casos de perdurabilidad de parejas recién conformadas y ya embarazadas que conozco, son aquéllos en los que ambos participantes sexuales realizaron con posterioridad a la noticia de preñe una evaluación de costo-beneficio y, aunque no había amor propiamente dicho, decidieron “formar una pareja” porque la otra solución habría sido mucho más costosa en términos de esfuerzo de cualquier tipo (ejemplos: compañeros de trabajo que se garcharon descuidadamente, vecinos, novios de padres decentes, minas que salieron a coger por despecho; mujeres de edad a las que, con la interrupción de la gestación, se les iría también la vida). En el resto de los casos, generalmente abortaron o tuvieron la suerte de que se detuviera el crecimiento del feto antes de tener que tomar una decisión. Sí, sí, ya me vas a decir que una que vos conocés se hizo cargo del bebé; pero es el 1%.

          Por lo demás, ¿no gana resistencia la mujer embarazada? ¿No es más fuerte que cualquiera de sus congéneres que no concibieron? ¿Entonces a santo de qué vienen los nuevos beneficios? La preñada come más y más sano, pues se olvida del asunto de las dietas de sólo yogur y ensalada; se le ensanchan los tobillos, los pies, y por eso tiene más estabilidad que cualquier otra persona, hombres incluidos; retiene líquidos que la hacen más resistente a los cambios de temperatura, manteniendo la homeotermia sin esfuerzo; gana masa muscular y lipídica, lo que le permite tener más fuentes de fuerza y reservorios de energía; se torna más agresiva en virtud de la mayor regulación hormonal, y más emocional en la intimidad, lo que le asegura la contención de su pareja; duerme más llevada por el sedentarismo, o menos, en virtud de su impredecible vertido de jugos orgánicos, lo que también la hace más agresiva y consecuentemente, aumenta sus capacidades de defensa. ¿No copula, igualmente, la preñada? ¿No sufre en algunos casos un aumento en pocas semanas del 25% de su peso normal, y continúa la vida alegremente y sin más obstáculos que la insatisfacción de sus nuevos y locos deseos descontextuados? Y en función de lo que se dijo antes, ¿no se las ve queriendo a los gritos que se respeten sus originales derechos en los supermercados, las colas de ascensor, en los bancos, en los colectivos y trenes, en los edificios públicos, en los sanatorios, en los cines y aun en las universidades?

          Cómo hubiera querido yo que la experiencia concreta, el “día a día”, me encontrase espectador de mujeres virtuosas, cuya maternidad no implicara la legitimación de conductas claramente decadentes y el “dar vuelta la página” de una vida alejadísima de la virtud y el sentido humano de la existencia. De mujeres que ya después de los 19, 20 años, quisieran casarse y tener hijos en lugar de “vivir primero y formar una familia después”. Qué satisfacción habría sido para el que persigue un mundo humano el ver en el otro una confirmación del ideal, y no una desviación espuria que se justifica en que los ideales no existen. Quién fuera el feliz hombre que cotidianamente pudiera regodearse con la confirmación virtuosa del pensamiento virtuoso, y no el hombre actual, que también se regodea con la confirmación de aquello que ni siquiera pretende como elaboración de nada, sino como algo que se da. Cuánto hubiese entregado, en definitiva, porque la porquería se desprendiera de su vocación de medianía y su instinto de segunda categoría, y se propusiera cambiar la deplorable condición animalizada de su devenir vital, entre otras cosas proyectando construir a consciencia un sentido valioso de la maternidad que implique, como escuché decir a mi maestra de 7º grado hace muy poco, “hacer de un hijo una obra de arte”. Pero qué obra de arte puede nacer de esta porquería, qué Gioconda, qué Arco del Triunfo, qué Miguel Ángel va a salir de toda esta mierda, que encima se explicita todos los días sin la vergüenza que debería tener elevando sus argumentos y justificaciones de cuarta al rango de verdad absoluta; y es tanto el número, tanta la afluencia de especulaciones fecales dichas a voz de sonrisa que cada jornada ves y escuchás, que hasta el olor que yo les siento en todos lados -y que me lleva a depreciarlos- se instala entre ellos como el perfume de la verdad; y mientras, lo que debiera florecer se desvanece sin que nadie añore el jardín que había antes de que llegaran ellos.

miércoles

Resulta que ahora se me ofenden las personas decentes

          Después de mi última relación sentimental, pensé que no quedaría más gente decente en ningún lado, porque -luego de muchísimas frustraciones y de creer sin fundamento que esa última relación me salvaría emocionalmente para siempre- no me bancaba que la chica haya decidido en el pasado que le hicieran el orto y que, además, cuando el novio que tenía la dejó porque ella se negó a formar una familia con él, a los pocos meses de falta de sexo salió por ahí a cogerse a cualquiera, literalmente. Antes, la psicóloga le había enseñado: "Mire, Ud. necesita que la penetren"; y así me lo dijo un día que nos vimos: "Mirá, Pietro, yo necesito que me cojan. Tengamos dos días para nosotros". Yo, que venía necesitando amar, queriendo la caricia que me redimiera de tanta desazón, deseando el encuentro pleno, le contesté: "cuando me pidas que tengamos cincuenta años nos sentamos a hablar; dos días no te doy". Era para que cualquier persona con una mínima carga espiritual se enamorara en seguida, pero en ese momento ella me dijo: "No sé, Pietro, no sé entonces..." Pero finalmente terminamos saliendo, y al poco tiempo, cuando me había enamorado irreversiblemente (porque era hermosa, culta, inteligente, limpia y muy fálica) me enteré de su vida pasada.

          La chica no era inmoral, sino "a - moral"; es decir: sus comportamientos no procuraban producir una herida, aunque tampoco pasaban ni previa ni posteriormente por el filtro de la moral. Su máxima era "hacé lo que quieras, mientras no perjudiques a nadie"; entonces, como que le hagan el orto la involucraba solamente a ella (lo mismo que cogerse a cualquiera, porque los que conseguía eran tipos de la misma vocación solamente copulativa); entonces estaba todo bien. Además, pensaba que había que "dar vuelta la página" con los "errores", olvidarse de todo y mirar para adelante. Consideraba como "error" haberse cogido a uno que la felicitó por cómo cogía, pero que después se vanaglorió en una ronda de amigos de estar cogiéndosela a ella, que era una perra en la cama, así como la veías. Yo no soporté ese guiso que día a día se me iba develando y me fui como diez veces de la relación; pero la vez número 11 la tipa dijo "bueno, si no te bancás mi intimidad, entonces todo se terminó acá". "Te doy una oportunidad para que esto se salve: generá un discurso crítico de toda esa mierda", le rogué desde el llanto. Pero no: "Es mi intimidad; yo no le hice daño a nadie. Es algo mío. Y sí, tuve hombres, sí. Pero ahí quedaron, y ahora te amo a vos". Cuando me fui para siempre, cargando los bolsos como un paria, me dijo: "Perdoname por lo que hice, y perdoname por lo que no hice". O sea: "perdoname porque me empomé a cualquiera; y perdoname porque no hice 'inside' de nada de lo que me dijiste; es decir, perdoname porque, a pesar de saber que te perdía, no me convencí de que estuviese mal regalarse con cualquiera, dar el culo por placer, hacer prevalecer mi orgullo de puta a la vida junto a vos".

          La llamé enamoradísimo un mes después, para proponerle borrón y cuenta nueva; pero me rechazó desde el "estar bien", desde el "se me fue la contractura de la espalda que tenía cuando vivíamos juntos" y desde el "no, mirá, vos sos un celoso patológico... vos estás MUY MAL, Pietro"; y así salió a que le quiebren el orto otra vez, o a aceptar seducciones así nomás para coger. Le dije "¿pero para vos no había que dar vuelta atrás con los errores del pasado? Bueno, demos vuelta atrás con nuestros errores y empecemos de nuevo". Y me contestó: "No, cuando yo dije dar vuelta la página me refería a los hombres". "Ah, ¿a los hombres?" contesté, titubeando y muy amargado. "Sí, Pietro, dar vuelta la página con los hombres..."

          Pero sucedió que muy poco tiempo después conocí personas decentes de verdad. Personas que, dada una situación de "buena cama", se casaron en vez de putonear; gente y no porquería, que en algún caso resistió la desilusión porque había sido educada en el comulgar de valores y principios que tienden a "des-animalizar" los comportamientos y construir una sociedad basada en el control de los impulsos. Le daban oportunidades durante lustros (y no semanas) al Otro para que remedie sus porquerías. Dejaban de lado el principio del placer en pos de esos valores: experimentaban placer, pero el placer no era la vara con la que medían la validez de una conducta. Es decir, ensayaban un juicio de valor previo a la acción, y el parámetro de medición de la pertinencia de una conducta no era el "si te gusta, hacelo", sino el "si corresponde desde un punto de vista moral, hacelo". Mi antigua novia me decía "ese tipo que 'tanto te molesta' que me haya cogido a las pocas horas de haberlo visto por primera vez en mi vida, me lo cogí porque me gustaba y porque tenía ganas de ser acariciada, ganas de ser tocada"; esta nueva gente entendía (y entiende) que el sexo es la unión de dos esencias, que con la penetración el que penetra persigue la virtud de llegar al alma, y la penetrada/amada da su consentimiento no para que le froten el clítoris o para que le chupen o rocen con el pene el esfínter anal y el canal rectal, sino para abrir su esencia al encuentro con el Otro.

          La gente de la que hablo cree que la unión amorosa es una herramienta para la felicidad y para dar solidez al espíritu. Entonces quieren presentarme a alguien, y yo les digo que no porque voy a terminar desilusionándome otra vez en la vida. Y me dicen:"¿Pero qué sabés, Pietro? No todos son iguales. Vos hablás así porque venís de malas experiencias", que es lo mismo que me decía toda la porquería anterior que al final terminaba mostrando la hilacha de porquería que llevaba oculta, pensando que conmigo iba a coger como nunca en la vida, o iba a andar por ahí con alguien que prácticamente no tenía maldad; y después resultaba que no se bancaban mi discurso pretendidamente moral. Yo terminaba siendo un "celoso patológico" o un tipo que "me cortaba la libertad, él vivía angustiado y angustiaba a todos los demás; ahora quiero vivir mi vida". Me llegaron a decir que tenía "la mirada muy pura", y después, cuando comprobaban que resultaría imposible por incompatibilidad ética estar conmigo, que estaba "muy loco".

          Así que ahora estos amigos que cultivan la honestidad, viéndome solo y sin ilusión ni siquiera en el tanque de reserva, me quieren presentar minas de acá, minas de allá. Me dicen "nada que ver con tu ex, ésta, como todos nosotros, sólo se acostó por amor; de hecho todas las que trabajan con ella le dicen que es una boluda"; me aseguran que "ella lo que necesita es un tipo como vos, que sos una de las personas más buenas y responsables que conozco, porque siempre hizo prevalecer la familia y la pareja por sobre otras cosas". Yo entonces, familiarizado con la mierda y totalmente desengañado, pregunto: "Decime... ¿qué piensa esta chica del sexo anal...? Me imagino que a los treinta y pico alguna vez habrá tenido"; y... ¿podés creer que se ofenden? "Pietro, sos un desubicado... ¿con quién pensás que estás hablando? Es un orificio de SALIDA, si te sirve la respuesta". Entonces pregunto "pero alguna vez se habrá reventado a alguien... mi ex, por ejemplo, se cogió un tipo en una cita a ciegas, apenas lo vio" Y me contestan: "Estás ofendiendo a una amiga, y me estás ofendiendo a mí". "Pero, ¿por qué te ofendo? ¿porque me meto indebidamente en tu intimidad?" "No, me dicen, qué intimidad, ¿no te das cuenta de que nos estás tratando de putas?" "Para nada, en uso de la libertad creo que cualquiera puede hacer lo que quiera, siempre que no le haga mal a nadie", digo, solamente para poner a prueba el discurso de mierda que yo creía prevaleciente. Y entonces se ofenden. "Te repito, yo no sé a qué estarás acostumbrado vos, pero ni mi amiga ni yo ni siquiera podemos llegar a pensar en eso, aunque sea ya no por una cuestión de decencia, sino por una cuestión de... asco, si querés. ¿Cómo te vas a acostar con cualquiera? Dejá Pietro, no te presento a nadie. La verdad, no tengo ganas de seguir hablando".

          Ya no sé, entonces, después de este fifty - fifty nauseabundo, en qué lugar está lo cierto. ¿En el recto de mis ex novias? Una, cierta vez me comentó, riendo: "Yo tengo el culo casi virgen"; te imaginás cuánto tiempo más duró todo. ¿En dónde está lo verdaderamente bueno? ¿En la persecución de valores universales? ¿En medir las cosas con la vara del placer? ¿Es bueno lo que te gusta y malo lo que no te gusta, o hay "algo más", algo que nos defina como personas en sentido pleno y no como gran daneses, iguanas, gallinas pisadas o mandriles? ¿Vos en la intimidad podés hacer lo que se te canta el orto, siempre que no le saques guita a nadie? La pregunta, finalmente, es: ¿es lo mismo llevar una vida decente que una de otro tipo?

          Y no es una cuestión que no tenga importancia, eh. Quiero ver qué te pasa si te enterás que a tu novia le rompieron el culo con consentimiento, y que no lo volvió a hacer solamente porque "no le gustó", no porque haya algún valor involucrado; o peor, que lo volvió a hacer. Quiero ver qué te pasa si te dicen que salieron por ahí con forros en la cartera (por si él no llevaba) a cogerse a uno del montón sin filtro; que te diga "no, yo con Gonzalo tuve una relación que solamente era sexo, sexo intenso, pero solamente sexo". Y que si no te gusta, que te vayas. A ver si te volvés a enamorar.

jueves

Una respuestita de mamá

          Mi mamá, que tiene un vínculo sado-masoquista con el psicópata de mi padre, es una de las pocas mujeres que conozco que desdeñan el instinto maternal a favor de la satisfacción de los deseos de su marido. En este caso particular, como los deseos de mi padre se relacionaban con mi desaparición, se dio el siguiente diálogo.

          Suena el teléfono. Atiendo con voz débil y cansada.

          -Hola

          -Hola, Pietro. Habla mamá.

          -Ah, qué tal.

          -¿Cómo estás?

          -Muy mal.

          -Y bueno... yo no puedo hacer nada.

          -Está bien, ya sabía.

          -Bueno, Pietro, chau.

          -Chau.

          No me lo vas a creer, pero pasó así. Yo a veces me debato entre que mi madre es una tarada o si en realidad no será que es una hija de mil puta.

viernes

¡BIENVENIDO TODA TU MIERDA A TODA TU MIERDA!

          Estoy contento porque había pasado el blog a una dirección de mierda, que era "todatuculpa.blogspot.com" para que alguna porquería no lo leyera más; después, como muchas veces en la vida -quizás llevado por mi debilidad o por el mandato paterno de fracasar-, me arrepentí y quise volver a la dirección anterior, pero el mismo camino oculto que me impidió millones de cosas en la vida también me impidió el regreso a la vieja dirección.

          Ahora, a no me acuerdo si tres o cuatro meses de la debacle luego de la cual experimenté la real sensación de que la porquería va a seguir siendo porquería irreversible y que su única vocación es construir mierda mientras tiene orgasmos viendo su obra (u olvidándola), ahora el sitio me permite reponer la dirección que pertenece desde hace casi dos años a este espacio, "todatumierda.blogspot.com".

          Y aunque el común del vulgo que ha elegido la degradación como motivo y razón de vida vaya prefiriendo la mierda de Facebook a los blogs, seguiré aquí dando patadas insuficientes, pero patadas al fin, contra los tremendos castillos de cemento durísimo que la porquería va edificando para perpetuar su orden horrible, y también contra las costumbres privadas de los que por elección deciden clara y voluntariamente hacer el mal o la perversión sabiendo que lo hacen, sólo porque les causa algún tipo de placer.

          Agárrense porque ahora sí que me va a chupar un huevo todo. Yo era un hombre bueno, y por culpa de la mayoría me salieron unas ojeras que me gustaría algún día hacérselas pagar. Hijos de puta, putas, decadentes de mierda, ojalá llegue el día en que los vea sufriendo por culpa de su propia soberbia, empantanados hasta las pelotas en el destino inmundo que eligieron mientras se cagaban de risa de los que seguían una vida digna; que la chapa de andar por ahí con el orto quebrado a sabiendas se les transforme en dolor; que la quilla peneana con la que van haciéndose camino espúreo se les transforme también, pero en lucidez de su propio valor.

          Sí, estoy resentido; pero la mayoría de ustedes está peor, está satisfecha, cuando no orgullosa.

jueves

Todavía no puedo

          Eso, todavía no puedo. Algún día volveré a este espacio, tengo mucho para decir, pero creo que NADA NADA tiene sentido, ni siquiera escribir, ni siquiera percibir, no entiendo al artista, no tengo ánimo para el arte tampoco. Sonrío al pedo todos los días. Vamos a ver.

lunes

Perdón

Perdón, chicos, no puedo escribir porque estoy sufriendo un estado de profunda tristeza. Sepan disculpar, ya llegarán los posteos. Gracias.

viernes

Elogio del tomate

          El bar ahora tenía nada más que un cualquiera leyendo y cuatro parranderos de jueves y sesenta años tomando café y cognac en la barra. Eran más de las doce de la noche y le pregunté al de la misma sonrisa que antes, cuando no entraba solo y esperaba a que eligiera la mesa o me preguntara adónde te parece; no será tarde para pedir algo de comer, no sé si cerraron la cocina, un sandwich cualquier cosa.

          Una chica no tan hermosa en lencería, un boxeador enamorado de la misma mujer tres décadas, uno que murió, oliva sobre el tomate que enrojeció más de lo que esperaba, la lechuga está tan verde pero el tomate es rojo rojo como un labio la televisión, los viejos se ríen sobre el cognac –las mujeres en la casa-, uno insiste en pagar, llegué tarde, tarde, se desarma el universo que me figuré vos te hacés una coraza mentira, una coraza de mentira y de faltas y entonces el tomate rojo rojo me ocupa y me celebra, invasión celebrada y asombrosa, la lengua reparte tomates deseados y fenecidos, tomate rojísimo sin planes de cemento alisado igual que el del bar pero en el living qué te parece, sin plantas en el jardín, la casa brotada de señales, tomate dichoso que se regodea en la boca mía y suya, la lengua reblandecida por el aceite, suavidades de viejo sin nadie, cognac de los locos, la dureza del cemento rugoso mirando hacia arriba con los ojos cerrados bebiendo el tomate un instante de ficción en el que el mozo ha venido hasta la mesa y pregunta con la misma sonrisa de entonces si está todo bien, y a pesar del llanto y del tomate con una mueca le doy a entender que siempre fui medio loco, y entiende y me sonríe como cuando pedíamos la copa helada y nos mirábamos y me deja otra vez solo, ahora que los viejos también se fueron dejando efluvios de cognac y de parranda poco tiempo después de haberme sentado y antes de que pasara lo que pasó y no va a volver a pasar, nunca.