Mostrando entradas con la etiqueta La porquería. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta La porquería. Mostrar todas las entradas

domingo

Un sueño

          La familia festejaba el fin del año en un restaurante al que se accedía desde la ochava, en una larga mesa. Mi padre ocupaba la cabecera.
          Desde la vereda de enfrente, veo que los asistentes se juntan y arremolinan con el fin de posar para una foto. Estoy con mi hermano, que es un niño, y me dan deseos de salir en esa fotografía, y a mi hermano también. Pero no podemos cruzar la avenida. Mi hermano se lanza, ansioso, y un colectivo casi lo atropella.
          Cuando llegamos a la esquina del festejo, ya mi padre ha dado la orden de que saquen la foto. Mi hermano se suma a la mesa y se diluye en la algarabía del orden creado; a mí, en cambio, me toma un enojo intenso, una rabia animal fundada en que no me esperaron para salir en la fotografía. Entonces arrojo las llaves que tenía en la mano y grito "No voy a quedarme en un lugar en el que no me quieren, se van todos a la mierda". Pero nadie escucha con atención, a nadie le interesa mi discurso.
          Salgo a la vereda y busco la parada del colectivo que me llevará de regreso a la casa en la que vivo solo. De pronto, me digo "esto no puede quedar así", y entonces retomo el camino corriendo y enfrento a mi padre. Le grito "¡psicópata de mierda, hijo de puta, la putísima madre que te re mil parió, sorete, hijo de mil puta!"
          Pero a mi padre no le importa, y el resto de los comensales, ensimismado en la legitimidad de sus conductas concedida por el psicópata, no advierte lo que estoy haciendo -sólo los que se sientan cerca de él prestan una atención que más tiene que ver con una deferencia respetuosa de atender su entorno-. El psicópata entonces me mira, y en esa mirada entiendo que estoy condenado a que nadie comprenda mi dolor, porque así lo ha querido.
          Salgo nuevamente a la calle. Siento entonces la insuficiencia de mi actitud y regreso otra vez. "Lo voy a seguir insultando, pero lo único que se me ocurre decir es 'hijo de puta' o 'hijo de mil puta', y eso, si bien es desesperado y es verdad, no le provoca ningún daño".
          Vuelvo a encararlo y a gritarle, esta vez en el oído: "psicópata de mierda, hijo de mil puta, hijo de puta, hijo de puta, hijo de puta, hijo de mil puta, hijo de puta". Le aplico los labios sobre la oreja mientras lo reconvengo, y él se reclina medio forzadamente y también en tren de ridiculizar mi invectiva, evidenciando la molestia sobre la cabecera de la mesa, de costado. Una mujer que está sentada a su lado se asombra negativamente por mi irrupción y por la postura que le he hecho adoptar a mi padre, que considera inadecuada en estas circunstancias.
          Dejo nuevamente el restaurante y pienso que nada de lo que he hecho ha sido suficiente; pero ahora la insuficiencia se extiende a mi condición de estar solo con la verdad, ya que repito la certidumbre de que, si bien soy portador de la verdad objetiva, "ellos" adquirieron voluntariamente la verdad impuesta por el carisma de mi padre, y en esa verdad soy un insano y tengo la culpa, y todo ello entrelaza y edifica una injusticia todavía no reparada.
          Así que regreso al lugar, que ahora se halla entrecerrado por una puerta plegadiza que mi padre ha hecho correr para que me deje de molestar. Abro no obstante la puerta y paso. Mi padre me mira con gesto de desaprobación, y mi madre, a su lado, se ríe. Los demás festejan. Lo insulto, pero ahora sólo puedo decir "hijo de puta", y esa única expresión genera un ritmo que le hace perder sentido a lo que quiero transmitir:
"hijo de puta,
hijo de puta,
hijo de puta,
hijo de puta,
hijo de puta,
hijo de puta,
hijo de puta,
hijo de puta,
hijo de puta,
hijo de puta,
hijo de puta",
en una andanada en la que la sílaba "pu" queda especialmente acentuada y da mazazos a la expresión despojándola de contenido.
          Sigo diciéndole "hijo de puta" hasta que advierto que todos, sin abandonar su alegría, concluyen que soy un delirante, un enfermo.
          Entonces decido dejarlos festejar, y me despierto con una sensación desbordante de angustia y la certeza de que sólo yo he podido comprender cabalmente que el psicópata de mi padre es un hijo de mil putas, y que seré incapaz de transmitir esta idea a nadie en la completa plenitud de su significación, sea porque cada cual tiene "su vida y sus problemas", sea porque mi padre los convencerá de lo contrario.

viernes

Se me escapó

          A las 7:50, el subterráneo estaba lleno como un vagón a Treblinka, rebasado de clase media conforme y apiñada, de parejas de coito de alborada a televisor encendido, con el pelo mojado. Yo me descubrí con cara de repulsión en el reflejo del vidrio sucio.
          Entonces el tren se detuvo y le pregunté a una que estaba a 4 cm de mí:

"Perdón, ¿esta mierda es Medrano?"

          "¿Qué?", dijo, estúpida. No concibe que le puedan preguntar alguna cosa mientras va al trabajo en el subte, salvo que lo hagan por celular.
          "No, si esta estación es Medrano".
          "No sé", contestó, porque también me pasa eso, nadie sabe un carajo de nada nunca, y creen que con no saber nada están a salvo.
          Tampoco saben todavía que están condenados (yo también), y que me cansé de ellos y que no hay solución: son tantos, tantos.

martes

Pero por algo mucho más cruel todavía.

Y no estoy hablando de nada en particular. Es la historia universal. Si no hubiese pasado esto, habría pasado alguna otra hijadeputada.

sábado

Revelación freudiana

          En una de las múltiples -y siempre insuficientes- sesiones de psicoanálisis a las que debo someterme en función del daño recibido, expuse a consideración de la terapeuta una relación sentimental de años atrás, que tuve con una mujer que, con algún otro hombre, se había dejado penetrar por el orto; y que, además, había consentido una serie ininterrumpida de  relaciones sexuales con por lo menos un desconocido antes de decidir su noviazgo conmigo. Como más o menos la licenciada me convenció acerca de que no existe una moral homogénea, le pregunté por qué en aquella época esas dos circunstancias (la cogida por el ano y la putedad pasada) me molestaban tanto; y cómo es que ahora las veía, si bien aberrantes e indeseables desde una perspectiva de vida virtuosa, verdaderamente inofensivas para mi proyecto personal de vida e insusceptibles de generar daño en nadie -acaso en el esfínter anal de la protagonista de los descarríos o en su honestidad biográfica, pero nunca un deterioro de mi propia entereza espiritual, como antes lo vivenciaba, al punto de sentirme portador vergonzoso y en condición de inmanencia del deshonor que atañía a mi partenaire de entonces-. A mayor abundamiento, le comenté que otra mujer a la que conocí desde niña actualmente llevaba el mismo comportamiento, pero esa ajena experiencia me provocaba esta vez risa y expectación de torpeza en lugar de, como antes, obsesión horrorizante, repulsión y conexión con la soledad y angustias más extremas.

          ¿Quizás me sentiría ahora cobijado en la pureza de pensamiento y acción de Cholita, la mujer más honesta de todas y que por suerte puedo querer sin temores?

          La interpretación "psi" fue, como nunca, una luz azul en el camino:

          -A esta altura ya lo hemos trabajado quizás sin darte cuenta, pero en aquel tiempo probablemente hayas asociado la penetración anal con los abusos morales que te infligió tu padre; y la liviandad de costumbres sexuales, con la prostitución de tu madre.

          Y entonces todo surgió tan cristalina y palmariamente, que comencé a perdonar, si bien cada carnero en su redil.

Ahora me explico

Las mujeres de dudosa reputación buscan frecuentar a las mujeres honestas, por una especie de... nostalgia de la virtud.


Max Ophüls, La Ronde, 1950

domingo

Propuesta Indecente

          "¿Por qué no te metés en la pileta?", dice Cholita. "Porque no me gusta exhibir mi cuerpo", contesto. "Pero mirá ese señor, lo grandote que es e igualmente está disfrutando con el torso al aire".

          Y entonces le explico: "Es que en el ámbito burgués la rechonchez está bien vista: los burgueses no guardan ningún empacho en mostrar sus cuerpos sobrealimentados, porque representan la prueba más evidente de su opulencia. En mi caso, en cambio, la corrupción de mi abdomen, de mis tetas, los colgajos de mis brazos y la acumulación inmunda de grasa en mi cintura son el elenco patente de mi decadencia".

          Entonces Cholita continúa leyendo el diario.

miércoles

Certeza comprobada

TODOS los que construyeron mi infelicidad han sido felizmente recompensados.


          Cuando se me vaya esta amargura, voy a hacer la lista; no sé para qué.

sábado

Soretes

El que me negó ayuda cuando estaba muy mal.

El que me dejó porque estaba muy mal.

El que dijo que, como yo había crecido sin afecto, no podía dar afecto a nadie.

El que invitó a un amigo y le habló pestes de mí.

El que, para no comprometerse, sigue relativizando la psicopatía de mi padre.

El que logró que estuviera de su lado y luego volvió al lugar de donde venía.

El que me dio su amor, y porque no lo correspondí tomó represalias.

Mi madre, a quien el psicópata dijo que estoy muerto, y entonces no me reconoció.

El que me ofreció su mano para trabajar par a par, y después no trabajó.

El que consideró que, desde una evaluación de costo-beneficio, mi presencia no convenía.

El que me quiso estafar.

El que tiene pensado estafarme, pero no todavía, porque según su visión "no es el momento".

El que me cambió por otro que le redituaba.

El que no quiso entenderme, porque no le convenía la verdad.

El que relativizó mi verdad, a partir de mis aparentes "problemas".

El que dejó que otros se contaminaran con su misma dejadez ausente de solidaridad.

El que, a espaldas de mi apoyo, volvió a besar la mano que lo quiso matar.

El que consideró que mi apoyo no tenía valor porque soy un hombre débil.

El que, para no entenderme, dijo que yo "pongo una barrera" entre ambos.

El que me alentó aun sabiendo que las razones de mi desaliento son las mismas que a él lo encumbraron.

El que, para prevalecer sobre sus miserias, sostuvo que no soy inteligente, sino "leído".

El que no dudó en desplegar acciones tendientes a sepultarme, en cuanto creyó que había una oportunidad.

El que me comparó con un viaje en taxi, y luego me dijo que "si el chofer conduce mal, yo ME BAJO".

El que intentó que mi novia me dejara.

El que me olvidó luego de que me fuera.

El que hoy pasa Navidad sabiendo que estoy solo en algún lado, y no le importa.

El que me envió un correo colectivo de augurios de Felices Fiestas sin el menor interés por dirigirme un saludo personal, porque entiende que ese saludo personal le demandaría un esfuerzo superior al beneficio que le reportaría mi devolución.

El que legitimó con su opinión y sus actos a todos los anteriores.



Hoy es mucha la mierda que festeja.-


jueves

Impresiones de un par de hijos de puta

          Parece ser que, cuando me enojo, se me afina la voz y entonces hablo con alguna afectación de clase alta o algo así. No digo, por ejemplo: "La reconcha de tu hermana, sorete, salí de acá porque te hago cagar". Digo, con muchos picos de entonación ascendente y matiz de flauta traversa: "Pero, ¿cómo puede ser? ¿De dónde es que elucubrás esa idea? ¿Realmente ése es tu pensamiento? ¡Dios mío!", y a continuación me persuado -por poner un caso- de que haber dicho "elucubrar" fue en ese contexto un acierto de construcción oracional y hasta una verdadera agresión a mi interlocutor.

          Claro que a los pocos minutos caigo en la cuenta de que nada de eso causó ni el más mínimo efecto de deterioro en la entereza espiritual del primate que, todas las veces, termina pisando el campo mancillado de mi dialéctica vencida.

          Hay por lo menos dos personas que, a la manera inmunda de la sobremesa, me han hecho notar esta inutilidad de mi condición.

          Una, por supuesto, es mi padre, para quien esas chillonadas ilustradas siguen siendo un signo evidentísimo de mi vulnerabilidad. Los elementos que componen la verdad emitida de esta crueldad son también dos: su carisma y el caso consecuente que le hacen los demás, que completa el proceso de legitimación de ésta y muchas otras de las incontables barrabasadas a las que su orientación mórbida lo aficiona.

          El otro es un hijo de re mil putas que, a través de los años, se manifestó como un oportunista inteligente y refinado, que de todo hace evaluación "costo/beneficio", minimizando costos y alejándose permanentemente de toda ética a favor de la obtención de quantums de placer. Este sorete que hoy cuenta billetes de estafa me dijo una tarde: "vos pisás débil, y por eso cada vez que vas con una mina los tipos le gritan cosas"; y otra: "yo sabía que te iba a tocar la colimba un año antes del sorteo, porque vos tenés cara de hacer el servicio militar". "No es que no tengas razón; en realidad no importa si tenés o no tenés razón: lo que interesa es si te hacés valer o no, y vos no". Este modelo terminado de amo hegeliano cree que todos los demás, salvo algún dotado que lo llena de placer, son unos pelotudos, y que como castigo hay que exprimirlos para alimentarse de su carne, de su dinero y de su trabajo de pelotudo que trabaja. A las mujeres, por ejemplo, les dice: "Yo solamente quiero coger con vos"; y muchas se dejan garchar ahí nomás, ya que les clarifica las cosas, y le entregan el orto que él les hace nada más que para lograr una humillación completa, iluminada por los soles del goce ingenuo de la puta o la entregada. Como es una mierda, probablemente si lee esto le tire un virus a la página. Si hace eso le voy a desear que se le prenda fuego la casa, porque me di cuenta de lo sorete que es. Desde hace poco, como débil que él me enseñó que soy, le estoy deseando también la muerte. Vas a ver, hijo de puta, yo no voy a hacer nada y te vas a morir como un perro con sarna avanzada. Los negados de la mano de Dios matamos con el pensamiento.

          Tanto el psicópata de mi ex padre como esta mierda a la que me acabo de referir se llevaban bien en su tiempo, y hasta el día de hoy se ponderan esplendores de supervivencia el uno al otro, y en la mutua consideración y la distancia también se respetan, porque cada cual tiene su carácter y en todo caso es Pietro el que no tiene las bolas para imponerse.

viernes

Comportamiento de mi hermano en el funeral de un hombre bueno

Todo lo que sigue es inútil, insuficiente, y sobre todo ineficaz.

          En el cuento XVII de Pago Chico hay un muchacho Pancho, aprendiz de payador, que, solazándose por la noche en el pasto con otros de la estancia y con el fin de conquistar a una Petrona cualquiera, acude al expediente de hablarle de las luces que echan las almas de los muertos, y así comienza a subyugarla comentando como quien no quiere la cosa:

-Las ánimas de los angelitos son las más lindas. Parecen de luz más... más caliente. Por eso se baila en los velorios p'a festejarlas.

          Hace dos días me tocó ver a otro Pancho, esta vez de cuádruple embutido, en el funeral de quien fuera un hombre bueno: mi maestro de sexto y séptimo grado. No quiero detallarles esta muerte: baste decir que tampoco esta vez la totalidad de mi congoja, al igual que ninguna de mis acciones en general, fue suficiente. Se había ido un hombre bueno, como dije; y con el éxodo del bueno, habíamos quedado los malos.

          Tanto así, que sorprendí a este múltiple Pancho, que llegó antes que yo, alardeando de su situación de padre/homo económico/legitimador de conductas/filósofo de salón con claros lineamientos sexuales. Debo por razón de justicia aclarar que el Señor Pancho había sido discípulo del muerto, y que también es mi hermano: un monstruo al que el Psicópata coronó contra-natura hermano mayor, decretando mi muerte en una misse en scéne grotesca hace ya casi dos décadas. A partir de entonces, Pancho pudo progresar sobre todo psíquicamente -en tanto el Creador del Tiempo y del Espacio lo entronizaba en el Tiempo y en el Espacio-, y en paralelo fueron prodigándosele billetes, la mayoría conseguidos con mucho esfuerzo, pero al margen de por lo menos la mitad de todas normas legales vigentes (por supuesto, no del Código Penal: en esas previsiones de supervivencia radica también la astucia material de la clase media porteña). Como un zorro ni igual ni peor que otros zorros, ha seguido el acierto de ir haciendo migas sólo con otros más mediocres que él, de manera que su quizás mucha mediocridad resultó opacada por las loas que recibió de los inferiores; y así mi hermano Pancho es hoy una salchicha engrosada, con automóvil y casa grande, con hijos y amigos, con dos o tres o cuatro conocimientos nada técnicos que lo han llevado a despreciar las complejidades más profundas a favor del saber lo que hay que saber en la vida y, al igual que mi padre -pero por distintos motivos-, ha desarrollado una estrategia de interacción según la cual, al establecer sólo relaciones desiguales, la ilusión no es la de la legitimación de su mediocridad -como así me parece- sino más bien otra entronización grotesca, que sus interlocutores practican a veces por no complicarse la vida, y otras -aunque me da risa creerlo-, por temor reverencial.

          Digo que mi hermano Pancho es un monstruo, porque, queriendo emular a mi padre -de quien ha imitado sus gestos, su tono de voz, sus excesos, la conformación de su núcleo familiar, el tipo de casa, la cantidad de autos, las lecturas aparentes y el criterio general de clase media-, pero sin los beneficios de la dolencia que aqueja al Psicópata -sobredimensión de la esfera intelectiva, mayor desarrollo de la voluntad, incapacidad de culpa, capacidad de liderazgo carismático aun sobre las mentes más capaces que la propia, hípercapacidad de evocación, manejo de las emociones, digitación de las emociones del Otro, talento para la ejecución de instrumentos musicales y en especial para el canto, poder de convicción aun en relación a ideas complejas, construcción de sentido de premiación y castigo, construcción de sentido en general, crueldad- queriendo emular a mi padre, digo, pero dotado de menos herramientas, fue guiado por su propio sufrimiento en un "día a día" de décadas de estrategia, mezclando y agitando primero con torpeza y después con determinación elementos urgentes para extirparse definitivamente la medianía de la que era consciente, y así fue incorporando ya sin pruritos dualidades inaceptables en un hombre cabal, como el ejercicio de la soberbia y también de la mística, la piedad de barrio y el sentido de sacrificio, los conocimientos de calle y algunos inciertos párrafos de autores desconocidos para otros; eyaculaciones de anécdota y polvos de epopeya familiar, centavos cambiados por pesos y pesos cambiados por dólares, adhesiones vaginales y adhesiones kiosqueriles, reconocimientos de los injustos y nociones de ejercicio legítimo de la propia injusticia; suciedades válidas y limpiezas de ocasión; cuentas bancarias y plata en el colchón; puchero de entre casa y oro impuro en casa de papá. Mi hermano, rey de papel de cuete, ejerce con amplitud de sinvergüenza e ímpetu de mediocre ensalzado, el reinado del tuerto. A veces me cuesta esfuerzo entender su éxito relativo, y otras no me cuesta ninguno.

          El caso es que Pancho, el triple Ancho, cayó con su inmoral burguesa al velatorio y sepelio de nuestro maestro de primaria, que le había enseñado todo lo contrario. Antes de mi llegada ya estaba Cholita, la única mujer honesta de la que me jamás me enamoré: con Cholita éramos novios a los ocho años. No haberla visto durante treinta y uno fue quizás lo más sabio de mi destino ingrato: mi padre habría trabajado sobre esa relación para ridiculizarla, censurarla y finalmente deshacerla de la manera más ejemplar para sus propios ciegos. Pero en fin, no sé si Pancho sabía o no que Cholita era mi novia; lo que sí sé es que en pleno velorio le dijo tantos piropos que hasta le dio vergüenza a uno de sus antiguos camaradas, un simpático estructural que entonces lamenté no fuera compañero mío. Cholita, que como dije es la mujer más honesta que conozco, lo paró en seco, aclarándole que él sabía muy bien que soy la novia de tu hermano, y que entonces algo así como para qué preguntás. Cholita sabe lo sorete que son todos: yo le conté y por suerte percibe la verdad de lo que digo, y también por suerte, por única vez en la vida, alguien toma incondicionalmente partido por mí.

          Lejos de acusar el golpe, Pancho Chancho continuó con sus requiebros y miradas. Por ejemplo, cuando Cholita iba, el Pancho la seguía con la vista, desoyendo al que le hablaba, quizás mirándole el culo de mina de veinticinco años que tiene a los cuarenta y pico, el porte de mujer, la seducción de su estar. Vendría queriendo relojear en qué había fallado yo al elegirla, una cosa de ésas de las que él aprendió a obtener ventaja relativa. Le preguntó si tenía hijos, pues -pensaría-, si así era, no serían míos: ahí, por ejemplo, tendríamos un punto de crítica. En mi antigua familia carnal está mal visto que uno tenga una novia o una esposa con hijos de otro, y por extensión, también están mal vistos esos niños (a veces, una forma de despreciarlos consistía en darles algo de comer como a cualquier niño y acercárselo con un gesto que indicaba algo indefinido, que mal traduzco yo ahora: "no quisiera estar ofreciendo este plato a este chico, que ni siquiera tendría que estar acá; pero es un niño como cualquiera y a los niños hay que ofrecerles algo de comer; todo esto podría haberse evitado si J... hubiera tenido un poquito más de criterio y hubiese sido capaz de conseguirse una mujer en serio; pero qué criterio va a tener este enfermo).

          Cuando llegué a la casa de velatorios, saludé a unos cuantos que reían, y en seguida le pedí a Cholita que me acompañara al cajón. Pancho Gancho de Carne, que milita del lado del Psicópata y que por dos mil dólares me ayudó a vender la casa para que me fuera a la mierda hace tres años, me fue presentando gente que yo ya conocía ("acá tenés a Lucía... Marta... Danielito...), y al llegar a Cholita, como para que yo supiera que se había enterado de la cosa, dijo, con la misma entonación que venía utilizando en la enumeración de personas/cosas: "...tu novia...". Cholita me miró mordiéndose el labio inferior.

          Fuimos entonces a ver el cajón cerrado dentro del cual yacía nuestro maestro, muerto hacía ya dos días y cuyo cuerpo venía de sufrir una autopsia. Con Cholita llorábamos abrazados. Un empleado de la cochería sellaba con estaño la tapa. Recordé su bonhomía, su hermosa vocación que desarrolló durante más de cuarenta años. Su transpiración de padre, su austeridad. Un hombre sencillo que, quizás por eso, se hallaría inmunizado contra la maldad. Un tipo sano y digno, con diez o doce pensamientos claros que lo hicieron un hombre fuerte, y así enseñó a ser fuerte y a expresarse con claridad, también a los que, en adelante, sólo pudieron manifestar claramente los reflejos de su individualidad egoísta, pormenores de lo que su difusa dotación les hacía ver como emergentes de un principio del placer construido solamente desde el apetito. Frente al cajón, mis deseos de reconocimiento, transformados en soberbia, me hacían imaginar una escena de discurso con motivo del entierro, llorando como lo estaba haciendo en ese momento, y finalizando la locución con intenciones que, a pesar de mi neurosis, se me ocurren verdaderas: "Se va un hombre bueno, que nos ha enseñado a ser buenos. Ojalá hayamos podido aprender..."

          En tanto, el camarada simpático del Salchichón recordó que el pseudoburgués de mi hermano carnal había comenzado a estudiar piano en sexto grado. Le sugirió una reunión, a ver cuándo nos vemos y te tocás algo, pero el Ungulado, sonriendo como un Cerdo de Cheshire, desgañitó que por qué no les decimos que vengan a todas estas chicas que están acá, como si la reunión fuese en verdad una romería. El amigo reconoció la desubicación cerrando los ojos y tomándose la parte superior de la nariz con el índice y el pulgar. No obstante, "consiguió" en aquella antesala algunos números de celular, bajo promesa de que le avisaran cuando se hiciera la fiesta.

          Una vez sellado el féretro, despedimos en la vereda al automóvil que lo condujo hasta el cementerio. Yo no uso anteojos de sol, pero ese día no sé por qué me dio vergüenza que me vieran llorando, en especial la Señorita Repetto, otra alma buena que lo va a sobrevivir todavía mucho tiempo. Hasta que partió el cortejo, mi hermano siguió saludando colegas como si se tratase de una Convención de Ex Alumnos, riendo siempre.

          Don Pancho Lleno no siguió el acompañamiento hasta el momento de la sepultura. Con Cholita tomamos un taxi y seguimos llorando el responso y el entierro.

          Luego me enteré de que, a la vista de más de una libertina, mi hermano dio el aspecto de ser una persona simpática.

Sin embargo, el latín los dignifica

          Pocas veces vi tanta desvirtud como cuando fui empleado público. Funcionarios, empleados y magistrados construían y compartían en antros regenteados por el Erario Público modos de vida aberrantes que elevaban entrecerrando los ojos al rango de filosofía, en tanto degustaban en carácter de asignados por la Providencia los placeres y posibilidades más refinados y aun inmundos de la lógica burguesa. Platos gourmet a la hora del almuerzo obrero para otros, vacaciones caribeñas, sexo a polla en alza y ojo avizor del culo, jardines de infantes/palacios, licencias por resfríos, camionetas 4x4 para recorrer sólo el uptown bailoteaban al borde de lo temible en aquel salón del horror presidencial, y una notoria predisposición de ninguneo del presente doliente de los demás era entremés corriente entre aquellos dueños de la casta vaga que la distribución del ingreso nacional había perpetrado. Una mujer de las que allí trabajaba me espetó el desiderata de su concepción de vida un día, sin el menor empacho: "Ok, te acepto que soy permeable a la perversión, pero eso no te habilita a juzgarme".

          Entre las actitudes menos dignas de las que fui testigo, figuran sin duda las actuaciones impúdicas de los empleados de menor rango, quienes, al ritmo del ejercicio de la obsecuencia más vergonzosa, ganaban sus bizcochos inmerecidos echando mano sólo de lisonjas, lamidas de ojete y adulaciones escasamente justificadas en el horror al vacío de regresar a sus vidas ajenas a la teta de la Administración o procurarse culpablemente la indiferencia de sus jefes, posibilidad ésta que los llenaba de horror, porque les daba escozor en el criterio la sola posibilidad de que aquéllos a quienes dirigían su falsa idolatría no los consideraran especialmente.

          Sus actitudes ruines llegaban, incluso, a la delación.

          Preocupado por la legitimación que los demás le asignaban a las conductas infames de los chupaortos (llevar infusiones al despacho de los jerarcas, reírse de sus bromas, manifestar a los gritos el más pleno acuerdo con las arbitrariedades o las mancillas al respeto que sin filtro desgranaban los de más alto rango en perjuicio aun de los propios compañeros de tareas); consternado digo por la vigencia de tales actitudes antihumanas y ajenas a la solidaridad más elemental, me aficioné a la investigación de la conducta cotidiana de los que menos pueden; y así descubrí un latinismo que resume la sabiduría esencial del espíritu romano, que todo lo advirtió y glosó. Dice la frase:

si bene te tua laus taxat sua laute tenebis,

          que quiere decir "quien se humilla, será ensalzado", locución que es también un palíndromo y anuncia por ello un ciclo irreversible; y entonces entendí que esta parte horrible de la Historia de la Humanidad es también constitutiva de cierto grito genético ancestral que, aunque nauseabundo y generador masivo de adhesiones, es al mismo tiempo una inmundicia que también conforma la esencia aun de la porquería evolucionada; y por todo ello me dieron ganas de morirme por mis propios medios.

miércoles

          ...sí, sí, sí; pero hace veinte años estoy seguro de que NADIE iba a convencerte de que fuéramos al cine en vez de ponernos a coger; hace quince, diecisiete años ni por las tapas habrías cambiado una tarde de pelotudeo por una tarde de lectura; hace veinticinco años olías feromonas masculinas babeándote la entrepierna a los gritos -y ni qué hablar si el tipo trabajaba en una empresa con un sueldo seguro y en lugar de casa se compraba un auto- hace diez años tenías pendiente el ser madre y Maceió, no tenías pendiente Don Quijote, Fitzcarraldo, American Psycho, la ruta de Salamone, los Trópicos, Godard o Rayuela -vaga noticia de que se puede leer de muchas maneras-; sentías -según la exaltada cosmovisión en la que retozabas con la comodidad que da el saber que todos los que están sanos y se quieren a sí mismos hacen y piensan del mismo modo- sentías con fervor de mujer que pisa firme en el terreno que le dijeron que está bien, sentías digo que no entiendo qué te pasa, Pietro, no entiendo cómo te molesta tanto que yo quiera tener un hijo y cómo le das tanto valor a esas cosas que qué sé yo, no te das cuenta de que sí, como todo, el libro lo leés y ahí quedó, vos a mí me parece que te gusta todo lo que está muerto y no te das cuenta de que yo amo la vida, no te das cuenta ¿no entendés?, y llorabas y empapada en moco hace dieciocho años me enrostrabas tu modelo legitimado de empleada junior full time sueldo por depósito bancario a cambio de mi afición de vieja clase media al conocimiento autodidacta y hoy veo que al pedo igual; te arrojabas con ansia de sujeto pasivo de salvataje heroico a los pozos decolorados de la tragedia más doñarrosa mientras te escuchaba desgranar lo que decían era el Mundo desde tu diccionario colectivo afectado de parálisis, y entonces yo creía que nadie iba a quererme nunca y así pasó, hasta hoy mismo dieciocho veinte años, hoy presente desconsolado en que, mientras postulan mi locura, desean poder entender lo que yo entiendo pero qué lástima por mí y qué bueno y quizás a la vez qué pena por él, él tuvo la suerte de no tener que educar y alimentar y todo a dos tres hijos y tiene tiempo para eso, yo también si tuviera tiempo claro que me gustaría sentarme a leer un libro, pero vos, Pietro, no te das cuenta de que no todos pueden vivir como vos, principalmente porque vos no estás casado ni tenés hijos. Vos dame a mí llegar y no tener nada que hacer y ahí te leo todo lo que quieras, te miro todas las películas que quieras y me siento a hablar no sé qué que querés que me siente a hablar con vos, Pietro.

domingo

Individualismo y referencias exofóricas barriales

          La porquería, aunque pareciera caótica y desmembrada, guarda sin embargo en su imaginario algunas normas de locución repulsivas, pero que gozan de aceptación y que también obran de elemento de asentamiento de lo que para ella existe, y de legitimación para que continúe existiendo.

          Una de ellas es la remisión permanente al individualismo más mediocre, que va y viene desde y hacia el egoísmo sin vergüenza, sin contemplación del Otro y sin esperanzas de reversión. La clase media porteña cacarea mierdas como ésta: "Yo a mí mirá, no me vengan con cosas que no; a mí dame como tiene que ser, y si a vos te gusta de otra forma, allá vos, pero a mí las cosas como son". Cuando los veo en esta confirmación de sus pobrezas, pienso que el que así habla se regodea en la contemplación de los frutos que ha querido sembrar. Una mañana recordé unas diez actitudes de esta clase; iba en el subte y debí bajarme forzadamente en una estación a vomitar; de las tripas sólo salió aire; yo hubiera querido llenar el canasto con todas esas inmundicias.

          Otro código horroroso de dicción es la permanente omisión de conceptos y de elementos descriptivos, que el hablante decadente exige a su interlocutor que sepa y comulgue, bajo pena de considerarlo un pelotudo. Para la clase media porteña, que no explica nada, hay ciertas cosas que deben saberse, igual que esas consignas no escritas de los delincuentes y que el protocolo de la clase alta, que resultan más fáciles de adquirirse, porque la consciencia de clase misma los va transmitiendo. Pero la clase media es una mierda que, como me enseñó una amiga, se cierra por abajo por temor a la indigencia; y como la clase alta también se cierra por abajo, entonces rebota todo el tiempo, como un enorme shit-shake de aquí a la eternidad, también irreversible, porque no viene dotada de vocación de cambio, pues, si cambiara, ya no estaría en la mitad que tanto le agrada. El único cambio que pretende la clase media es tener más plata.

          Hace minutos, el noticiero informó que dos automóviles chocaron en una bocacalle, y que uno de ellos, descontrolado, arrolló a un peatón inocente que por ahí pasaba. En la imagen apareció un testigo de los hechos, que dijo con soltura de ignorante pleno:

Yo esto acá ya hace varias veces.

          Con eso quiso significar que en esa esquina hubieron muchos accidentes de tránsito.

lunes

Clarín del 17 de octubre

          Hoy traigo algo muy cortito. Cuando hablo de Hitler, me dicen que estoy loco. Cuando digo que Alemania es un peligro (también digo que Brasil lo es), me dicen que qué ando pensando en esas boludeces. Bueno, les traigo un párrafo del Clarín de hoy, que refleja el sentimiento real del pueblo alemán. Se los dejo:

          HITLER Y LOS ALEMANES: NACIÓN Y CRIMEN: La muestra que ofrece el Museo Histórico Alemán de Berlín, ha sido elogiada por echar abajo tabúes y reabrir el debate sobre cómo fue que Hitler pudo seducir a una nación con tanto éxito. “Nos guste o no, él sigue siendo nuestro sello distintivo más fuerte”, dijo Karl Schnorr, un ingeniero jubilado de 68 años, en la preapertura de la exposición. “Quizá sea hora de que lo dejemos atrás, pero primero tenemos que entender por qué nos sedujo tan completamente.” La muestra coincide con un sondeo publicado esta semana en el que uno de cada diez alemanes reconoció que le gustaría tener una figura estilo Führer que “gobernara Alemania con mano dura”, mientras que el 35 por ciento dijo que el país estaba “peligrosamente invadido” de extranjeros .

          Qué tul.

Qué pienso cuando veo a una embarazada

-No sé, Florencia, ya pasaste por todas las experiencias habidas y por haber; te la dieron por el orto, saliste a garcharte a CUALQUIERA, te hiciste todas las del Kamasutra... ¿qué te puedo dar yo de novedoso?

-Cómo qué. Un hijo.


          Ya sé todas las cosas que me vas a decir, porque probablemente vos también estés imbuido de esa mística fácil de la procreación que fogonea a tu entorno, al que, a la vez, todos los medios de comunicación sodomizan el criterio. Pero ya me harté de mediocres a quienes tiempo a tiempo les estoy dando la derecha en cuanto a que se expresen como se les cante y responderles respetuosamente, aunque cuando soy YO el que se quiere expresar, su medianía irrecuperable los lleva a decirme cualquier sandez que se les cruza (incluidos insultos), injurias que les vienen de la programación unidimensional con la que recorren la vida, guturaciones que corresponden a exhibiciones intimidatorias de dientes del mismo modo que un papión chillaría si uno se acercara dentro del territorio conformado por sus meadas, plagadas de feromonas y solventes naturales.

          El caso es que a mí, por más que el comentario resulte antipático, las embarazadas me dan asco; y mucho más las embarazadas que van blandiendo su estado como bandera de legitimidad. La mujer, en líneas generales, hoy ya es igual de hija de mil puta que el hombre. La poesía amorosa no tiene más sentido en estos días ni lo viene teniendo desde mucho, mucho antes: cualquier lírica muere sola si se enfrenta a la durísima realidad de que, cuando una mujer tiene ganas de coger, abiertamente va y se busca un tipo, sin más cuestionamiento que el propio picor vaginal o anal. No espera más, no acude a su pudor: se abre de gambas con cualquiera, y después pretende elevar esa actividad desdorosa a la categoría de derecho, frente al interlocutor más o menos decente que se lo hace notar. “Perdón, ¿ustedes no hacen lo mismo? ¿Entonces qué me venís a decir a mí?”, contestan; entonces yo pienso “en vez de criticar desde lo ético el hecho de que desde siempre el macho salía a copular por ahí, en vez de generar un discurso de repulsión hacia lo que claramente conforma un abuso de la genitalidad y un símbolo de dominio animal e incorrecto, un acto respecto del cual precisamente somos los únicos seres de la Creación que venimos mentalmente preparados para entender y valorar; en vez de todo eso, digo, eligen la fácil: nosotras también nos cogemos a quien se nos cante el culo, y ésta es una buena manera de vivir. Chau recato, chau lirismo, chau todo lo que se te ocurra. Chau tu amor, también, porque el día que te enamores vas a ver lo que es que te defiendan que se metieron un socotroco en el orto y que les gustó, y que eso es SU intimidad, sobre la cual vos no podés avanzar. Igualmente, nada me aparta de la sospecha ciertísima de que seguramente VOS, que estás leyendo, serás uno de esos que andan por la vida asegurando la vigencia de estos antiprincipios que aquí critico, visitador de tractos rectales y asegurador del estado de cosas, según el cual el sexo tiene el mismo significado que lavarse las manos. O una mina de éstas que se dejan por el orto y entienden que ese acto constituye una “exploración” similar a la que asalta a una persona con real sentido de la curiosidad científica, un creador de valor para la Humanidad. En tu cabeza, sospecho, todo es lo mismo, así que, si querés, abandoná la lectura en este punto, porque también aprendí en todos estos años que esgrimir un discurso como éste que estoy desenvolviendo es peor que tirar margaritas a los chanchos: es predicar en el desierto.

          Entonces para mí una embarazada es una mina que se cansó de coger porque sí y que se le cantó el ojete de tener un hijo. Pero claro, como no es lo mismo una MADRE que lo puta que fueron, ahora buscan (y reciben) la absorción automática de una sociedad a la que le chupa un huevo el pasado y que estructura toda una serie de mecanismos tendientes a acoger favorablemente (y a incluir en el mercado) una versión ahora maternal de la cópula avalorada que hasta el momento venían cultivando. Entonces empiezan las pelotudeces crónicas que hacen a la vida prenatal de la pareja: los turnos con el obstetra (al que tratan de vos, como si fuera un par, y que también tiene hijos chiquitos como ellas; está en la misma), el conteo mórbido de semanas y días -que incluye la hipocresía de decir cosas tipo "el sábado entra en la novena semana"-, la justificación de las inconductas o de los absurdos por la sobrecarga hormonal, y otros fantasmas urbanos como el de la sobrevaloración del hombre que las acompaña (es llamativo, pero asqueroso, advertir cómo la embarazada se prende con temor desesperante a la monogamia durante el período de gestación: a pesar de sus devaluados principios de cópula social, se ubica como nunca durante la gravidez en un estadio de desprotección y desconfianza patológicas al que también otorgan rango de derecho; piensan en verdad que a “él” le compete legítimamente el salir a cogerse a cualquiera porque es más difícil garchar con ellas, que se pueden mover menos y están “horribles”, según sus relatos; es asqueante también escuchar confesiones de padres cubiertos de pelos en las que sin ningún tapujo reconocen que se excitaban más cuando sus compañeras de colchón estaban embarazadas, Dios mío. ¡Dios mío!).

          Entonces estas minas, que otrora mayormente revolearan la bombacha cagándose en la significación civilizadamente construida de todas las cosas, ahora reciben sin ningún esfuerzo las bondades que, como signo de desproporción decadente, también elabora el conglomerado, concediendo una especie de premio inmerecido a quien todo el tiempo se encargó de ningunear los principios que lo sostuvieron y perseguir como único imperativo y motor de vida la satisfacción de su propio interés, comúnmente representado por el placer.

          Ahí comienza un andar al principio desorientado y todas las veces novedoso por el camino de la aparente virtud; un agitar torpe e ignorante del precepto de la multiplicación transformado en moneda de cambio de los beneficios más injustos y a la vez más cotidianos y pequeños, a los que se les otorga estatus de obligación por así corresponder; un sendero conductual impune que sólo se justifica ideológicamente por la circunstancia de que ésa es la postura asumida por el sentido filodecadente del resto. Y así se adelantan en todas las colas, empujando y blandiendo quizás algún otro hijo pequeño y normalmente sucio de baba o moco; no les importa si el colectivo está lleno y suben igual, en la seguridad de que algún pelotudo que cree que el honor pasa por ahí va a desgañitarse para tocar la supuesta inmoralidad del que va sentado, exigiendo retóricamente si “no hay un caballero que le dé el asiento a la señora que está embarazada”; van a recibir preguntas de “cuánto falta”, sonriendo, cuando antes le miraban el culo, las tetas, o la ignoraban; se salvan de multas, se les aceptan las más disparatadas visiones del mundo y opiniones que muchas veces rozan lo nazi; les disponen cajas especiales en los supermercados a los que empiezan a aficionarse y se les permite interrumpir cualquier cosa (una conversación, una película, un llamado telefónico, una consulta médica –he visto pacientes que dejaron paso a embarazadas que tuvieron el tupé de golpear la puerta del consultorio para pasar por encima del derecho de quien se estaba atendiendo-, un viaje en colectivo, una clase, un cumpleaños).

          Pero todo esto es una muy enorme mierda mentirosa, que no refleja ni el diez por ciento del sentir verdadero y real de los actores sociales. La prueba de que estas débiles permisiones conforman tan sólo un mero entretejido de roles de interacción de preguntas, respuestas y actitudes estandarizadas que tienden nada más que a salvar el culo particular de cada uno de los que las practican, es el hecho de que, en otros contextos, las reacciones frente al hecho del embarazo resultan contradictorias y claramente opuestas, y también todo ello es aceptado, aunque impliquen claros actos discriminatorios. En efecto: si una mujer queda embarazada y decide en ese estado bucar trabajo, nadie la toma (cuando mi hermana gestaba a mis sobrinos mellizos, una amiga que trabajaba en Telefónica me dijo así “te diría que ni lo intente, que ni intente presentarse”); si entró hace menos de un año y se embaraza, la echan; si lleva cierto tiempo en el empleo, en cambio, la ascienden y le conceden todas las licencias del reglamento, porque nadie quiere hacerse cargo de la hijadeputez y las reprimendas y denuncias que significaría demorarla en la carrera laboral por el sólo hecho de tener un hijo, aunque de ese modo se perjudique también discriminatoriamente al que trabaja cabalmente y que ha elegido un camino moral bastante más determinado que la uterina de marras. Si a un taxista lo para una embarazada que está sola o con un niño, detiene el auto; si está acompañada por un adulto, se reducen las posibilidades de que el taxista se detenga, porque aumentan al mismo tiempo las de que la “parejita” lo afane, en la creencia popular. Un tipo no sale con una mujer embarazada de otro, y, comúnmente, no se hace cargo de haber participado en el embarazo de su partenaire sexual que hace pocos días conoció (pues, “¿quién me asegura que el pibe sea mío…?”; los únicos casos de perdurabilidad de parejas recién conformadas y ya embarazadas que conozco, son aquéllos en los que ambos participantes sexuales realizaron con posterioridad a la noticia de preñe una evaluación de costo-beneficio y, aunque no había amor propiamente dicho, decidieron “formar una pareja” porque la otra solución habría sido mucho más costosa en términos de esfuerzo de cualquier tipo (ejemplos: compañeros de trabajo que se garcharon descuidadamente, vecinos, novios de padres decentes, minas que salieron a coger por despecho; mujeres de edad a las que, con la interrupción de la gestación, se les iría también la vida). En el resto de los casos, generalmente abortaron o tuvieron la suerte de que se detuviera el crecimiento del feto antes de tener que tomar una decisión. Sí, sí, ya me vas a decir que una que vos conocés se hizo cargo del bebé; pero es el 1%.

          Por lo demás, ¿no gana resistencia la mujer embarazada? ¿No es más fuerte que cualquiera de sus congéneres que no concibieron? ¿Entonces a santo de qué vienen los nuevos beneficios? La preñada come más y más sano, pues se olvida del asunto de las dietas de sólo yogur y ensalada; se le ensanchan los tobillos, los pies, y por eso tiene más estabilidad que cualquier otra persona, hombres incluidos; retiene líquidos que la hacen más resistente a los cambios de temperatura, manteniendo la homeotermia sin esfuerzo; gana masa muscular y lipídica, lo que le permite tener más fuentes de fuerza y reservorios de energía; se torna más agresiva en virtud de la mayor regulación hormonal, y más emocional en la intimidad, lo que le asegura la contención de su pareja; duerme más llevada por el sedentarismo, o menos, en virtud de su impredecible vertido de jugos orgánicos, lo que también la hace más agresiva y consecuentemente, aumenta sus capacidades de defensa. ¿No copula, igualmente, la preñada? ¿No sufre en algunos casos un aumento en pocas semanas del 25% de su peso normal, y continúa la vida alegremente y sin más obstáculos que la insatisfacción de sus nuevos y locos deseos descontextuados? Y en función de lo que se dijo antes, ¿no se las ve queriendo a los gritos que se respeten sus originales derechos en los supermercados, las colas de ascensor, en los bancos, en los colectivos y trenes, en los edificios públicos, en los sanatorios, en los cines y aun en las universidades?

          Cómo hubiera querido yo que la experiencia concreta, el “día a día”, me encontrase espectador de mujeres virtuosas, cuya maternidad no implicara la legitimación de conductas claramente decadentes y el “dar vuelta la página” de una vida alejadísima de la virtud y el sentido humano de la existencia. De mujeres que ya después de los 19, 20 años, quisieran casarse y tener hijos en lugar de “vivir primero y formar una familia después”. Qué satisfacción habría sido para el que persigue un mundo humano el ver en el otro una confirmación del ideal, y no una desviación espuria que se justifica en que los ideales no existen. Quién fuera el feliz hombre que cotidianamente pudiera regodearse con la confirmación virtuosa del pensamiento virtuoso, y no el hombre actual, que también se regodea con la confirmación de aquello que ni siquiera pretende como elaboración de nada, sino como algo que se da. Cuánto hubiese entregado, en definitiva, porque la porquería se desprendiera de su vocación de medianía y su instinto de segunda categoría, y se propusiera cambiar la deplorable condición animalizada de su devenir vital, entre otras cosas proyectando construir a consciencia un sentido valioso de la maternidad que implique, como escuché decir a mi maestra de 7º grado hace muy poco, “hacer de un hijo una obra de arte”. Pero qué obra de arte puede nacer de esta porquería, qué Gioconda, qué Arco del Triunfo, qué Miguel Ángel va a salir de toda esta mierda, que encima se explicita todos los días sin la vergüenza que debería tener elevando sus argumentos y justificaciones de cuarta al rango de verdad absoluta; y es tanto el número, tanta la afluencia de especulaciones fecales dichas a voz de sonrisa que cada jornada ves y escuchás, que hasta el olor que yo les siento en todos lados -y que me lleva a depreciarlos- se instala entre ellos como el perfume de la verdad; y mientras, lo que debiera florecer se desvanece sin que nadie añore el jardín que había antes de que llegaran ellos.

miércoles

Resulta que ahora se me ofenden las personas decentes

          Después de mi última relación sentimental, pensé que no quedaría más gente decente en ningún lado, porque -luego de muchísimas frustraciones y de creer sin fundamento que esa última relación me salvaría emocionalmente para siempre- no me bancaba que la chica haya decidido en el pasado que le hicieran el orto y que, además, cuando el novio que tenía la dejó porque ella se negó a formar una familia con él, a los pocos meses de falta de sexo salió por ahí a cogerse a cualquiera, literalmente. Antes, la psicóloga le había enseñado: "Mire, Ud. necesita que la penetren"; y así me lo dijo un día que nos vimos: "Mirá, Pietro, yo necesito que me cojan. Tengamos dos días para nosotros". Yo, que venía necesitando amar, queriendo la caricia que me redimiera de tanta desazón, deseando el encuentro pleno, le contesté: "cuando me pidas que tengamos cincuenta años nos sentamos a hablar; dos días no te doy". Era para que cualquier persona con una mínima carga espiritual se enamorara en seguida, pero en ese momento ella me dijo: "No sé, Pietro, no sé entonces..." Pero finalmente terminamos saliendo, y al poco tiempo, cuando me había enamorado irreversiblemente (porque era hermosa, culta, inteligente, limpia y muy fálica) me enteré de su vida pasada.

          La chica no era inmoral, sino "a - moral"; es decir: sus comportamientos no procuraban producir una herida, aunque tampoco pasaban ni previa ni posteriormente por el filtro de la moral. Su máxima era "hacé lo que quieras, mientras no perjudiques a nadie"; entonces, como que le hagan el orto la involucraba solamente a ella (lo mismo que cogerse a cualquiera, porque los que conseguía eran tipos de la misma vocación solamente copulativa); entonces estaba todo bien. Además, pensaba que había que "dar vuelta la página" con los "errores", olvidarse de todo y mirar para adelante. Consideraba como "error" haberse cogido a uno que la felicitó por cómo cogía, pero que después se vanaglorió en una ronda de amigos de estar cogiéndosela a ella, que era una perra en la cama, así como la veías. Yo no soporté ese guiso que día a día se me iba develando y me fui como diez veces de la relación; pero la vez número 11 la tipa dijo "bueno, si no te bancás mi intimidad, entonces todo se terminó acá". "Te doy una oportunidad para que esto se salve: generá un discurso crítico de toda esa mierda", le rogué desde el llanto. Pero no: "Es mi intimidad; yo no le hice daño a nadie. Es algo mío. Y sí, tuve hombres, sí. Pero ahí quedaron, y ahora te amo a vos". Cuando me fui para siempre, cargando los bolsos como un paria, me dijo: "Perdoname por lo que hice, y perdoname por lo que no hice". O sea: "perdoname porque me empomé a cualquiera; y perdoname porque no hice 'inside' de nada de lo que me dijiste; es decir, perdoname porque, a pesar de saber que te perdía, no me convencí de que estuviese mal regalarse con cualquiera, dar el culo por placer, hacer prevalecer mi orgullo de puta a la vida junto a vos".

          La llamé enamoradísimo un mes después, para proponerle borrón y cuenta nueva; pero me rechazó desde el "estar bien", desde el "se me fue la contractura de la espalda que tenía cuando vivíamos juntos" y desde el "no, mirá, vos sos un celoso patológico... vos estás MUY MAL, Pietro"; y así salió a que le quiebren el orto otra vez, o a aceptar seducciones así nomás para coger. Le dije "¿pero para vos no había que dar vuelta atrás con los errores del pasado? Bueno, demos vuelta atrás con nuestros errores y empecemos de nuevo". Y me contestó: "No, cuando yo dije dar vuelta la página me refería a los hombres". "Ah, ¿a los hombres?" contesté, titubeando y muy amargado. "Sí, Pietro, dar vuelta la página con los hombres..."

          Pero sucedió que muy poco tiempo después conocí personas decentes de verdad. Personas que, dada una situación de "buena cama", se casaron en vez de putonear; gente y no porquería, que en algún caso resistió la desilusión porque había sido educada en el comulgar de valores y principios que tienden a "des-animalizar" los comportamientos y construir una sociedad basada en el control de los impulsos. Le daban oportunidades durante lustros (y no semanas) al Otro para que remedie sus porquerías. Dejaban de lado el principio del placer en pos de esos valores: experimentaban placer, pero el placer no era la vara con la que medían la validez de una conducta. Es decir, ensayaban un juicio de valor previo a la acción, y el parámetro de medición de la pertinencia de una conducta no era el "si te gusta, hacelo", sino el "si corresponde desde un punto de vista moral, hacelo". Mi antigua novia me decía "ese tipo que 'tanto te molesta' que me haya cogido a las pocas horas de haberlo visto por primera vez en mi vida, me lo cogí porque me gustaba y porque tenía ganas de ser acariciada, ganas de ser tocada"; esta nueva gente entendía (y entiende) que el sexo es la unión de dos esencias, que con la penetración el que penetra persigue la virtud de llegar al alma, y la penetrada/amada da su consentimiento no para que le froten el clítoris o para que le chupen o rocen con el pene el esfínter anal y el canal rectal, sino para abrir su esencia al encuentro con el Otro.

          La gente de la que hablo cree que la unión amorosa es una herramienta para la felicidad y para dar solidez al espíritu. Entonces quieren presentarme a alguien, y yo les digo que no porque voy a terminar desilusionándome otra vez en la vida. Y me dicen:"¿Pero qué sabés, Pietro? No todos son iguales. Vos hablás así porque venís de malas experiencias", que es lo mismo que me decía toda la porquería anterior que al final terminaba mostrando la hilacha de porquería que llevaba oculta, pensando que conmigo iba a coger como nunca en la vida, o iba a andar por ahí con alguien que prácticamente no tenía maldad; y después resultaba que no se bancaban mi discurso pretendidamente moral. Yo terminaba siendo un "celoso patológico" o un tipo que "me cortaba la libertad, él vivía angustiado y angustiaba a todos los demás; ahora quiero vivir mi vida". Me llegaron a decir que tenía "la mirada muy pura", y después, cuando comprobaban que resultaría imposible por incompatibilidad ética estar conmigo, que estaba "muy loco".

          Así que ahora estos amigos que cultivan la honestidad, viéndome solo y sin ilusión ni siquiera en el tanque de reserva, me quieren presentar minas de acá, minas de allá. Me dicen "nada que ver con tu ex, ésta, como todos nosotros, sólo se acostó por amor; de hecho todas las que trabajan con ella le dicen que es una boluda"; me aseguran que "ella lo que necesita es un tipo como vos, que sos una de las personas más buenas y responsables que conozco, porque siempre hizo prevalecer la familia y la pareja por sobre otras cosas". Yo entonces, familiarizado con la mierda y totalmente desengañado, pregunto: "Decime... ¿qué piensa esta chica del sexo anal...? Me imagino que a los treinta y pico alguna vez habrá tenido"; y... ¿podés creer que se ofenden? "Pietro, sos un desubicado... ¿con quién pensás que estás hablando? Es un orificio de SALIDA, si te sirve la respuesta". Entonces pregunto "pero alguna vez se habrá reventado a alguien... mi ex, por ejemplo, se cogió un tipo en una cita a ciegas, apenas lo vio" Y me contestan: "Estás ofendiendo a una amiga, y me estás ofendiendo a mí". "Pero, ¿por qué te ofendo? ¿porque me meto indebidamente en tu intimidad?" "No, me dicen, qué intimidad, ¿no te das cuenta de que nos estás tratando de putas?" "Para nada, en uso de la libertad creo que cualquiera puede hacer lo que quiera, siempre que no le haga mal a nadie", digo, solamente para poner a prueba el discurso de mierda que yo creía prevaleciente. Y entonces se ofenden. "Te repito, yo no sé a qué estarás acostumbrado vos, pero ni mi amiga ni yo ni siquiera podemos llegar a pensar en eso, aunque sea ya no por una cuestión de decencia, sino por una cuestión de... asco, si querés. ¿Cómo te vas a acostar con cualquiera? Dejá Pietro, no te presento a nadie. La verdad, no tengo ganas de seguir hablando".

          Ya no sé, entonces, después de este fifty - fifty nauseabundo, en qué lugar está lo cierto. ¿En el recto de mis ex novias? Una, cierta vez me comentó, riendo: "Yo tengo el culo casi virgen"; te imaginás cuánto tiempo más duró todo. ¿En dónde está lo verdaderamente bueno? ¿En la persecución de valores universales? ¿En medir las cosas con la vara del placer? ¿Es bueno lo que te gusta y malo lo que no te gusta, o hay "algo más", algo que nos defina como personas en sentido pleno y no como gran daneses, iguanas, gallinas pisadas o mandriles? ¿Vos en la intimidad podés hacer lo que se te canta el orto, siempre que no le saques guita a nadie? La pregunta, finalmente, es: ¿es lo mismo llevar una vida decente que una de otro tipo?

          Y no es una cuestión que no tenga importancia, eh. Quiero ver qué te pasa si te enterás que a tu novia le rompieron el culo con consentimiento, y que no lo volvió a hacer solamente porque "no le gustó", no porque haya algún valor involucrado; o peor, que lo volvió a hacer. Quiero ver qué te pasa si te dicen que salieron por ahí con forros en la cartera (por si él no llevaba) a cogerse a uno del montón sin filtro; que te diga "no, yo con Gonzalo tuve una relación que solamente era sexo, sexo intenso, pero solamente sexo". Y que si no te gusta, que te vayas. A ver si te volvés a enamorar.

lunes

Vuelta al nido

          Bienvenidos nuevamente. Como nuevo punto de partida, transcribo la carta que envié a mis lectores más dilectos, y me despido hasta el próximo posteo:


          Amigos, en un acto de clara cobardía suprimí hace unas semanas el blog "Toda tu Mierda". Pensé que la búsqueda del prójimo, que me proponía entonces, no podía sostenerse precisamente en la negación del prójimo. Pero la vida multiplicó los ejemplos de desaparición del semejante, y de multiplicación de "otra cosa", más allá de algunas claras muestras de amistad o intención de lo bueno universal.

          Me parece ahora que no puede ser lo mismo el hombre en sentido virtuoso (o la mujer, claro) que cualquier otro vertebrado, y mucho menos que aquél que edifica y difunde su modelo de execración a partir de máximas de supuesta filosofía consagrada, que tendrían valor solamente porque todo el mundo las sigue. Le estaría faltando el respeto a mis amigos si, con mi silencio, los embolsara en el mismo saco que a la porquería, o no diferenciara los sacos.

          Además, está mi compromiso con la verdad y con los valores, que me ha llevado a la soledad, pero que algún día me deparará algún regocijo. Y, finalmente, veo y sospecho tanta porquería que siempre será irreversible porquería, y que sin al menos UNA voz de protesta o denuncia pasará impune por la existencia, nada más que revolviendo la materia, sin ninguna pretensión de trascendencia, esclava de sus jugos, sometiendo a los demás al acatamiento de los principios horribles de su ideario de segunda. Este compromiso ha hecho, entre otras cosas, que la porquería me catalogue de "loco" adonde voy. Pero ya no importa. El loco va a seguir gritando.

          No puedo permanecer callado, amigos, por más que mi aporte no signifique nada. El efecto será como insultar al dictador antes del fusilamiento: no sirve para nada, pero no tendrá el mismo valor que morir llorando. Lamentablemente, hablar mal del cáncer no cura el cáncer... sólo constituye un aporte para que mejores mentes reflexionen acerca de la necesidad de su erradicación, y de los caminos para lograrla.

          Necesito unos días y lo vuelvo a subir. No puedo dejar de ser yo, lo siento por mí y por todos... Por eso, desde ya, pido disculpas.

          Probablemente transcriba este mail en el primer posteo.

          Un abrazo. Pietro Tul.

miércoles

Una discusión sobre el amor

          Resulta que me hice una página en Facebook, porque mis ex compañeros de la escuela primaria se juntan ahí. Facebook es un gran rejunte de porquería. Hay que decir cosas para que la porquería se ría. Hay que tirar buena onda. Hay que exhibirse. Hay que ser un boludo contento. Hay que esperar que otros se interesen en uno. Hay que ser original, y la originalidad consiste en elegir algunas de las pelotudeces lúdicas que ofrece la misma página, tipo "pregúntale tu destino al hada" o "envía rosas a alguien que quieras". Facebook es una mierda, como el pop latino, con quien comparte el público y el estilo.

          Entonces decidí que no iba a jugar al juego del pusilánime que se encuentra. Iba a jugar otro, iba a quedar mal de alguna otra manera, pero de ésa, no. Un rato fui amable con el guiso, y poco tiempo después (antes de la semana) mi compromiso con la verdad superó toda otra forma de tolerancia.

          Quiero mostrarles hoy una serie de "comentarios" a una frase salame que una de las participantes de ese cyber-forreo colgó a manera de "lean mi alma a partir de esto que digo".

          La frase era, así escrita:


"En la guerra, como en el amor, para llegar al objetivo es preciso aproximarse".

NAPOLEÒN BONAPARTE ..


          Más allá de que la oracioncita me hizo recordar todas las frustraciones afectivas sufridas por haberme juntado siempre con gente a la que le basta "acercarse" para cogerse, decidí participar en el menudeo mogólico que propone el espacio de e-reunión de amigotes. Un antiguo amigo de la primaria, cuyo nombre es El Gordo Benito, se inspiró en la máxima que precede y anotó, textualmente: "LA GUERRA ES COMO EL AMOR,SIEMPRE SE TERMINA .CUERPO A CUERPO,BENITO". El Gordo es un jodón, no sabe ni escribir, se gastó la guita de las dos mujeres anteriores y ahora se chupa la paciencia de la tercera. Dice que su cuñada es una petera. Manda mensajes a las dos y media de la mañana. Tenía un cabaret en la ruta.

          Así que yo tuve que comentar. "La guerra es como el amor, el que está en el cuerpo a cuerpo ya ensartó a varios otros, o bien lo han ensartado varias veces, y todos toman esa circunstancia con orgullo". Nadie se iba a hacer cargo, estaba seguro.

          La siguiente aparición respondía a una clara facebook-girl, una narda sin cerebro que, al mejor estilo Maestra de Jardín de Infantes, propuso la siguiente forrada: "ese petiso de Bonaparte!". En cuanto leí este monumento a la mediocridad, me dije "Seguro que esta tarada tiene más suerte que yo". La idiota, como hace el 99 % de la porquería, se contentaba en este caso con pensar así, interactuando sin vergüenza de la manera que más patentizaba su medianía, sin aportar nada y sin esperar nada tampoco. "Debe estar casada", supuse, "debe tener el falo, en algo que la complete se debe refugiar", colegí, "si no, le tendría que haber dado medio gramo de pudor mandar esa pavada, exponerse gratis con esa cortedad que la ubica inmediatamente y sin posibilidad de discusión lúcida en el cono de deyección adonde va todo lo indeseable".

          Así que apareció otra, una a quien llamaremos Florencia, por decir un nombre masivamente elegido, que dijo así, sin espacios, sin ortografía, sin prudencia, sin mesura, sin ninguna de las virtudes cardinales: "uy chicos¡¡¡¡¡que derrotistas¡¡¡el amor no es como la guerra¡¡¡son opuestos¡¡¡¡,cuando alguien amo de verdad,jamas haria daño¡¡¡¡". Me la imaginaba torciéndose los dedos mientras se le salía el espíritu por reencauzar hacia Internet y hacia el Mundo sus cuatro o cinco únicas convicciones, cimientos conductuales de televisión, que se habían visto sobresaltados por la mención de la palabra "guerra" cuando ella claramente había pelotudizado la locución "amor".

          Quise que un "muro" en el que yo participaba no quedara concluido de la forma subnormal en que parecía haberse sepultado, y le encontré la vuelta. Dije: "Vos amás de verdad y es el otro el que te hace daño".

          Ahí Florencia enloqueció. Llevada por la suma de sus preconceptos (un Todo que era más que esa suma), desmadrada por la perturbación que imponía el hecho de que alguien dijera algo que en la "red" no estaba permitido (ya que, como dije, allí hay que escribir huevadas con las que todos estemos de acuerdo y después contentarse como El Hombre Feliz que No Tenía Camisa y que, como un gil de goma legitimado por todas las oficinas, Ama las Pequeñas Cosas de la Vida), no dudó en omitir toda convención de lenguaje escrito ni en desdentar el teclado para consignar: "BUENO,OK,TENES RAZON,COÑO¡¡¡PERO ESO NO ES AMOR.EL AMOR ES OTRA COSA,UNA PERSONA NOS PUEDE HACER DAÑO,PORQUE ALGO FUNCIONA MAL EN LA RELACION,Y NO QUEREMOS DARNOS CUENTA¡¡¡¡¡TE ENAMORAS NO DE ESA PERSONA QUE TERMINA HACIENDOTE DAÑO,SINO DE LO QUEN IDEALIZAS DE ESA PERSONA ,AMAS A ALGUIEN QUE NO ES¡¡¡¡REALMENTE LO QUE CREES DE ESA PERSONA POR HACE DAÑO¡¡¡¡¡"

          Y bueno, más allá de que no se entendía un carajo, me la dejó picando. Reaccioné como siempre, como todas las veces, eximido de toda excepción al respecto: le tiré diez mil palabras al que sólo quería escuchar cinco (no cinco mil, sino cinco), a aquél para el cual el mundo es lo que él piensa del mundo y pará de contar, a aquél que no quiere más que lo que ve, lo que morfa, lo que caga, lo que trabaja, lo que se compra y lo que coge, sacando el tema de los hijos, que es más patético. Me eché un discursete al pedo. Fíjense lo que le escribí:

          "Florencia, mirá. Primero te pido disculpas porque es largo lo que te voy a decir.

          Ya sé que Facebook es para cagarse de risa, pero bueno, capaz que también se puede decir lo que uno piensa...La frase que decís "algo funciona mal en la relación" sólo puede querer significar "la relación no satisface algún interés de alguien". En este punto, queda conectado el problema del amor con el del egoísmo.

          Y por lo demás, me parece que tu (profundo) comentario abre el problema del "significado y significante". Ya te decía Descartes que el mundo exterior podía ser un engaño de tus sentidos ("eso no es una manzana, sino la imagen que en mí se forma a partir de la supuesta manzana que habría ahí, y que en mí impregna como una manzana"). Hay incluso un cuadro que representa a una pipa, que se llama "Esto no es una pipa".

          Viste cómo fue el famoso debate acerca de si el hombre en verdad llegó a la luna: "Yo vi a Armstrong descender en la luna y bajar las escaleritas del Apolo XI, así que no hay duda acerca de que el hombre llegó a la luna". "No", contesta el otro, "vos lo que viste es un televisor que mostraba una imagen de un tipo vestido de astronauta, en una geografía que vos ya tenías adquirida como que era lunar, mientras un periodista te decía que esos eran Armstrong, la escalera del Apolo XI y el Apolo XI apoyado sobre la LUNA".

          En suma, un símbolo puede significar todo lo que vos quieras (en algún momento de la historia, la esvástica representaba un buen sentido místico y el amor a una deidad). Pero la NECESIDAD misma del Otro que te complete, que se manifiesta en el amor, es una sensación real que queda fuera de toda relatividad. Que tenga causas no te lo niego. Pero que esa necesidad choque todas las veces con la FALLA del otro también es indiscutible.

          Yo sostengo precisamente que esa FALLA del Otro es una falla VOLUNTARIAMENTE buscada, es producto de elecciones conscientes, libres y discernidas. Por eso, es el Otro mismo el que se impide a sí mismo ser amado, y daña a quien, ahí sí como vos decís, equivocadamente va y lo ama".

          Después sucedió que Florencia era psicóloga y me abochornó con una perorata de tres mensajes que querían decir "mirá todos los libros que me clavé, no me vas a decir que no son un discurso coherente que habría por lo menos que escuchar", más la confirmación de la genial respuesta de Erich Fromm a Sigmund Freud, que cuando éste dijo con el dedo levantado "La religión es una forma de neurosis", le contestó: "Puede ser, pero la verdad es que el psicoanálisis es una forma de religión".

          Y qué más decir... ¿mandarlos a todos a la mierda? Quizás sea peor estar solo.

lunes

Una conversación telefónica

-Hola Pietro, me pediste que te llamara.

-Sí, viste que salió la sentencia de...

-Sï, un desastre. ¿Cuánto tiempo hay para apelar?

-No sé, esperá que me fijo por Internet. Creo que son seis días.

-................ -mientras busco en la página de información legal, no dice nada.

-Seis días.

-Ah, escuchame, tengo para hacerte dos preguntas. Una: ¿Si presento la demanda frente a un juez incompetente se interrumpe la prescripción?

-Sí, es el artículo 3.986 del Código Civil. -y explico mucho, mucho.

-Ahá. ¿Y qué tiene que ver esta otra ley que establece una jurisdicción distinta de la que venía siendo hasta ahora para presentar la demanda?

-Es una ley posterior. De acuerdo con un criterio de interpretación de la ley, las previsiones de una ley posterior prevalecen sobre las de la ley anterior.

-........

-¿Entendés?

-Sí -dice mi interlocutor -lo que pasa es que no me quiero ir hasta San Justo.

-Presentala donde quieras, interrumpe la prescripción igual.

-......................

-Bueno, me voy a caminar por ahí porque estoy muy deprimido, me siento muy mal. Espero que caminando se me pase.

-Bueno, chau.

viernes

Historias breves. Hoy presentamos: Vida sexual de un amigo

ATENCIÓN

PRIMERA MOCIÓN DE CENSURA PARA TODA TU MIERDA


          Hoy, 20 de febrero de 2010, he recibido telefónicamente la primera propuesta conminatoria de censura en relación a escritos concretos de este espacio.

          Aparentemente, el artículo cuyo título luce en el encabezado, vulneraría susceptibilidades de personas todavía vivas e identificables.

          La exigencia vendría apoyada por terceros que, habiendo tomado conocimiento del contenido del artículo, estarían también de acuerdo en que cómo puede ser.

          Yo le habría faltado el respeto y habría herido a quienes no lo merecen, y eso no sería de hombre.

          Es posible que desde alguna perspectiva tengan razón, que el rencor por la decadencia que todos construyeron y mi impotencia frente al rígido orden escatológico que me circunda me hayan llevado a querer matar la mosca con un Exocet, así que eliminé el posteo.

          Aclaro: Ésta es la primera y única vez que haré caso a una propuesta de censura.

          De todas formas, cuando sea oportuno volveré a subir el artículo. Conste, además, que ésta es otra oportunidad que le doy a la porquería para hacer valer sus derechos y dejarle intacto el honor que de variados modos decidió voluntariamente mancillar, actitud que la porquería claramente no tomaría por mí. La porquería se ha cagado sistemáticamente en si a mí me gusta o me disgusta lo que la porquería dice.

          Los interesados en conocer el contenido del artículo, pueden pedirlo escribiendo a pietrotul@gmail.com . Los que se animen, pueden también hacerlo dejando una dirección de mail en los comentarios.

          Muchas gracias.