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domingo

Amago de regreso

          Hace unos tres años que no escribo regularmente en el blog, ni en ningún lado; y por esa razón -y por muchas otras- voy a decir muchas malas palabras. El impasse no guarda relación con que me haya olvidado de toda la mierda: es que la alegría, aunque mínima, embota, sin contar que el rencor detiene. He vivido algunos episodios que la porquería meritaría buenos, y muchos otros que la horda evitaría comentar en reuniones que no fueran lo que bautizaron "íntimas" o, aun en este caso, si concurrieran más de dos o tres personas, en atención a su falta de compromiso perpetua, cobarde, vaga y enmarcada siempre en esa parcela de legitimación que la hace -a la porquería- vulnerable al porvenir, pero triunfante en el falo, en el dinero medio y en la inmundicia del ser que ha renunciado -a veces estridentemente- a la trascendencia a cambio del placer que le dicta su pobreza. Esto tampoco quiere decir que yo sea rico.

          Me he propuesto desgranar durante toda la vida las miserias de los hijos de puta, de los imbéciles voluntarios; de aquéllos que, dominados por la tracción de su mediocridad, no sienten mella en el espíritu cuando persiguen con torpeza objetiva su interés personal, que todas las veces se centra en el logro de mierda valorada con artificio y en la defensa de su patrimonio y de su culo gravoso, de su aparente bienestar y de su orden producto de la vergüenza que han hecho de su libertad, y que no sienten, porque sus pares tampoco. No pasa un puto minuto, y no ha pasado en este tiempo de mediano silencio, sin que no me aborden los recuerdos de toda esa basura.

          En estos años he ganado y perdido algunas cosas. Hijos de puta latentes y luego declarados, mentirosos, culosueltos, soretes de un peso y medio, pelotudos con o sin ínfulas, portadores de criterio sólo lastimosos para mí, porquería que interpretaba forzadamente que de alguna manera en este blog se hacía referencia a su perineo, despechadas y su grupo de influencia que generaron estrategias de venganza aleccionadora y que en verdad reconocía origen esencial en mi incapacidad de amar la mediocridad, la locura o la putedad; estafadores condenados que soñaron ser elefantes en el bazar de mis cristales, mierda que encontraba trascendencia en el culeo, porquería grotesca que creía trascender a través de la normalidad apabullante de su cría espantosa, boludos convencidos de su genialidad, astutos de cotillón, fauna pélvica: resaca dolosa que, queriéndose olvidar de sus límites, delineaba y ejecutaba con soberbia libre de castigo un mapa del mundo que ni de casualidad advertirían espurio y en el que sus deseos, desprecios, perversiones, herencias sin mejorar y vicios consentidos alimentaban lo mejor que creían tener: su personalidad, su ilusión de ser especial a partir de la cual se dispararon a ofender la virtud y la vida.

          He ganado experiencia y he perdido temor.

          Lejos de mal armar un balance que no le importa a nadie, lo que estoy estructurando es la reseña penosa de quien se da cuenta de que recién salimos de España, y de que, probablemente, el barco vaya para otro lado. El psicópata de mi padre continúa ejecutando -como perverso que es- una red entre los que eligieron imbecilizarse, jugando a que no existo. La complementaria repite el discurso. Hasta tienen suerte de que vengan otros y voluntariamente quieran hablarles de mí, llevando quejas alcahuetas e inclusive pidiendo disculpas: todas las veces, salen convencidos de que soy una mierda, de que estoy enfermo o algo similar, porque mi madre tampoco ahora me defiende, igual que cuando era niño. Ahora soy adulto y advierto su desviación.

          He recordado tanta mierda... Y he recordado a la mierda que dice que, recordando, me victimizo. A esa metamierda, a esa metaporquería, tampoco la castiga nadie. Coge tranquila, que es lo que le gusta hacer.

          En definitiva, sin pretensión de la mínima literatura (párrafo aparte, no puedo tampoco leer, porque mi enfermedad me hace ver entonces que estoy inmóvil), mi único remordimiento de conciencia viene dado por la lucidez inevitable de que la mayor parte del daño no ha venido de esa enfermedad, ni de la acción inesperada de animales salvajes, ni de fallas mecánicas en un aparato de transporte, ni de los efectos de la Física, los jugos o los vapores sobre mi historia o mi cuerpo. El peso, el infierno, me ha sido deparado por los demás, por la porquería, por aquéllos cuyo número es tan enorme que su fuerza, sumada, destruye lo visible, lo invisible y lo por venir. Todo lo corrompe, todo lo consume, todo lo contamina, todo lo desgarra y perversa; y a todas estas acciones claramente voluntarias y decadentes este descarte de Dios es inmune. Excepto, quizás, a la posteridad que, al decir de Larra, siempre revoca sus fallos interesados.

          Pero en la posteridad yo tampoco voy a estar.

sábado

Cosas que pasan cuando no hay talento

          Queriendo ahondar en el conocimiento del significado de la expresión post tenebras spero lucem, llegué a un texto de Doris Lessing que echó por borda tanto mi entereza espiritual como todo lo que escribí hasta ahora.
          Dice Doris:
          “Vivimos tiempos en que resulta aterrador estar vivo: hoy es difícil pensar en los seres humanos como seres racionales, dondequiera que dirigimos la mirada vemos brutalidad y estupidez. Pareciera incluso que no hay otra cosa que ver; en todas partes prevalece un descenso hacia la barbarie que somos incapaces de evitar. Pero, en mi opinión, aun siendo verdad que existe un deterioro general de nuestro comportamiento, precisamente porque las circunstancias son aterradoras nos quedamos hipnotizados y no notamos –o si lo hacemos le restamos importancia– la existencia de fuerzas igualmente poderosas y que son de naturaleza contraria: las fuerzas de la razón, de la cordura y de la civilización”.
          Este pequeño párrafo resume las más de trescientas páginas que lleva TODA TU MIERDA, y también el sentido de la totalidad de lo que hice y dije desde nací.
          Claro que aquí está dicho y hecho con talento, que, de tan poco que abunda, parece ya con toda franqueza anomalía; como cuando la casualidad hace que un hombre perdido llegue a una manada de monos.

jueves

Como para ir volviendo, y seguir yendo, viniendo y revolviendo

          Advirtió alguna vez mi psicóloga que todo lo relacionaba yo con el culo. Así, si debía reemplazar la letra desconocida de una canción, sustituir un apellido olvidado, ridiculizar una escena, nombrar una calle de cuyo nombre no me acordaba, hacía mención al culo, en sus diversas variantes: ojete, pertuso, upite, ocote, culete, orto. También refería reiteradamente al culo roto.
          Con el transcurrir de las sesiones, resultó que Pietro había sido abusado moralmente por su padre, con la anuencia pasiva de su mamá, un complementario perfecto que también adoptaba posturas sádicas alternantes. Simbólicamente, parece que instituí el culo como un lugar de tránsito intrusivo en permanente latencia, sobre el que penderá hasta mi muerte la amenaza de violentamiento. 
          De acuerdo con esta interpretación, la soledad me preserva de que me rompan el culo; las relaciones "con final", también; si me entero de que alguna novia permitió que algún otro en el pasado le penetrara el ano, la dejo, incapaz de asumir su defensa, pero sufro como si me lo hubiesen violado a mí; cago cada más de dos días, por no fisurarme el esfínter, pero llevo desde hace años unas hemorroides como medianos racimos de uvas que se desgarran y manchan los sanitarios y el piso cada esos más de dos días; el perineo me parece la parte más inmunda del cuerpo, porque ahí menudeaba mi padre mientras miraba, callada, mi madre; y el mecanismo de la reproducción me da tanto asco y tanta impresión que me defiendo de esa aberración a través de la ausencia permanente de deseo sexual.
          Tipos como yo, lejos de ser objeto de conmiseración, resultan víctimas potenciales de todos los hijos de puta que existen, porque las únicas relaciones que saben anudar son las que importan que, precisamente, les rompan el culo, se abusen, le extraigan lo que no se debe para beneficio del otro, que, además, exige el mismo respeto indebido que un violador.
          Y así la vida, entonces, se va construyendo como un supositorio fuera de terapia que raspa, echa sangre y además molesta a los demás, encerrados en la satisfacción de su interés y que castigan, igual que papá, cogiéndote de todas las maneras posibles y sin que les importe un carajo qué mierda te va a pasar.

lunes

Saberse imbécil

          En 1989 tenía yo veintidós años y vivía en casa de mis padres. Tenía también un tío que se casaba, y me había comprado entonces un traje nuevo para ir a la celebración. Adolecía, finalmente, de una exposición de varios lustros a la irradiación patológica de mi padre, que, al igual que la transmisión del calor por convección, me había patologizado a la distancia y operaba eficientemente sobre mi capacidad de generar mis propios episodios degradantes, de manera de quedar asegurado mi pastoreo neurótico sobre diversas y repetidas situaciones estigmatizantes que había aprendido a perpetuar, ya sin la participación visible del psicópata.

          El caso es que me había comprado un traje y decidí ver cómo me calzaba en un espejo de unos dos metros de altura y ochenta centímetros de ancho que mi padre había colocado trabajosamente en una angosta ranura que mediaba entre el placard de su habitación (de unos cuatro metros de altura) y la pared. Para extraer el espejo, que pesaría unos diez kilos, debí remover la mesa de luz del lado en que mi padre se acostaba, y girarlo sin levantarlo del piso, provocando así el roce del canto del espejo contra la alfombra de vellones pequeños y duros que mi padre había pegado él mismo diez años antes en las tres habitaciones que daban al desmedido patio principal de la casa chorizo.

          Decidí que me vería mejor en el comedor de la casa; es decir, que apoyaría el espejo sobre el piso de revestimiento de cerámica que mi padre había colocado durante la década de 1970, y lo sostendría sobre la pared que en su mitad inferior se veía revestida de madera que mi padre había ensamblado y barnizado pocos años antes; y en la superior, de un llamado "salpicrée", también ejecutado por papá, que consistía en una pintura de yeso aplicada muy esforzadamente con un peine de metal, que mi padre, quién sabe por qué (los peines de metal no significaban un gasto imprudente en el contexto de la reparación de toda la casa de más de cuatrocientos metros cuadrados) reemplazó por un tenedor.

          Así fue que tomé el espejo con el fin de llevarlo hacia el sector en que estaba iluminado. Pero, desde antes de salir de la habitación, mi padre ya había advertido la maniobra que me había propuesto. Sentado a la cabecera de la mesa, comenzó a prodigar mi inutilidad diciendo estas interjecciones:

          - Ay... ay... ay... ay... ay... ay... ay... - pausadamente, en stacattos regulares; y siempre con la vista dirigida al conjunto ineficiente que conformábamos el espejo y yo.

          - Ay... ay... ay... - continuaba mi padre, mientras yo, con visible dificultad, portaba el instrumento en el que me reflejaría, sin poder advertir dónde lo apoyaría -porque la tosquedad hacía que mi perfil quedara pegado al vidrio. Papá no se acercaba a darme ayuda; solamente, sentado, repetía:

          - Ay... ay... ay... ay... ay... - en una sucesión rítmica y premonitoria, que se aceleró

          - Ay, ay, ayayayayayay - cuando coloqué el cristal sobre la cerámica de su comedor que, como todo lo patológico de aquel entramado de relaciones súbditas y afectadas de consentimiento de sus arbitrios, respondió como si fuese una cosa animada a su deseo sin fundamento, a su necesidad incomprensible propia de su psicopatía; y entonces, a pesar de que tomé la precaución de provocar un contacto suavìsimo con los cerámicos, se rajó en una esquina y desguazó una medialuna hija de puta que, además, rayó la madera barnizada.

          - Ay... ay... ay... - continuó mi padre, para quien el espejo había dejado ya de ser un medio.

          Avergonzado, comprobé que el traje nuevo calzaba correctamente, y estúpidamente dije "sí, me queda bien", y mi padre, entre dientes, masculló "qué pelotudo", se levantó de la mesa y salió murmurando hacia el fondo de la casa.

          Años después, gracias a las sesiones infinitas que tendieron casi con victoria a remediar el daño infligido por aquel erial disfuncional, descubrí que, a pesar de conocer el temperamento del psicópata (entonces ni siquiera sospechaba la existencia de esa desviación), yo de algún modo había querido que el desastre sucediera. En aquella situación, bien podría haber encendido la luz de la habitación y apenas correr el espejo de donde estaba guardado, pero, imbécilmente, consideré que la luz se encontraba donde estaba mi padre, es decir, en el comedor, en el lugar donde procuraría nuevamente una comida dentro de algunas horas, en la cabecera de la mesa, y decidí reflejarme allí de manera tal que la imagen, despedida por Su luz, compusiera una irrealidad aunque más no fuera momentánea de la dualidad padre-hijo, en la que se evidenciara que el hijo había crecido y que el padre, con la sola expectación de la escena, aprobara sanamente esa circunstancia, la dicha de la continuidad, lo buenamente esperable, el orden natural de las cosas.

          Pero la necesidad del psicópata hallaba cauce más en la ridiculización del hijo que en la confirmación de su masculinidad. Ya conté en estas páginas su reacción cuando mis manos, que papá postulaba inútiles para cualquier tarea, me habían hecho hombre que apareció en la díada conyugal y, habiéndose contradicho la imposición de su norma, se dio la condición de posibilidad del sufrimiento del psicópata; es decir, la vulneración de sus propias reglas.

          Ese sufrimiento lo llevó a denostar o minimizar mi virilidad de muchas maneras, que iré relatando desde ahora hasta mi muerte. Una de ellas consistió, como se acaba de relatar, en vaticinar la inutilidad del traje que me identificaba como hombre, y de ahí a la inutilidad del conjunto, del hombre con traje, del hombre cabal, del hombre joven que emergía para enfrentarse sanamente al mundo. Para todo ello, se valía de la captación de mi necesidad de confirmar mi status de varón, de recibir de regreso la percepción de un otro de esas características objetivamente perceptibles que me hacían hombre y que espontáneamente dirigía al mundo. Papá, por causas que sólo sé conjeturalmente, sentía la necesidad de que yo no fuese un hombre.

          Entonces, en esta anécdota, obró del modo que se relató: prediciendo la imposibilidad de que el reflejo dirigiera su fidelidad hacia su visión patológica; y, a la vez, vaticinando, a través de la ruptura de una parte, que él y yo jamás nos reflejaríamos juntos, y que mi intención de generar la unión entre el creador y lo creado era tan endeble y ridícula como la débil entereza espiritual que él patológicamente postulaba que yo tenía.

          A la vez, yo había colaborado en ese fracaso, y así atribuí por años a mi estupidez estructural toda la escena: desde la ideación de reflejarme hasta el regreso del vidrio ya inservible al lugar en que mi padre -que sólo utilizaba el espejo del botiquín- lo guardaba, y el recoger avergonzado de los vidrios rotos sobre los cerámicos iluminados del comedor.

          Es claro que no me lo perdono, y me avergüenza tanto mi sometimiento a los designios del enfermo, en una situación tan a contramano de la realidad evidente, que a veces pienso de verdad que soy un inútil, aunque en un sentido absolutamente diverso del que predicaba el finado mi padre.

domingo

Un sueño

          La familia festejaba el fin del año en un restaurante al que se accedía desde la ochava, en una larga mesa. Mi padre ocupaba la cabecera.
          Desde la vereda de enfrente, veo que los asistentes se juntan y arremolinan con el fin de posar para una foto. Estoy con mi hermano, que es un niño, y me dan deseos de salir en esa fotografía, y a mi hermano también. Pero no podemos cruzar la avenida. Mi hermano se lanza, ansioso, y un colectivo casi lo atropella.
          Cuando llegamos a la esquina del festejo, ya mi padre ha dado la orden de que saquen la foto. Mi hermano se suma a la mesa y se diluye en la algarabía del orden creado; a mí, en cambio, me toma un enojo intenso, una rabia animal fundada en que no me esperaron para salir en la fotografía. Entonces arrojo las llaves que tenía en la mano y grito "No voy a quedarme en un lugar en el que no me quieren, se van todos a la mierda". Pero nadie escucha con atención, a nadie le interesa mi discurso.
          Salgo a la vereda y busco la parada del colectivo que me llevará de regreso a la casa en la que vivo solo. De pronto, me digo "esto no puede quedar así", y entonces retomo el camino corriendo y enfrento a mi padre. Le grito "¡psicópata de mierda, hijo de puta, la putísima madre que te re mil parió, sorete, hijo de mil puta!"
          Pero a mi padre no le importa, y el resto de los comensales, ensimismado en la legitimidad de sus conductas concedida por el psicópata, no advierte lo que estoy haciendo -sólo los que se sientan cerca de él prestan una atención que más tiene que ver con una deferencia respetuosa de atender su entorno-. El psicópata entonces me mira, y en esa mirada entiendo que estoy condenado a que nadie comprenda mi dolor, porque así lo ha querido.
          Salgo nuevamente a la calle. Siento entonces la insuficiencia de mi actitud y regreso otra vez. "Lo voy a seguir insultando, pero lo único que se me ocurre decir es 'hijo de puta' o 'hijo de mil puta', y eso, si bien es desesperado y es verdad, no le provoca ningún daño".
          Vuelvo a encararlo y a gritarle, esta vez en el oído: "psicópata de mierda, hijo de mil puta, hijo de puta, hijo de puta, hijo de puta, hijo de mil puta, hijo de puta". Le aplico los labios sobre la oreja mientras lo reconvengo, y él se reclina medio forzadamente y también en tren de ridiculizar mi invectiva, evidenciando la molestia sobre la cabecera de la mesa, de costado. Una mujer que está sentada a su lado se asombra negativamente por mi irrupción y por la postura que le he hecho adoptar a mi padre, que considera inadecuada en estas circunstancias.
          Dejo nuevamente el restaurante y pienso que nada de lo que he hecho ha sido suficiente; pero ahora la insuficiencia se extiende a mi condición de estar solo con la verdad, ya que repito la certidumbre de que, si bien soy portador de la verdad objetiva, "ellos" adquirieron voluntariamente la verdad impuesta por el carisma de mi padre, y en esa verdad soy un insano y tengo la culpa, y todo ello entrelaza y edifica una injusticia todavía no reparada.
          Así que regreso al lugar, que ahora se halla entrecerrado por una puerta plegadiza que mi padre ha hecho correr para que me deje de molestar. Abro no obstante la puerta y paso. Mi padre me mira con gesto de desaprobación, y mi madre, a su lado, se ríe. Los demás festejan. Lo insulto, pero ahora sólo puedo decir "hijo de puta", y esa única expresión genera un ritmo que le hace perder sentido a lo que quiero transmitir:
"hijo de puta,
hijo de puta,
hijo de puta,
hijo de puta,
hijo de puta,
hijo de puta,
hijo de puta,
hijo de puta,
hijo de puta,
hijo de puta,
hijo de puta",
en una andanada en la que la sílaba "pu" queda especialmente acentuada y da mazazos a la expresión despojándola de contenido.
          Sigo diciéndole "hijo de puta" hasta que advierto que todos, sin abandonar su alegría, concluyen que soy un delirante, un enfermo.
          Entonces decido dejarlos festejar, y me despierto con una sensación desbordante de angustia y la certeza de que sólo yo he podido comprender cabalmente que el psicópata de mi padre es un hijo de mil putas, y que seré incapaz de transmitir esta idea a nadie en la completa plenitud de su significación, sea porque cada cual tiene "su vida y sus problemas", sea porque mi padre los convencerá de lo contrario.

sábado

Tabula arrasada

          Cuando mamá decía "no sé", echaba al mundo total una referencia que se encontraba fuera del límite del espacio construido por papá. De este modo, decir "no sé" conformaba un acto proactivo de muy notoria franqueza, que, además, importaba tanto la negación del topos no papá, cuanto la afirmación del universo al que ella fiel y obscenamente había adherido.
          Así, cuando, de niño, quise tener una bicicleta, me respondió "no sé", porque papá no quería obsequiármela, pero tampoco deseaba comunicarme esa decisión (expresarse en otro sentido hubiese significado desplegar manifestaciones sobre ideas que no existían). Años más tarde le pedí consejo acerca de qué carrera universitaria seguir; me contestó "no sé", porque en la estructura de mi padre el estudio es una actividad de última prioridad propia de vagos o de ricos (fue educado en una subcultura según la cual "el que quiere estudiar, estudia de noche"; "el que no trabaja, se va de esta casa"; por lo demás, papá no estimulaba mi condición de universitario); entonces, mamá, osmotizada en la viscosidad de mi padre, expresaba su honestidad de vaca y a la vez (del otro extremo del péndulo), refirmaba la cosmovisión de su cónyuge, que publicaba suya también. Si un pariente nos invitaba a alguna reunión y quería saber si nuestra familia asistiría, mamá contestaba "no sé", porque aún no lo había conversado con mi padre y, por ende, esa verdad ("el sábado por la noche iremos a casa de...") no tenía aparición en su universo.
          Con los años y la pérdida de interés y paciencia para todo lo que no se relacionara con su esposo, mamá comenzó a utilizar la expresión "no sé" para rebatir, negar o hacer referencia a un vacío que, ya irreversiblemente consustanciada en la masa conyugal patologizada, realmente para ella significaba en el momento del diálogo una "no-posibilidad", porque no había sido introducida todavía por papá. Entonces uno podía comentarle, por caso, "este cuatrimestre me inscribí en tres materias", y ella "respondía" no sé; "anduve a caballo en el campo de un amigo", y ella, no sé; "compré una torta cuando ustedes no estaban, la puse en la heladera, si quieren comer..." y su respuesta era no sé, porque a mi papá no le gustan las tortas.
          No obstante, para justificar la psicopatía de mi padre, mamá agotaba recursos; y, cuando ya resultaba imposible la justificación, se armaba de una locura de loca mala en el que su "no saber" se potenciaba hasta límites espantosos, quizás porque la familia de papá se vanagloria de su ignorancia y la utiliza históricamente como eximente de responsabilidad. De tal modo, cierta vez que discutí luego de que mi hermano expusiera sus miserias, y como papá tomara parte en el asunto conduciendo el intercambio de ideas hacia una debacle familiar (como era síntoma propio de su psicopatología), mamá me tomó de la camisa, pellizcó llorando una de las mangas y a los gritos me reprochó:
Mirá lo que hiciste, hijo de puta.
          "No hice nada", respondí. "¿No seguiste la conversación? ¿No te diste cuenta de que papá se entrometió en una situación que ya estaba por solucionarse y comenzó con su discurso denigratorio de siempre?"
Mamá entonces respondió a los gritos "no sé", "mirá lo que hiciste", y quizás fue ése el día en que se encendió en mí la sospecha de que había crecido en un núcleo familiar enfermo, y que las consecuencias de ese aprendizaje seguirían vivas hasta el final de mi tiempo, influenciándome para siempre.

viernes

Cómo evacué hoy

          Tenía que llegar a un lugar a las 10 de la mañana, pero llegué a las 9. Desde antes sentía la necesidad cruel de evacuar, y los gases se amontonaban en una panza horrible que tengo. En la calle despedí tantos, que me dio vergüenza de mí mismo pasar junto a la porquería, que en este caso tendría razón.
          Entonces entré a un bar y pedí leche caliente con cacao, como cuando era niño. Al rato comenzó la embestida terrible de la defecación. El mozo había desaparecido. Pagué a una joven del lugar a la que sorprendí robándose dos bizcochos de cortesía de un tazón que había en el sector de los mozos. Me indicó que los baños estaban arriba.
          Subiendo las escaleras, rogaba que, dado que era temprano, no estuviesen ocupados los retretes. Por suerte, en el baño había sólo murmullos de agua corriendo muy levemente por algún lado. Elegí uno de los dos inodoros y decidí que, a fin de no tomar contacto con las mugrerías de la tabla, cagaría de parado, sosteniéndome con el brazo derecho contra la pared que daba a mi espalda. El piso estaba mojado y preví que mi pantalón "de traje" se inundaría en la botamanga.
          Desde el primer envión cagatorio, explotaron mis hemorroides. La tabla blanca del retrete se llovió de gotas rojas como la banda de la camiseta de River Plate, y aun más rojas. No salieron los cerotes como debían en tamaño, razón por la cual empujé otra vez; por alguna revuelta de la inflamación venosa de mi esfínter deformado, una especie de túbulo comenzó a echar espolvoreadas de sangre hacia los costados del inodoro. Así se manchó el piso. "No importa, hay suficiente papel", pensé; consecuencia de las siguientes cuatro o cinco contracciones, cayeron masas medianas de excrementos teñidas de rojo pathos; el agua del retrete se coloreaba y la tabla cada vez más presentaba charcos bermejos intensos con relieve. Pensé también que la coagulación regular demanda entre 6 y 8 minutos, luego de los cuales no sería tan fácil ya remover la sangre engomada. No tomé en cuenta que podía ingresar alguien. La fe me mostró: "qué horrible que soy, qué ridículo es mi pelo, qué horrible es mi panza con pelos."
          Me dolían los muslos porque no me ejercito, y la media flexión con el brazo hacia atrás sosteniendo el cuerpo contra la pared demandaba pesadas tolerancias de obeso espantoso que sigo siendo y de la negación continua de mi belleza; esa mala conjunción de posibilidades y certezas incrementaba la molestia, que ya sentía inexplicablemente en la región occipital. Vi mis zapatos avejentados; me dije "tienen siete años y te ridiculizan"; una nueva oleada de inmundicias cayó junto con otros diez mililitros de sangre muy bermellón a la taza del inodoro. Iba descargando el depósito de agua cada un minuto o dos, a fin de que no se llenara el recinto de olor. Quería finalizar ya, pero las ganas me impulsaban nuevamente. Traté de quitar tensión a las piernas y me erguí; algunas gotas de pis y muchísimas de sangre se vertieron sobre el calzoncillo y la zona exterior del pantalón. Puse un bollo de papel en la raja del culo y así creí que el piso no continuaría llenándose de mi sangre.
          Pero no. Luego de dos o tres ramalazos, me persuadí acerca de que, si me quedaban ganas, podría disiparlas durante el resto de la mañana pensando en otra cosa, y que lo ya despedido resultaba suficiente para transcurrir un día sin más inquietudes.
          El piso mojado y ensangrentado como en una escena de homicidio violento y la copa del inodoro blanca y roja como un tomate descompuesto me quitaban posibilidades de movimiento y por ello dificultaban la tarea de detener la hemorragia; mucho más cuanto que debí sostener el saco y la camisa desvestida sobre el portarrollos del papel higiénico, ya que no había dónde colgarlos. Con una pelota de papel en el culo, en genuflexión, fui limpiando el inodoro y la parte superior de la tabla (cuando la levanté, noté los ríos gruesos que habían discurrido no sé cómo por toda la superficie inferior). Gasté muchos metros de papel. Luego limpié el piso con más papel. Dejé un reguero de puntos rojos muy pequeños aunque visibles a un costado del pequeño retrete. Gran parte de la sangre estaba ya viscosa y no pudo ser removida, ni aun escupiendo sobre ella (no quise mojar los pelotones de papel higiénico directamente en el agua del inodoro).
          Me resigné a utilizar todo el día los calzoncillos manchados de sangre y orina, y el pantalón ensangrentado. Al quitarme el papel que estaba en contacto con el ano, noté que restaba transcurrir algo de los 6 a 8 minutos y que en cualquier momento recomenzaría el goteo; pero, dada la muy extrema probabilidad de que ingresara alguien al cagadero del café-bar, decidí que la tela del calzón lo absorbería.
          Después de vestirme dentro del cubículo muy incómodamente e higienizarme las manos, con el culo dolorido, advertí por el espejo de los lavabos que de algún modo había arrojado sin darme cuenta una gran cantidad de sangre al frente del inodoro. Sin embargo, no me apuré para quitarla. No bien eché el papel y presioné el botón, ingresó, ahora sí, una especie de abogado que me miró a los ojos. Sin saludarme, estudió velozmente el lugar de donde yo había salido y decidió, por esos juegos de la cofradía de los buenos dioses, utilizar el retrete de al lado. Cuando abandoné el lugar, con el abrigo en la mano, durante dos cuadras imaginé que el letrado vendría corriendo a buscarme, y que lo ayudaría a identificarme la camisa violeta que llevaba puesta.

martes

Pero por algo mucho más cruel todavía.

Y no estoy hablando de nada en particular. Es la historia universal. Si no hubiese pasado esto, habría pasado alguna otra hijadeputada.

domingo

Toda mi mierda

          Me veo en retrospectiva y me insulto. Me insulto en retrospectiva y no me puedo morir.
          Antes tenía fantasías del tipo de ametrallar recuerdos. Ahora me cago obligadamente, me cago manu militari en todos, y si existe en mí alguna victimización, ésa es la de amplificar mi sufrimiento por la ausencia del otro, mi repulsión doliente por alcanzar la absoluta certeza de que me tengo que cagar inevitable y desilusionadamente en todo, rotundamente en todo, en vos, en todos, más allá de amar la verdad.
          Ojalá no pueda ver más tu porquería, ni que vos te preocupes más por la mía. Ojalá me muera AHORA, porque vi tu espectáculo.

lunes

Cositas de Papá (XV): Mi vida como músico

          A mis trece años, dos después de que comenzara a estudiar piano, papá compró uno usado que ofrecían en los clasificados del Clarín. Alguna vez contaré las incursiones del psicópata en el monstruo de madera y cuerdas cuyo aroma hoy recuerdo con ramalazos de tragedia. Entonces no sabía (ahora sí) los años que estaban por venir.
          A partir de su llegada, los parientes de los domingos se sentaron a escuchar con displicencia a Pietro, un niño, de quien sin embargo exigían páginas a lo Rubinstein que jamás obtuvieron.
          Cierta vez, un tío ponderó las tres o cuatro líneas que había desgranado en el "living room", a varios kilómetros del "comedor" en que se atragantaba el resto de la familia con la estufa encendida y todas sus incapacidades y sobreabundancias. "Qué bien está tocando Pietro", dijo.
          Mi padre contestó: "Mirá, después te voy a ir a tocar yo unos tangos que sin estudiar te los saco con estos dos dedos y encima te los canto. A Pietro dejalo, Pietro solamente ejecuta la fría página del pentagrama".
          Mis parientes nada habrían respondido (quizás la abuela, "Ay, sí, Robertito, cantate algo, querido"), y yo, habiéndome días después enterado del episodio no sé cómo (mi madre, por supuesto, callaba), dejé poco a poco de tomar lecciones de piano.

martes

Hijos de puta

         Todas las prendas que de algún modo guardan contacto con mi culo están manchadas de sangre seca o húmeda. Cuando me las quito, parecen invadidas por un torrente de mierda; pero en verdad es sangre tan roja y sedimentaria que toma sin miedo a ninguna denigración la senda horrorosa del marrón. Vez a vez, utilizo líquidos limpiadores saturados de ácidos más o menos benéficos o más o menos corrosivos, siempre sin resultados. Los calzoncillos blancos, en más de una ocasión, viraron a un ocre que interpreté resultado de una cromatografía aureolar de muerte intensa.
         En este punto, veo que he venido dedicando mi agotamiento a todos los hijos de puta que me desvirgaron los estadíos en el camino de la vida y que corroboraron con toda su pestilencia enferma que es cierto, uno pasa libremente por las metamorfosis más ridículas.

jueves

Inimputeable

          Así pondera una persona a mi madre: Inimputeable.

          Es decir: no se la puede imputar, porque no parece tener la capacidad de comprender la criminalidad de sus actos estúpidos; y tampoco se la puede putear, porque para una estúpida los insultos de terceros son como... como... anillos de debilidad frente a la mano más fuerte de mi padre.

          Me pareció una muy acertada apreciación; lúcida, pero no por ello menos dolorosa.

          E imaginé entonces a mi madre, pendulando como una idiota.

Cositas de papá (XIV): Pietro mea la tabla

          Otra de las variantes de escarnecimiento activo de mi padre era, desde mi muy pequeña edad, culparme de que había meado la tabla del inodoro.

          -¿Qué mierda hacés con el pito?- decía, a la vista de todos y al oído de mis hermanos. -¿No sabés pishar como se debe? ¿Por qué carajo no levantás la tabla? ¿Por qué tu madre tiene que entrar al baño y ver la tabla meada?

          Mamá, en general, según su péndulo incesante, vegetaba como una garza en alguno de los dos extremos de su dinámica.

          Cierta vez, en casa de mi abuela, papá comenzó de buenas a primeras a postular esta coherencia lacerante, ahora para el entendimiento de su madre, diciendo que Pietro era un meador de tablas, que no sabía mear y que había que andar detrás de él para componer los desastres que dejaba en el baño, al que después tenemos que ir todos. Precisamente mientras marchaba yo a orinar a la vista de la tribuna familiar, mi padre declamó:

          -Guarda porque éste te va a mear la tabla.

          -¡Ay, Roberto! -se asombró mi abuela.

          -Sí, sí -confirmó mi padre -el tarado éste no se fija y te mea la tabla.

          -Losotros día -intervino mi madre, emergiendo del silencio de asentimiento en viaje instantáneo al otro extremo de oscilación -se agarró el pito y empezó ¡bbbb bbbbb bbbbb! -practicando mientras la mímica de agarrar una manguera, con la lengua a medio asomar, como un niño con trisomía del par veintiuno. Y continuó: -Así hacía: ¡bbbbbb, bbbbbb!, como un boludo, y después había que ir a limpiar porque quedaba todo meado.

          Tiempo después desgrané las razones de esta fijación genital de mis padres, que eclosionó cuando desarrollé mi pene y me hacían notar vez a vez el desarrollo señalándome que se me notaba el pito y que me cambiara el traje de baño por otro más holgado; o bien consignando de viva voz que tenía olor a bolitas, órganos que, como decía el psicópata frotando chapa ilusoria y mendaz de heredero natural de la decencia provincial de sus mayores, llega una edad en la que empiezan a jeder.

          Este repetido episodio de la infancia, apreciado en retrospectiva, da el peso de propia caída de la entereza espiritual de mis padres y no debiera dañar. Pero no sé por qué conservo de esa miseria el temor de mojar la tabla del inodoro cuando estoy en casa ajena, y me adjudico niveles de humillación pensando que, para el caso de que orine sobre el plástico y aunque tenga a mano algún elemento de limpieza, no podré evitar por ejemplo la diferencia apreciable de textura entre la parte que recién limpiaré y la que no resultó ofendida por las gotas ácidas de mi vergüenza. No asombra entonces el hecho de que todas las veces que entro a un baño público pienso en el privilegio de quienes sin mayores miramientos esparcen su descuido o sus libertades para que yo las vea en tributo al psicópata, a quien también legitimo -váyase a hurgar el motivo- resistiéndome siempre a levantar la tabla del inodoro, quizás para confirmar, como decía el hijo de mil putas y condescendía Mamá Susana Péndulo, que qué mierda hago con el pito, no ves que el pito te va a llevar a amar y multiplicarte, y nosotros, que somos una díada sadomasoquista irreversible y mórbida, queremos sacrificarte en el altar de nuestra patología.

domingo

Propuesta Indecente

          "¿Por qué no te metés en la pileta?", dice Cholita. "Porque no me gusta exhibir mi cuerpo", contesto. "Pero mirá ese señor, lo grandote que es e igualmente está disfrutando con el torso al aire".

          Y entonces le explico: "Es que en el ámbito burgués la rechonchez está bien vista: los burgueses no guardan ningún empacho en mostrar sus cuerpos sobrealimentados, porque representan la prueba más evidente de su opulencia. En mi caso, en cambio, la corrupción de mi abdomen, de mis tetas, los colgajos de mis brazos y la acumulación inmunda de grasa en mi cintura son el elenco patente de mi decadencia".

          Entonces Cholita continúa leyendo el diario.

miércoles

Certeza comprobada

TODOS los que construyeron mi infelicidad han sido felizmente recompensados.


          Cuando se me vaya esta amargura, voy a hacer la lista; no sé para qué.

sábado

Soretes

El que me negó ayuda cuando estaba muy mal.

El que me dejó porque estaba muy mal.

El que dijo que, como yo había crecido sin afecto, no podía dar afecto a nadie.

El que invitó a un amigo y le habló pestes de mí.

El que, para no comprometerse, sigue relativizando la psicopatía de mi padre.

El que logró que estuviera de su lado y luego volvió al lugar de donde venía.

El que me dio su amor, y porque no lo correspondí tomó represalias.

Mi madre, a quien el psicópata dijo que estoy muerto, y entonces no me reconoció.

El que me ofreció su mano para trabajar par a par, y después no trabajó.

El que consideró que, desde una evaluación de costo-beneficio, mi presencia no convenía.

El que me quiso estafar.

El que tiene pensado estafarme, pero no todavía, porque según su visión "no es el momento".

El que me cambió por otro que le redituaba.

El que no quiso entenderme, porque no le convenía la verdad.

El que relativizó mi verdad, a partir de mis aparentes "problemas".

El que dejó que otros se contaminaran con su misma dejadez ausente de solidaridad.

El que, a espaldas de mi apoyo, volvió a besar la mano que lo quiso matar.

El que consideró que mi apoyo no tenía valor porque soy un hombre débil.

El que, para no entenderme, dijo que yo "pongo una barrera" entre ambos.

El que me alentó aun sabiendo que las razones de mi desaliento son las mismas que a él lo encumbraron.

El que, para prevalecer sobre sus miserias, sostuvo que no soy inteligente, sino "leído".

El que no dudó en desplegar acciones tendientes a sepultarme, en cuanto creyó que había una oportunidad.

El que me comparó con un viaje en taxi, y luego me dijo que "si el chofer conduce mal, yo ME BAJO".

El que intentó que mi novia me dejara.

El que me olvidó luego de que me fuera.

El que hoy pasa Navidad sabiendo que estoy solo en algún lado, y no le importa.

El que me envió un correo colectivo de augurios de Felices Fiestas sin el menor interés por dirigirme un saludo personal, porque entiende que ese saludo personal le demandaría un esfuerzo superior al beneficio que le reportaría mi devolución.

El que legitimó con su opinión y sus actos a todos los anteriores.



Hoy es mucha la mierda que festeja.-


jueves

Impresiones de un par de hijos de puta

          Parece ser que, cuando me enojo, se me afina la voz y entonces hablo con alguna afectación de clase alta o algo así. No digo, por ejemplo: "La reconcha de tu hermana, sorete, salí de acá porque te hago cagar". Digo, con muchos picos de entonación ascendente y matiz de flauta traversa: "Pero, ¿cómo puede ser? ¿De dónde es que elucubrás esa idea? ¿Realmente ése es tu pensamiento? ¡Dios mío!", y a continuación me persuado -por poner un caso- de que haber dicho "elucubrar" fue en ese contexto un acierto de construcción oracional y hasta una verdadera agresión a mi interlocutor.

          Claro que a los pocos minutos caigo en la cuenta de que nada de eso causó ni el más mínimo efecto de deterioro en la entereza espiritual del primate que, todas las veces, termina pisando el campo mancillado de mi dialéctica vencida.

          Hay por lo menos dos personas que, a la manera inmunda de la sobremesa, me han hecho notar esta inutilidad de mi condición.

          Una, por supuesto, es mi padre, para quien esas chillonadas ilustradas siguen siendo un signo evidentísimo de mi vulnerabilidad. Los elementos que componen la verdad emitida de esta crueldad son también dos: su carisma y el caso consecuente que le hacen los demás, que completa el proceso de legitimación de ésta y muchas otras de las incontables barrabasadas a las que su orientación mórbida lo aficiona.

          El otro es un hijo de re mil putas que, a través de los años, se manifestó como un oportunista inteligente y refinado, que de todo hace evaluación "costo/beneficio", minimizando costos y alejándose permanentemente de toda ética a favor de la obtención de quantums de placer. Este sorete que hoy cuenta billetes de estafa me dijo una tarde: "vos pisás débil, y por eso cada vez que vas con una mina los tipos le gritan cosas"; y otra: "yo sabía que te iba a tocar la colimba un año antes del sorteo, porque vos tenés cara de hacer el servicio militar". "No es que no tengas razón; en realidad no importa si tenés o no tenés razón: lo que interesa es si te hacés valer o no, y vos no". Este modelo terminado de amo hegeliano cree que todos los demás, salvo algún dotado que lo llena de placer, son unos pelotudos, y que como castigo hay que exprimirlos para alimentarse de su carne, de su dinero y de su trabajo de pelotudo que trabaja. A las mujeres, por ejemplo, les dice: "Yo solamente quiero coger con vos"; y muchas se dejan garchar ahí nomás, ya que les clarifica las cosas, y le entregan el orto que él les hace nada más que para lograr una humillación completa, iluminada por los soles del goce ingenuo de la puta o la entregada. Como es una mierda, probablemente si lee esto le tire un virus a la página. Si hace eso le voy a desear que se le prenda fuego la casa, porque me di cuenta de lo sorete que es. Desde hace poco, como débil que él me enseñó que soy, le estoy deseando también la muerte. Vas a ver, hijo de puta, yo no voy a hacer nada y te vas a morir como un perro con sarna avanzada. Los negados de la mano de Dios matamos con el pensamiento.

          Tanto el psicópata de mi ex padre como esta mierda a la que me acabo de referir se llevaban bien en su tiempo, y hasta el día de hoy se ponderan esplendores de supervivencia el uno al otro, y en la mutua consideración y la distancia también se respetan, porque cada cual tiene su carácter y en todo caso es Pietro el que no tiene las bolas para imponerse.

sábado

Cositas de papá (XIII) - El perfume que lleva al dolor

          Durante mi adolescencia, uno de los expedientes a que echaba mano mi padre para menoscabar mi masculinidad –además de las denigraciones injuriosas explícitas- era el de señalar de viva voz y delante de mi madre y de mis hermanos que mi cuerpo despedía en todo momento olores genitales y de transpiración.

          -Cuando uno llega a cierta edad –enseñaba papá, en la mesa del almuerzo, poniendo cara de repulsión- las bolitas empiezan a jeder, ¿nocierto?, y entonces nadie tiene por qué andar oliendo; nadie tiene por qué sentarse a la mesa y comer tratando de tragar la comida con el olor a pito que vos largás. La próxima vez te vas a bañar o no sé, comés en otro lado. Porque ni tu madre ni tu hermana ni yo tenemos por qué sentarnos a la mesa con un tipo al que las pelotitas le transpiran y viene y se sienta a la mesa igual que el resto que lo tiene que oler.

          Mi madre no me defendía.

          Entonces, por varios días, se instalaba en casa el tema del olor de los genitales de Pietro, hasta que sucedía alguna otra cosa o mi padre orientaba el discurso general hacia otros tópicos. Entretanto, no era improbable que, al cruzarnos en el ampuloso patio de la casa chorizo en que vivíamos, papá murmurara onomatopeyas de repulsión al pasar junto a mí.

          Una vez, a mis más de veinte años (es decir, ya superada la pubertad), pasábamos una de esas temporadas en que la cuestión de las emanaciones testiculares se hallaba vigente, aun durante aquel fin de semana en que se celebraba no sé qué reunión en el jardín de casa. Mi padre, que influye en las ideas y opiniones de los demás y que genera adhesiones incluso cuando sus comentarios alcanzan extremos disparatados, improcedentes, desinformados y hasta directamente discriminatorios, xenófobos y racistas, algo había estado diciendo a la familia. Promediando la tarde, mi tía, condicionada por la retórica del psicópata, no quiso expedirse sobre mi olor a pelotas (que era tema del líder); pero sí advirtió a los demás que ese día yo tenía olor en el pelo, y que la prueba de la seriedad de su enunciación consistía en que poseía una enorme capacidad olfativa ("a mí no me digas que no, porque yo tengo la nariz muy afilada"). Recuerdo la cara de mi padre en un rictus retorcido que encontraba consenso en los demás; y la pregunta de mamá acerca de si no me había lavado el pelo cuando me bañé, durante el postre excesivo de la platea familiar.

          La paradoja de esta impronta de hediondez se daba precisamente cuando mi padre advertía que, haciendo caso de su propuesta de saneamiento aromático, yo había utilizado en consecuencia algún perfume, para no oler mal. Entonces el discurso viraba hacia el lado de mi torpeza, de mi camino desordenado bajo el signo de la inmadurez despreciable en el ámbito de los que saben hacer; y así también lanzaba monosílabos terminados en j, evidenciando que el perfume que me había puesto era excesivo, y también preguntas retóricas del tipo qué hiciste con el frasco, ¿te lo vaciaste encima?.

          Aún hoy compro aerosoles de desodorante del tamaño más grande, y luego de bañarme o antes de salir de casa me aplico mucha cantidad en las axilas, en el pecho, en el abdomen y en toda la espalda. Para el cuello, detrás de las orejas, las mejillas y las muñecas, utilizo lociones. Mi perfume favorito es el Polo Clásico, pero temo que la combinación con el mucho desodorante que ya viene llevando mi torso genere una entremezcla finalmente nauseabunda, o que el perfume intenso resulte molesto para los demás, y a esa divagación la consuelo convencido de que en solamente pocos minutos cualquier exceso se compensará con las supuraciones inmundas de mis bolas o de alguna otra parte de mi cuerpo, porque sigo siendo así, sigo despidiendo olores que los demás no tienen por qué soportar.

martes

Cositas de papá (XII) - Idi i smotri

          Cuando mi opinión sobre cualquier tema comenzaba a tomar cuerpo y a evidenciar alguna coherencia, de forma tal que la suya quedaría rendida en el campo de la razón, mi padre echaba mano de algún insulto solapado que sólo tenía por finalidad minar mi voluntad. El más común era el siguiente:

Vos no sé qué hablás, si sos el más débil de la familia.

          Y continuaba explicando con verba de tipo de barrio avezado: "Acá tus hermanos todos demuestran que pueden ganarse la vida de alguna manera. Vos sos un inútil con las manos y lo único que sabés hacer es sacarle el polvo a los libros. Tené cuidado con lo que decís, porque el día que te coman los piojos vamos a tener que salir a ayudarte yo, tu madre y tus hermanos".

          Con ese tenor de respuestas, mi padre aventaba toda posibilidad de "perder la discusión" -como le gustaba ponderar de dos que intercambian ideas-, a la vez que me enseñaba mis imposibilidades e incapacidad, que sólo existía en su criterio y en el de los que encontraban en él un líder carismático que protegía sus pequeñeces.

          Solamente yo veía absurda esa respuesta que, como un acto de locura, aparecía repentina y dictaminante en la mesa, y se esparcía con la autoridad del tirano en el entendimiento de los demás, quienes, en silencio, a la vez de aceptar y gratificarse, asignaban imaginariamente roles en ese ámbito insano en el que viví más de treinta años.

          Es cierto que esas respuestas me fueron dadas desde muy niño, y que finalmente hoy de verdad me comen los piojos, porque estoy quebrado y la mayor parte de mis ahorros -la venta de mi casa- se la lleva mi psicóloga. Y es cierto también que estos hijos de puta siguen ganando.

          Me consuelo pensando que es seguro que se van a morir, pero también me angustio cuando alcanzo la certeza de que para entonces tendré setenta o setenta y cinco años, y que me quedarán cinco o seis para disfrutar de una vida que ha ido tan a contramano de mi complexión y mi entereza psíquica que hasta me da a pensar que alguien debería venir y matarlos a propósito. No yo, porque no voy a seguir desgraciándome con la cárcel; ni tampoco, por lo mismo, nadie que yo mande; pero sí alguien de ésos que aparecen aleatoriamente: un ladrón, algún otro hijo de puta, un violador de viejas, un psicópata gravísimo, un iletrado drogadicto.

          Es una fantasía que tengo: que alguien los mate queriendo matarlos, que una vuelta de la casualidad les haga ver por última vez la autocracia del más fuerte de la manera más contundente. Como esa otra en la que imagino que le destrozo la casa al hijo de mil puta de mi padre, rompiéndole los vidrios, tirando abajo las estanterías y esos "modulares" de mierda de los setenta en los que le gusta acumular vajilla barata y pelotudeces de ferretería, moliendo a palos los televisores, quemando las camas, reventando a fierrazos los inodoros en los que no me dejaban cagar ni masturbarme y llenando de mi propia sangre las puertas y las paredes; y al finalizar la tarea tomar al cerdo de los pelos o de la mandíbula (arrastrarlo tomando lo incisivos del maxilar inferior) y decirle: "Mirá este paisaje: así dejaste mi cabeza, la reputísima madre que te recontra re mil re parió. Así me dejaste la cabeza, hijo de puta".

          Pero a no desesperar, que sabemos que el neurótico planea lo que sólo el perverso ejecuta.

sábado

Una tarde en el cementerio de Balcarce

Hace tres años estaba muy solo.
Todas mis producciones eran despreciadas.
Ahora la cosa varió un poco; pero de aquella época traigo este recuerdo, que ya publiqué en otro lugar.
La muerte tiene tantas otras formas.



Al fondo de la calle 39 se erige el Cementerio de Balcarce, Art Deco futurista entre la palmaria ignorancia.



Letras Metrópolis del Arq. Francesco Salamone, bizarría pampeana nacida de la inconmensurable corrupción del gobernador Fresco



Traspuesta la fachada, la serranía muerta preside las tumbas blanqueadas a la cal, muchas abandonadas.



Bóvedas de pequeños arrendatarios que hacia el Oeste enfrentan a los sepulcros terrosos de los desposeídos, un escalón más arriba.



El mismo Ángel de la Opulencia que se repite en Recoleta, esta vez despojado de toda mística. Miedo de los concurrentes de que se le caiga eso que tiene en la mano.



Las tumbas serán sanas y limpias, para descanso y no para castigo de los cuerpos retenidos en ellas.
En todo lado se cuesen ava.



Campeón burgués de la moral, muerto en 1923. Habría cumplido a la fecha 150 años, junto a su fiel esposa y a sus amadas hijas, inmersas también todas en un irreversible estado ficcional.



Dust to dust, ashes to ashes. Lesson eleven: The Dust and the ashes are on the coffin.



Más adelante, descubrimos que en todo espejo plano la imagen se forma en la intersección de las prolongaciones de los rayos reflejados.


Un gran jardín de infantes en el que predomina la calma.
Se ha muerto mi niño, mi niño, mi niño, mi niño hermanó.




Ángel de la Erosión y del Olvido



Cara de Ángel que ha muerto con su protegido. Prodigios de la fauna y flora cadavéricas.



Obviously, Fangio.
Despreciado por sus coterráneos, la calle que lleva su nombre en Balcarce es la 13.


Al final de la travesía, abandonamos la necrópolis, dando a nuestros nuevos amigos las seguridades de un pronto regreso... ¡Post tenebras spero lucem, adiós!