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martes

La hoguera del mérito

     - Pero, ¿no te das cuenta de que tu familia no es parámetro de nada, porque están todos enfermos?

        - Sí: lo que vos decís figura en todos los manuales de psicología elemental. Pero entenderás que desde mi posición resulta bastante molesto que se trate de una enfermedad cuyo síntoma es precisamente el disfrute.

         - Bueno, no hay nada que se pueda hacer. Cualquier actitud que adoptes va a redundar en tu perjuicio, dado el núcleo mórbido en que se desenvuelven esas relaciones. Uno o más psicópatas, no los conozco, idiotizaron a los demás, que quisieron voluntariamente idiotizarse (funciona de ese modo) y, además, no asumir ningún compromiso a tu respecto, lo que se acentúa desde el punto de vista del trastorno cuando tomás en cuenta de que uno de los involucrados es tu madre. Probablemente se te ocurra como defensa reproducir la estrategia y estupidizarte vos también con el asunto del karma, del Infierno. Será nada más que un consuelo, punto, con el costo de haber utilizado herramientas ancestrales que por tal razón van a seguir potenciando el padecimiento de todo el grupo, aunque no estés en contacto. ¿Por qué no dejás que sintomaticen ellos, aunque sea a través de lo que vos creés que es su alegría?

         - Porque cada tanto no puedo detener el desprecio, y cada otro tanto, el odio.

         - Es así. No es de otra manera. A vos no te va mal. Y si el problema es que todo es una injusticia, bueno, a joderse. Qué querés que te diga.

       Entonces se me vino esa escena del Mouse de Spiegelman, la del psiquiatra sobreviviente que explica que en la cuestión intervino solamente el azar, y mi reflexión posterior de que la porquería puede ser culpable, pero el azar, como cualquier máquina en sí misma, es insusceptible de valor. Como las determinaciones mórbidas de cualquier desviación del aparato psíquico: las patologías en juego, incluidos mi odio, cualesquiera de mis reacciones, y aun mi indiferencia.

sábado

Cosas que pasan cuando no hay talento

          Queriendo ahondar en el conocimiento del significado de la expresión post tenebras spero lucem, llegué a un texto de Doris Lessing que echó por borda tanto mi entereza espiritual como todo lo que escribí hasta ahora.
          Dice Doris:
          “Vivimos tiempos en que resulta aterrador estar vivo: hoy es difícil pensar en los seres humanos como seres racionales, dondequiera que dirigimos la mirada vemos brutalidad y estupidez. Pareciera incluso que no hay otra cosa que ver; en todas partes prevalece un descenso hacia la barbarie que somos incapaces de evitar. Pero, en mi opinión, aun siendo verdad que existe un deterioro general de nuestro comportamiento, precisamente porque las circunstancias son aterradoras nos quedamos hipnotizados y no notamos –o si lo hacemos le restamos importancia– la existencia de fuerzas igualmente poderosas y que son de naturaleza contraria: las fuerzas de la razón, de la cordura y de la civilización”.
          Este pequeño párrafo resume las más de trescientas páginas que lleva TODA TU MIERDA, y también el sentido de la totalidad de lo que hice y dije desde nací.
          Claro que aquí está dicho y hecho con talento, que, de tan poco que abunda, parece ya con toda franqueza anomalía; como cuando la casualidad hace que un hombre perdido llegue a una manada de monos.

Tabula arrasada

          Cuando mamá decía "no sé", echaba al mundo total una referencia que se encontraba fuera del límite del espacio construido por papá. De este modo, decir "no sé" conformaba un acto proactivo de muy notoria franqueza, que, además, importaba tanto la negación del topos no papá, cuanto la afirmación del universo al que ella fiel y obscenamente había adherido.
          Así, cuando, de niño, quise tener una bicicleta, me respondió "no sé", porque papá no quería obsequiármela, pero tampoco deseaba comunicarme esa decisión (expresarse en otro sentido hubiese significado desplegar manifestaciones sobre ideas que no existían). Años más tarde le pedí consejo acerca de qué carrera universitaria seguir; me contestó "no sé", porque en la estructura de mi padre el estudio es una actividad de última prioridad propia de vagos o de ricos (fue educado en una subcultura según la cual "el que quiere estudiar, estudia de noche"; "el que no trabaja, se va de esta casa"; por lo demás, papá no estimulaba mi condición de universitario); entonces, mamá, osmotizada en la viscosidad de mi padre, expresaba su honestidad de vaca y a la vez (del otro extremo del péndulo), refirmaba la cosmovisión de su cónyuge, que publicaba suya también. Si un pariente nos invitaba a alguna reunión y quería saber si nuestra familia asistiría, mamá contestaba "no sé", porque aún no lo había conversado con mi padre y, por ende, esa verdad ("el sábado por la noche iremos a casa de...") no tenía aparición en su universo.
          Con los años y la pérdida de interés y paciencia para todo lo que no se relacionara con su esposo, mamá comenzó a utilizar la expresión "no sé" para rebatir, negar o hacer referencia a un vacío que, ya irreversiblemente consustanciada en la masa conyugal patologizada, realmente para ella significaba en el momento del diálogo una "no-posibilidad", porque no había sido introducida todavía por papá. Entonces uno podía comentarle, por caso, "este cuatrimestre me inscribí en tres materias", y ella "respondía" no sé; "anduve a caballo en el campo de un amigo", y ella, no sé; "compré una torta cuando ustedes no estaban, la puse en la heladera, si quieren comer..." y su respuesta era no sé, porque a mi papá no le gustan las tortas.
          No obstante, para justificar la psicopatía de mi padre, mamá agotaba recursos; y, cuando ya resultaba imposible la justificación, se armaba de una locura de loca mala en el que su "no saber" se potenciaba hasta límites espantosos, quizás porque la familia de papá se vanagloria de su ignorancia y la utiliza históricamente como eximente de responsabilidad. De tal modo, cierta vez que discutí luego de que mi hermano expusiera sus miserias, y como papá tomara parte en el asunto conduciendo el intercambio de ideas hacia una debacle familiar (como era síntoma propio de su psicopatología), mamá me tomó de la camisa, pellizcó llorando una de las mangas y a los gritos me reprochó:
Mirá lo que hiciste, hijo de puta.
          "No hice nada", respondí. "¿No seguiste la conversación? ¿No te diste cuenta de que papá se entrometió en una situación que ya estaba por solucionarse y comenzó con su discurso denigratorio de siempre?"
Mamá entonces respondió a los gritos "no sé", "mirá lo que hiciste", y quizás fue ése el día en que se encendió en mí la sospecha de que había crecido en un núcleo familiar enfermo, y que las consecuencias de ese aprendizaje seguirían vivas hasta el final de mi tiempo, influenciándome para siempre.

jueves

Inimputeable

          Así pondera una persona a mi madre: Inimputeable.

          Es decir: no se la puede imputar, porque no parece tener la capacidad de comprender la criminalidad de sus actos estúpidos; y tampoco se la puede putear, porque para una estúpida los insultos de terceros son como... como... anillos de debilidad frente a la mano más fuerte de mi padre.

          Me pareció una muy acertada apreciación; lúcida, pero no por ello menos dolorosa.

          E imaginé entonces a mi madre, pendulando como una idiota.

domingo

El Péndulo de Carabobo

          Resulta que, como sufrí cuarenta años de daño psíquico, la única alternativa al problema es que me someta a sesiones muy caras de psicoanálisis por los próximos cuarenta años, a razón de dos y a veces tres por semana. En ese espacio surgen verdades incontestables que más o menos me van compensando con cierta sensación de algo parecido a la Justicia de segundo nivel los enormes agujeros de desorientación y angustia que me genera día a día mi biografía, mis enormes posibilidades clausuradas para siempre, el absoluto de mi mediocridad inducida, mi necesaria concepción del Otro inexistente como medio de defensa frente a los deterioros ocasionados por quienes fueron mis primeros “otros” y tuvieron bajo su esfera de responsabilidad enseñarme la noción de Otro y ejemplificarla en forma originaria; mi inevitable certeza imaginada de que el Otro lastima, ejerce alguna forma de tiranía, calla frente a lo injusto, juzga injustamente, impone reglas, compite y no reconoce. A veces –como todos los psicoanalizados- pienso que la profesional que me atiende está repodrida de mis relatos que sólo trasuntan angustia y de mi tendencia a la permanente derrota, huida y encierro, y que más le interesa mi dinero –estoy pagando las sesiones con lo que obtuve de la venta de mi casa- que mi (doctrinariamente imposible) “curación”. Entonces trato de racionalizar los encuentros y su enorme costo con amagos de convencimiento acerca de mi destino en el cual no hay interlocutores válidos, dotando a mi psicóloga de ese carácter (interlocutor válido), y así vivo las sesiones como una fiesta, porque son los únicos momentos en los cuales verdaderamente hay Otro que recibe el mensaje y elabora una respuesta valiosa de la que emana el interés por el intercambio y la riqueza de su construcción, y en esa dialéctica en la que sólo expongo la cosecha de mis miserias sembradas tomo un cuerpo de existencia que jamás se me concedió en los horrores psíquicos de la que fuera mi familia; y, aun bajo la forma subalterna de tipo que paga para conversar, mi ser en el mundo alcanza una forma de completitud que a veces me hace llorar.

          El caso es que el consultorio de la profesional de la salud mental queda en el antiguo barrio de mis dolencias. La casa que, también comiéndome mi viejo departamento, alquilo por una cifra que me da vergüenza –su dueña condescendió a cobrarme un poco menos de lo que se exige en esta ciudad de piedra- está a unos diez kilómetros de tejido urbano; siempre me retraso aunque intente las más imposibles combinaciones de todos los medios de transporte público que confluyen en la llamada Plaza Flores (tren, subterráneo, muchas líneas de colectivos y también taxi). La experiencia indica que no hay manera de que no llegue tarde a mis onerosas sesiones, y esa demora es también interpretada por mi psicóloga: dice que responde, entre otras cosas, y frente a la ausencia de dotación de carga narcisista originaria, a una necesidad de que alguien me espere.

          La estación final del subte, que queda a cinco cuadras del consultorio, se llama simbólicamente “Carabobo”. Fue inaugurada hace pocos años; también como símbolo -pero esta vez de exhibición ante la clase media barrial de un aparente progreso- le han provisto un ascensor que lleva a la superficie. A la clase media de más de cincuenta años le gusta tomarse este ascensor. Yo lo utilizo porque, en líneas generales, llego psíquicamente vencido a las sesiones. Cuando me queda alguna reserva de tolerancia, miro las caras de los pasajeros y de los “ascensorados”, y extraigo conclusiones terribles. Ese día no me quedaba reserva, pero era tal el ruido de arrastre de pies que me dije: “voy a esperar a que cierre la puerta para ver si en los gestos se refleja lo que estoy pensando”. Yo camino mirando hacia abajo; a veces, de los zapatos de los demás también emanan ideas; así que, a la espera de que el aparato empezara a moverse, me fui fijando en los pantalones y el calzado de los otros tres que habían ingresado. Tanto me perturbaba la correspondencia entre los modelos, el ajetreo que presentaban –la clase media le otorga a los zapatos una muy larga vida media- y la pertenencia a una pseudo-ideología de criterio pequeño consumidor, que quise levantar la mirada para advertir una vez más su estampa en los rostros, como cuando me siento a contemplar mórbidamente y sufriendo escenas del Holocausto.

          Entonces vi a mi madre.

          Ella también me advirtió, pero luego giró involuntariamente la cabeza, sin variar el gesto de transeúnte y dirigió la mirada hacia el tercio superior del ascensor, como hacen casi todos.

          -Mamá.

          Mi madre me mira. No sabe quién le está hablando.

          -Mamá.

          Mi madre me escruta, como queriendo reconocer con esfuerzo al que se le está acercando en el ascensor. De pronto, se le intensifica un mínimo el escaso brillo, y dice:

          -Ah… Pietro… no te reconocí por la barba.

          Yo pensaba: “hace cuatro años que uso barba, aunque hace tres que casi no nos vemos”.

          -Mhm –dije.

          -¿Cómo estás… estás en Buenos Aires?-. Una señora a mi lado, la tercera de los cuatro ocupantes del aparato, se ríe.

          -Sí, sí… estoy acá… ¿vos, cómo estás?

          -Pero qué… -continúa la pregunta - ¿te quedás o te vas?.

          La señora vuelve a reírse. Para ella, el hijo que vive en la ciudad se encontró con su madre, que también vive en la ciudad. Es decir, para ella se trata del encuentro del hijo y de su madre.

          -Estoy viviendo acá, acá estoy... –digo, sonriendo un poco.

          - Ah… -dice mi madre, y la señora vuelve a reírse.

          Se abre la puerta del ascensor; llegamos a la superficie; hay muchos bocinazos y ruidos de acelerones; mientras salimos, mamá pregunta, como soñando:

          -¿Adónde vas?

          -A la psicóloga.

          -Ah… ¿queda por acá?

          -Sí, queda por acá, a pocas cuadras...

Entonces mamá dice:

          -Bueno, nosotros estamos en el lugar de siempre, tenemos el mismo teléfono de siempre, estamos donde siempre, podés llamar, venir, cuando quieras… -y ahí se queda, no sabe qué más decir. No sabe qué hacer. No está mi padre para decirle qué tiene que hacer. Su reacción y los gestos de esa reacción exponen un grotesco de desorientación. Necesita que vaya yo hasta su casa, adonde está papá, para que él acomode dicursivamente esta realidad que se le ha trastocado, confiriéndole significado y obligándola también simbólicamente a que se lo induzca.

          -¿Vos bien? –yo tampoco sé qué decir. Estoy llegando tarde, no quiero encontrarme con mi madre, que mira como para de alguna manera hallar en espacio la esquina de Carabobo y Rivadavia, a la que conocía hasta hoy desde hacía sesenta años, una superficie iluminada por el caos de los millones.

          -Más o menos. Tengo mal acá, la palanca del hombro.

          ¿La “palanca del hombro”?, pienso. Debe ser terminología de mi padre. Para mi madre, por haberlo escuchado de mi padre, debe entonces existir una palanca del hombro. Gracias a los pocos años de psicoanálisis, en seguida advierto que los menudeos médicos sobre su cuerpo son otra de las formas de emergencia de su masoquismo.

          -Ahá –digo.

          -¿Tenés teléfono? –pregunta, como para preguntar alguna cosa. Está aturdida.

          -Sí –entonces hurga en el bolsillo y saca un celular más o menos viejo.

          -No sé, yo no entiendo estas cosas. No sé manejar este teléfono. Escribime vos tu número.

          Mientras escribo, mamá mira hacia otro lado. Quizás esté confirmándose que ésa es la esquina de Rivadavia y Carabobo.

          -Estoy apurado, acá te dejo mi número. Llamame y te va a quedar grabado.

          -Bueno –dice mi madre, mirando el celular.

          -Bueno, me voy, un saludo –podría haber seguido unas cuadras por Rivadavia, acompañarla, que me contara alguna cosa, algo, ya que iba a continuar mi terapia mental: la reparación del daño vendría ahí nomás, en muy pocos minutos.

          -Chau, Pietro –mi madre se queda mirando todavía el teléfono, viendo cómo se hace para guardar el número sin gastar en llamadas. Yo cruzo Rivadavia y no me vuelvo hacia atrás; estimo que mi madre cierra la tapa del teléfono sin enviar el llamado y el número que le ingresé entonces se pierde.

          En el trayecto hasta el consultorio, me ilumina un único pensamiento: hace poco más de un año, mi hermana había rescatado como positivo (en sus términos) el dictamen del psicópata en relación a mi muerte, ocasionada por el efecto de estos papeles que tienen frente a la vista y también por el de mi rebelión a sus verdades de enfermo. Para ella, que asombrosamente también es psicóloga, sería saludable esto que se da que ni él quiera verte ni vos quieras verlo. Pero el psicópata, que requiere rimbombancia, ha expresado su idea patológica sentenciando que estoy muerto.


          Entonces mi madre, aun en el estrecho ámbito de un ascensor ocupado sólo por cuatro personas (una madre, un hijo y dos más), no supo quién era yo. La muerte, en los espacios totales, es el no-ser; así mi madre en ese lastimoso episodio me dirigió una nuda mirada, como se hace frente a lo que no es, concepto que incluye el no haber sido, porque el que no es no tiene existencia alguna, ni aun como recuerdo.

          Por ejemplo, para todos ustedes (y aun para mí) el Perjápulo no es, como así tampoco la Rubla del Estenglocino; no son siquiera conceptos porque no denotan ninguna cosa. Pero sí al menos están expresados, como lo estaba yo en aquel ascensor, y de ese modo estos no-conceptos alcanzan un mínimo estado de ser en tanto expresión, aunque nada más, porque, de hecho, la capacidad que tenemos de percibirlos se agota en la sola lectura. No sabríamos qué más hacer con estas nuevas herramientas o cosas que se dan sorpresivamente en el mundo de los hechos: el Perjápulo y la Rubla del Estenglocino, y al instante quizás las olvidaríamos. Así también mi madre podía verme, percibirme como algo que estaba en ese ascensor, pero nada más; y luego volver a colocar la mirada en el tercio superior del espacio. Más adelante, cuando tuvo que hacer algo con ese Perjápulo que se le erigía frente a sí, experimentó la misma desorientación que tendrían ustedes si yo les pidiera que se manifestaran con cierta responsabilidad acerca del valor, practicidad o detalles de la Rubla del Estenglocino.

          “En primer lugar, qué bueno que no te perturbó tanto”, me dijo luego la psicóloga. “En otros momentos no me lo habrías contado riéndote, y, además, esto habría sido materia de varios encuentros. Pero por suerte llevás cuatro años en este espacio”. “Sí, a costa de mi casa”, pensé y no dije.

          “En segundo lugar, entiendo que no es necesario que te diga que esta anécdota es producto de un comportamiento patológico. Una madre reconoce al hijo aun cuando lo encuentre con barba de sesenta años, con el rostro cambiado por los años, con cuarenta kilos menos… lo reconoce... ¡por el olor! Si tu madre no te conoció, tengo que decirte que es muy probable –no es mi paciente, pero a través de tu relato puedo ver algunos detalles- es muy probable que esté sufriendo una patología… seria. Tu padre también, pero en cuanto a seriedad, parecería ser que, reitero, no es mi paciente, pero es… una madre… es algo muy serio. Desde ahí lo tenés que tomar… Veo que algo de eso hay, porque de hecho no estás angustiado, te estás riendo; esa risa la entiendo como liberadora, y es muy bueno que te rías a sólo diez minutos de ocurrido el episodio que contás. Pero siempre tomando como base este aspecto patológico que no tiene nada que ver con vos, ¿eso lo tenés claro? Porque vos creciste en una especie de bocina permanente en la que el discurso hegemónico te identificaba como el enfermo, tu padre decía que tenías esquizofrenia paranoide… es importante que veas que la realidad es otra.”

          “Ya sé que es importante, pero todavía no puedo”. “Ya vas a poder”, y así seguía la sesión.


          Mi madre, como dije alguna vez, es un péndulo que oscila entre la pelotudez y la hijadeputez, de modo que sus acciones vitales sólo se desarrollan al calor de una onda mórbida que desgrana pétalos mustios de una flor deshonrada y binaria:

                              pelotuda / hija de puta;
                              pelotuda / hija de puta;
                              pelotuda / hija de puta;
                              pelotuda / hija de puta;
                              pelotuda / hija de puta;
                              pelotuda / hija de puta;
                              pelotuda / hija de puta,

y así siguiendo, de modo tal que cuando no es una pelotuda, es una hija de puta
, y siempre por omisión (es decir, callando); aunque, excepcionalmente, se desempeña con cierta actividad para lograr resultados, como por ejemplo a través de la comisión de pequeños delitos con el solo fin de ser castigada; pero esto lo contaré más adelante, algún día de los que compondrán los treinta y pico de años que por delante quedan de mi psicoanálisis.

          En ese ascensor, por algunos segundos, mientras un Virgilio riente de clase media destrozada nos conducía a la superficie mancillada del barrio de mi infancia, el Péndulo de Susana Carabobo se detuvo en el medio. Pero tenía que seguir funcionando (acechaba la muerte); y entonces, al decirme que no sabía manipular el teléfono celular, comprendí casi científicamente que había decidido darle impulso hacia el extremo “pelotuda”, y que volvería a detenerse en “hija de puta” unos minutos después, cuando le contara a mi padre el episodio y éste le ordenara revisar si se había borrado mi número de teléfono y ella le hiciera voluntario caso, ahora sí, comprendiendo cómo se hace.

          En éstos y otros pensamientos me distraigo, mientras algunos concluyen que estoy mal de la cabeza y un puñado me aconseja, como acariciando a un animal, que no me haga tanto problema.

jueves

Susana Cuatro Casas

          Resulta que hace poco se murió otro hombre bueno: mi tío el hermano de mi madre. Papá lo despreciaba por un problema neurológico que tenía; de él ponderaba que era "un tarado". Su padre (el que extirpó el jardín para instalar una fundición de bronce), lo había educado en la mugre rudimentaria de la clase obrera que apenas arañaría la dignidad; pero a la vez le compró enciclopedias y libros para compensar su cuarto grado y su cocoliche mejorado de "masa disponible" hija de la inmigración. No le encendían todas las luces, pero, como dije, era un hombre bueno: la genética de su lado familiar fue más fuerte que su disfunción mental, como pasa en todos los casos (sé de enfermos mentales que delinquen a propósito; es decir, queriendo hacerlo). Tuvo una sola mujer, a los 49 años: una señora de Paraguay que llevaba un hijo trigueño de ningunos talentos al que mi familia, junto también a la mujer y a mi tío, despreció solapadamente (culparon a mi abuela de haberse puesto celosa y por ello no haber permitido la relación, que finalizó al poco tiempo). Era torpe, sucio, pobre, débil, feo, miope, enorme, oloroso, desgraciado y tomado en sorna por los demás; vistió siempre lo elemental, comía pizza de cartón y pollo de rotiserías de segunda, se aficionaba como mi madre a la compra de ofertas de tercera categoría y nunca participó de una conversación. No tenía modales en la mesa. Se tiraba pedos. Quien lo viera, recordaría siempre su porte ridículo, su nariz horrible, sus anteojos verdes de culo de botella, su panza de Sancho devaluado y su andar trabajoso de tipo con esbozos de problemas motrices. La evolución de su dolencia le terminó deparando un Parkinson que al final de sus días hasta le impidió deglutir, cagar y respirar.

          Pero carecía de toda malicia, y era tan amigable y generoso como su madre. Me regaló la primera calculadora cuando intuyó que me gustaba la matemática. Lo último que le dije fue "Adiós", hace ocho o nueve años: nos despedimos a la salida de un teatro. Le dije "Adiós", y no sabía.

          Con todo, mi tío, que se desempeñaba como Ayudante de Laboratorio en un colegio secundario municipal, logró comprarse a crédito una casa en un barrio rayano en la indigencia, a 35 kilómetros de la ciudad.

          Esa casa, por línea sucesoria -si es que no ha desaparecido- pertenecería a partir de esta muerte a mi madre, quien ya tiene otras tres: el caserón de Flores, el departamento en la Costa y una "casa-quinta" en el suburbio más o menos pudiente del Oeste.

          Mi madre, cuya vida es un péndulo que va de la estulticia a la crueldad pasiva, es ahora Susana Cuatro Casas.

domingo

Argumenthum Psycopathicum

          Alguien me llama y advierto el pensamiento de un psicópata. La imagen viene durando más de cuarenta años o acaso menos; no sé qué caminos discursivos tomará una vez que atienda el llamado y me coloque frente a él. ¿Es definida o indefinida su voluntad próxima? El problema involucra el de la existencia de Freud. Si Freud existe, su voluntad próxima es definida, porque Freud sabe cuál será el curso de acción que tomará el psicópata. Si Freud no existe, su voluntad próxima es indefinida, porque nadie pudo haberse dado cuenta de que su enorme capacidad de ser hijo de puta es algo más que un mero temperamento. En tal caso, creo que en lo inmediato intentará penetrar en mi subjetividad para destruirla (digamos), y, por otra parte, que ha hecho algo más que interactuar; pero no quiere recabar información para satisfacer una duda, ni jugar, ni departir, ni dar su mano franca, ni ser completamente veraz, ni dejar de saciar un interés, ni perder el tiempo, ni desnudar su alma, ni contemplarme como un semejante, ni afirmar a Dios. Escucho su voz que ingresa en el Yo desde lo imperativo, pero no sé si me ordenará contestar, participar, exponer, recibir, atender, contribuir, ser com-presente, legitimar su existencia ni reír. Su curso de acción es inconcebible; ergo, Freud existe.

viernes

Funcionamiento empático de una pareja sadomasoquista - Para un ensayo sobre la ilusión trascendental

          Entre mis recuerdos más ocultables, encontré este poema en francés mal escrito con lo muy poco que había aprendido en el secundario estatal:

Papa prenait la chaussure de maman
et il se mit à rire
et maman se mit aussi à rire
mais en tenant un peu
de la peur,
parce qu'elle savait papa commencerait à se gratter la plante
dans ce jeu cette fois avec pas de sang
et alors oui, les démangeaisons
serait insupportables.

Papá tomaba un zapato de mamá
y se echaba a reír
y mamá reía también
pero sintiendo un poco
de miedo,
porque sabía que papá comenzaría a rascar la suela
en ese juego  esta vez sin sangre
y entonces sí, la picazón
sería insoportable.

Mi madre y el Imperativo Categórico de Kant

          Para decirlo resumidamente, Emanuel Kant intentó construir (o descubrir) una Ética aplicable a la totalidad de las conductas humanas, que no dejara "zonas grises" y que, por ello, alcanzara a todas las manifestaciones del hombre, fuera de cualquier discusión.

          Yo, por ejemplo, estoy en contra del aborto voluntario y deliberado. Para la gente de izquierda y para los "a-morales", no existiría ninguna barrera que impida el hecho de que, después de copular y ante la noticia del embarazo, la mujer concurra a un centro médico cualquiera, lo interrumpa y se extirpe el feto o el conjunto concebido de células, del mismo modo que si se quitara una verruga o si se cortara las uñas. Pero no estoy muy seguro de esta posición respecto de los embarazos producidos como resultado de violaciones o de sexo entre personas con insuficiencia mental. Eso quiere decir que mi Ética es incompleta y que no puede aplicarse en el marco de un pensamiento serio, consagrado a la Humanidad en su conjunto.

          Kant, hijo del siglo XVIII, sostuvo que la Razón daría respuesta a este problema, y por ello llamó a la Ética "razón práctica" (una forma que la razón tenía de desarrollarse, que era en el marco de la interacción de individuos y entre individuos y cosas); a diferencia de la "razón pura", que es la razón más especulativa: la del silogismo, la que da a luz los conocimientos. Sostuvo a partir de eso que todas (todas) las conductas humanas debían estar en consonancia con lo que él llamó "Imperativo Categórico", cuya formulación más sencilla es la siguiente:

Obra de tal manera que tu conducta esté siempre regida por una máxima que pueda considerarse universalmente buena.

          Entonces, por ejemplo, pegarle a alguien con un garrote a fin de robarle la mujer sería una conducta éticamente reprochable, pues no podría predicarse universalmente bueno liberar las represiones, ya que la convivencia se tornaría imposible. No ayudar a quien lo necesita importaría la afirmación de una universalidad en la que nadie se preocupe por su prójimo y una negación del carácter social del hombre. Y así sucesivamente.

          Debe aclararse que Kant era pietista, y que, aunque él intentara separar su pensamiento de la idea teológica (ya que brindaba a la Razón el carácter de fuente de la que emanan las respuestas todas del comportamiento humano terrenal), en el piso de su teoría estaba siempre el hombre en tanto ser creado, autónomo, sumamente respetuoso de las máximas impresas en las Escrituras, verdaderas máximas universales. De manera tal que, para Kant, en el fondo, el Imperativo Categórico -principio rector de cuanta conducta se te imagine- se reducía en verdad a la siguiente enunciación:

Obra de tal manera que a los ojos de Dios tu conducta pueda ser considerada buena.

          Situación a partir de la cual dio eficiente respuesta a varios problemas, como el del libre albedrío (ya que construía un hombre autónomo y no digitado por los hilos de la Providencia) y el de la inexistencia del materialismo histórico, al que le faltaban cincuenta años para aparecer. Por lo demás, dado que la razón humana no tiene poder para contradecir a la razón divina, y toda vez que existe una relación de participación entre aquélla y ésta, cualquier extensión de nuestra razón vendría a resultar aplicación de la razón divina. Entonces, según este esquema, sólo una conducta desviada de la que Dios nos sugirió a través de las Escrituras vendría a aparecer como éticamente reprochable.

          Pero, hombres al fin, hubo quienes se aferraron a la máquina kantiana para justificar lo injustificable. Hasta 1870, Europa se enredó en innumerables guerras internas y entre reinos, bajo la divisa de que resultaba "universalmente bueno" procurar el bien de las naciones; esto es "seguir los sanos sentimientos del pueblo", que llevaban, por ejemplo, a enfrentar burguesías contra proletarios y reinos de dos cuadras contra países que buscaban "unificarse" bajo el signo de una sola impronta económica y política. Así que este principio fue otra vez reformulado para justificar matanzas de millones; y expresado como sigue:

Obra de forma tal que el sano sentimiento del pueblo pueda considerar buena tu conducta.

          De modo que, para un prusiano, no obligar a un alemán del sur a constituir una nación significaba una mala acción; y no matar al díscolo, entonces, condenaba a ser éticamente muerto por quien, actuando según la nueva máxima, ejecutaría contra su cuerpo un acto de innegable justicia -matar a quien no cumple con la regla de oro de toda conducta-.

          En los primeros años de la década de 1960, circuló el famoso trabajo de Hannah Arendt sobre el juicio del nazi Eichmann en Jerusalem. Allí se ve claramente una nueva distorsión del principio kantiano. El asesino, que se limitaba a cumplir órdenes y para el cual un tren cargado de vacas hacia el frigorífico tenía el mismo valor que otro cargado de tachuelas o de judíos vivos o muertos, sostuvo durante su proceso que el Führer era su imperativo moral; de forma tal que todos los actos aberrantes por los que se lo acusaba, habían respondido, en verdad, a una reedición del principio kantiano, el que, en la Alemania del Reich, habría mutado en el siguiente:

Obra de forma tal que el Führer considere buena tu conducta.

          Modelo que, por otra parte, se había repetido durante el peronismo en Argentina:

Obra de forma tal que tu conducta agrade a Perón.

          Y lo mismo con Stalin, Tito, Papá Duvallier y tantos otros. Más adelante, desconociendo quizás a Kant, a lo largo de las décadas, la pobreza de la porquería fue asignando valor de sujeto del Imperativo Kantiano a los entes más ridículos: el caudillo de la cuadra, la vecina del cuarto "be", los colores de River ("obra de forma tal que a un buen riverplatense le resulte buena tu conducta"), lo que dice la tele, lo que dice Bucay ("obra de forma tal de agradar a Jorge Bucay"), lo que decía el Che, lo que dice Videla, lo que dice el Jefe, lo que dice el Juez de la Causa, lo que le gustaría oír a Florencia.

          Estos comportamientos, en verdad, escapaban de toda ética, pues, a pesar de adecuarse estrictamente a la razón por ser producto de un silogismo correcto ("Es bueno lo que Hitler cree que es bueno / Hans hace lo que Hitler dice / Hans obra bien"), fallaba el valor de verdad de la premisa. Por lo demás, se contraponían con el Imperativo Categórico de Kant, nacido al calor del estudio y la incorporación intensa de las Escrituras y tributario del protestantismo más intelectual.

          Dentro de esta corrupción producto de la naturaleza mediana del noventa y nueve por ciento, no es de extrañar que mi madre, ser humano al fin, tuviera su propio Imperativo universal. Para ella, la máxima aplicable a toda conducta personal es la siguiente, suponiendo que mi padre se llame Ricardo:

OBRA DE TAL FORMA QUE RICARDO CONSIDERE BUENA TU CONDUCTA.

          Pero Ricardo, como ya conté innumerables veces, es un psicópata grave que por mi nacimiento se entendió desplazado de la posibilidad de un afecto que siempre deseó de su madre (muerta este año sin habérselo brindado jamás del modo en que él lo rogó desde su interior desviado). Entonces, por ejemplo, la vez que mi padre dijo "Este chico es un esquizofreno-paranoide: Susana, hay que llevarlo al médico" mi madre, sin saber qué significaban esas palabras, me tomó de la manito (yo tenía 8 años) y me llevó al pediatra, a ver si había alguna cura. Años después le pregunté cómo no se había dado cuenta de la aberración, cómo no la había cuestionado, cómo no se había negado; y me contestó "Y bueno, Pietro, vos llorabas mucho y tu padre quería que te viera un especialista". "¿Un especialista en qué? ¿En enfermedades MENTALES?", le dije; y me contestó: "Sí".

          Durante mi adolescencia papá discutía largamente conmigo, porque quería -contra mi voluntad- que llevara el cabello muy corto. Las peleas, que se producían en la hora de la comida, finalizaban con insultos y diagnósticos. Mi padre no se reprimía y me endilgaba ser un "tarado", un tipo "que se hace la paja todo el día", un "vago de mierda", uno "que no aporta nada, levanta la mano no para ayudar, sino para pedir" y que mis buenas notas del colegio eran sólo una lógica consecuencia de haber "tenido todo servido en bandeja". Mamá, unos días después, entraba a mi cuarto con dinero en la mano: "Tomá, andá a cortarte el pelo. Dale el gusto a tu padre: vos sabés que si hacés lo que él dice, después le podés hasta bajar los calzoncillos...". Tiempo después, me di cuenta de que ése fue durante más de cincuenta años un juego sexual enfermo entre ellos, y que por alguna razón también mórbida, mi madre procuraba, desde ese tinglado, mi participación aunque más no fuera simbólica en aquel dúo inmoral, de la manera más ingrata y mentirosa.

          Mamá, como se sabe, es incapaz de hacer nada sin consultarlo previamente con mi padre. En las reuniones familiares, por ejemplo, espera a que su marido elija asiento y ocupe lugar, para luego ella ir y sentarse a su lado, aunque se diera el caso de que hubiese preferido otra ubicación. Cuando papá le reprocha alguna conducta, mamá se lamenta insultándose: "Soy una boluda, una boluda. Soy una boluda..."

          La única vez que mi madre quebró el Imperativo Categórico que la rige fue en la segunda mitad de la década de 1990, un día que yo estaba en la facultad. A mi padre no le gustaba escucharme hablar por teléfono. Ahora da risa, pero entonces esa circunstancia patológica de la que era ajeno, significaba para mí un motivo de malestar psíquico, inclusive de angustias: yo no podía disfrutar una charla telefónica sin que, a los dos minutos, apareciera el psicópata y me conminara: "Colgá". Esa prohibición tácita se reflejaba en otra que alcanzaba a mi madre: la de atender los llamados de personas que querían comunicarse conmigo cuando yo no estaba, y mucho menos de dejar anotado el recado, pues "nadie tenía sirvientes en esta casa". Ese día, delante de mi padre, le pregunté si alguien me había llamado durante mi ausencia; y mi madre, acuciada por su torpeza y cercada entre el impulso maternal y el aceptado sometimiento marital, me contestó:

Ah, sí. Te llamó no me acuerdo quién, que no sé qué te dejó dicho.

          Con ello cumplía ambas consignas: la de mi requerimiento ingenuo, y la que sin piedad le inoculaba el perfecto y desvirtuoso funcionamiento de la pareja, que Sade explica mucho mejor que yo, porque no le dolía tanto como a mí.

lunes

Qué pienso cuando veo a una embarazada

-No sé, Florencia, ya pasaste por todas las experiencias habidas y por haber; te la dieron por el orto, saliste a garcharte a CUALQUIERA, te hiciste todas las del Kamasutra... ¿qué te puedo dar yo de novedoso?

-Cómo qué. Un hijo.


          Ya sé todas las cosas que me vas a decir, porque probablemente vos también estés imbuido de esa mística fácil de la procreación que fogonea a tu entorno, al que, a la vez, todos los medios de comunicación sodomizan el criterio. Pero ya me harté de mediocres a quienes tiempo a tiempo les estoy dando la derecha en cuanto a que se expresen como se les cante y responderles respetuosamente, aunque cuando soy YO el que se quiere expresar, su medianía irrecuperable los lleva a decirme cualquier sandez que se les cruza (incluidos insultos), injurias que les vienen de la programación unidimensional con la que recorren la vida, guturaciones que corresponden a exhibiciones intimidatorias de dientes del mismo modo que un papión chillaría si uno se acercara dentro del territorio conformado por sus meadas, plagadas de feromonas y solventes naturales.

          El caso es que a mí, por más que el comentario resulte antipático, las embarazadas me dan asco; y mucho más las embarazadas que van blandiendo su estado como bandera de legitimidad. La mujer, en líneas generales, hoy ya es igual de hija de mil puta que el hombre. La poesía amorosa no tiene más sentido en estos días ni lo viene teniendo desde mucho, mucho antes: cualquier lírica muere sola si se enfrenta a la durísima realidad de que, cuando una mujer tiene ganas de coger, abiertamente va y se busca un tipo, sin más cuestionamiento que el propio picor vaginal o anal. No espera más, no acude a su pudor: se abre de gambas con cualquiera, y después pretende elevar esa actividad desdorosa a la categoría de derecho, frente al interlocutor más o menos decente que se lo hace notar. “Perdón, ¿ustedes no hacen lo mismo? ¿Entonces qué me venís a decir a mí?”, contestan; entonces yo pienso “en vez de criticar desde lo ético el hecho de que desde siempre el macho salía a copular por ahí, en vez de generar un discurso de repulsión hacia lo que claramente conforma un abuso de la genitalidad y un símbolo de dominio animal e incorrecto, un acto respecto del cual precisamente somos los únicos seres de la Creación que venimos mentalmente preparados para entender y valorar; en vez de todo eso, digo, eligen la fácil: nosotras también nos cogemos a quien se nos cante el culo, y ésta es una buena manera de vivir. Chau recato, chau lirismo, chau todo lo que se te ocurra. Chau tu amor, también, porque el día que te enamores vas a ver lo que es que te defiendan que se metieron un socotroco en el orto y que les gustó, y que eso es SU intimidad, sobre la cual vos no podés avanzar. Igualmente, nada me aparta de la sospecha ciertísima de que seguramente VOS, que estás leyendo, serás uno de esos que andan por la vida asegurando la vigencia de estos antiprincipios que aquí critico, visitador de tractos rectales y asegurador del estado de cosas, según el cual el sexo tiene el mismo significado que lavarse las manos. O una mina de éstas que se dejan por el orto y entienden que ese acto constituye una “exploración” similar a la que asalta a una persona con real sentido de la curiosidad científica, un creador de valor para la Humanidad. En tu cabeza, sospecho, todo es lo mismo, así que, si querés, abandoná la lectura en este punto, porque también aprendí en todos estos años que esgrimir un discurso como éste que estoy desenvolviendo es peor que tirar margaritas a los chanchos: es predicar en el desierto.

          Entonces para mí una embarazada es una mina que se cansó de coger porque sí y que se le cantó el ojete de tener un hijo. Pero claro, como no es lo mismo una MADRE que lo puta que fueron, ahora buscan (y reciben) la absorción automática de una sociedad a la que le chupa un huevo el pasado y que estructura toda una serie de mecanismos tendientes a acoger favorablemente (y a incluir en el mercado) una versión ahora maternal de la cópula avalorada que hasta el momento venían cultivando. Entonces empiezan las pelotudeces crónicas que hacen a la vida prenatal de la pareja: los turnos con el obstetra (al que tratan de vos, como si fuera un par, y que también tiene hijos chiquitos como ellas; está en la misma), el conteo mórbido de semanas y días -que incluye la hipocresía de decir cosas tipo "el sábado entra en la novena semana"-, la justificación de las inconductas o de los absurdos por la sobrecarga hormonal, y otros fantasmas urbanos como el de la sobrevaloración del hombre que las acompaña (es llamativo, pero asqueroso, advertir cómo la embarazada se prende con temor desesperante a la monogamia durante el período de gestación: a pesar de sus devaluados principios de cópula social, se ubica como nunca durante la gravidez en un estadio de desprotección y desconfianza patológicas al que también otorgan rango de derecho; piensan en verdad que a “él” le compete legítimamente el salir a cogerse a cualquiera porque es más difícil garchar con ellas, que se pueden mover menos y están “horribles”, según sus relatos; es asqueante también escuchar confesiones de padres cubiertos de pelos en las que sin ningún tapujo reconocen que se excitaban más cuando sus compañeras de colchón estaban embarazadas, Dios mío. ¡Dios mío!).

          Entonces estas minas, que otrora mayormente revolearan la bombacha cagándose en la significación civilizadamente construida de todas las cosas, ahora reciben sin ningún esfuerzo las bondades que, como signo de desproporción decadente, también elabora el conglomerado, concediendo una especie de premio inmerecido a quien todo el tiempo se encargó de ningunear los principios que lo sostuvieron y perseguir como único imperativo y motor de vida la satisfacción de su propio interés, comúnmente representado por el placer.

          Ahí comienza un andar al principio desorientado y todas las veces novedoso por el camino de la aparente virtud; un agitar torpe e ignorante del precepto de la multiplicación transformado en moneda de cambio de los beneficios más injustos y a la vez más cotidianos y pequeños, a los que se les otorga estatus de obligación por así corresponder; un sendero conductual impune que sólo se justifica ideológicamente por la circunstancia de que ésa es la postura asumida por el sentido filodecadente del resto. Y así se adelantan en todas las colas, empujando y blandiendo quizás algún otro hijo pequeño y normalmente sucio de baba o moco; no les importa si el colectivo está lleno y suben igual, en la seguridad de que algún pelotudo que cree que el honor pasa por ahí va a desgañitarse para tocar la supuesta inmoralidad del que va sentado, exigiendo retóricamente si “no hay un caballero que le dé el asiento a la señora que está embarazada”; van a recibir preguntas de “cuánto falta”, sonriendo, cuando antes le miraban el culo, las tetas, o la ignoraban; se salvan de multas, se les aceptan las más disparatadas visiones del mundo y opiniones que muchas veces rozan lo nazi; les disponen cajas especiales en los supermercados a los que empiezan a aficionarse y se les permite interrumpir cualquier cosa (una conversación, una película, un llamado telefónico, una consulta médica –he visto pacientes que dejaron paso a embarazadas que tuvieron el tupé de golpear la puerta del consultorio para pasar por encima del derecho de quien se estaba atendiendo-, un viaje en colectivo, una clase, un cumpleaños).

          Pero todo esto es una muy enorme mierda mentirosa, que no refleja ni el diez por ciento del sentir verdadero y real de los actores sociales. La prueba de que estas débiles permisiones conforman tan sólo un mero entretejido de roles de interacción de preguntas, respuestas y actitudes estandarizadas que tienden nada más que a salvar el culo particular de cada uno de los que las practican, es el hecho de que, en otros contextos, las reacciones frente al hecho del embarazo resultan contradictorias y claramente opuestas, y también todo ello es aceptado, aunque impliquen claros actos discriminatorios. En efecto: si una mujer queda embarazada y decide en ese estado bucar trabajo, nadie la toma (cuando mi hermana gestaba a mis sobrinos mellizos, una amiga que trabajaba en Telefónica me dijo así “te diría que ni lo intente, que ni intente presentarse”); si entró hace menos de un año y se embaraza, la echan; si lleva cierto tiempo en el empleo, en cambio, la ascienden y le conceden todas las licencias del reglamento, porque nadie quiere hacerse cargo de la hijadeputez y las reprimendas y denuncias que significaría demorarla en la carrera laboral por el sólo hecho de tener un hijo, aunque de ese modo se perjudique también discriminatoriamente al que trabaja cabalmente y que ha elegido un camino moral bastante más determinado que la uterina de marras. Si a un taxista lo para una embarazada que está sola o con un niño, detiene el auto; si está acompañada por un adulto, se reducen las posibilidades de que el taxista se detenga, porque aumentan al mismo tiempo las de que la “parejita” lo afane, en la creencia popular. Un tipo no sale con una mujer embarazada de otro, y, comúnmente, no se hace cargo de haber participado en el embarazo de su partenaire sexual que hace pocos días conoció (pues, “¿quién me asegura que el pibe sea mío…?”; los únicos casos de perdurabilidad de parejas recién conformadas y ya embarazadas que conozco, son aquéllos en los que ambos participantes sexuales realizaron con posterioridad a la noticia de preñe una evaluación de costo-beneficio y, aunque no había amor propiamente dicho, decidieron “formar una pareja” porque la otra solución habría sido mucho más costosa en términos de esfuerzo de cualquier tipo (ejemplos: compañeros de trabajo que se garcharon descuidadamente, vecinos, novios de padres decentes, minas que salieron a coger por despecho; mujeres de edad a las que, con la interrupción de la gestación, se les iría también la vida). En el resto de los casos, generalmente abortaron o tuvieron la suerte de que se detuviera el crecimiento del feto antes de tener que tomar una decisión. Sí, sí, ya me vas a decir que una que vos conocés se hizo cargo del bebé; pero es el 1%.

          Por lo demás, ¿no gana resistencia la mujer embarazada? ¿No es más fuerte que cualquiera de sus congéneres que no concibieron? ¿Entonces a santo de qué vienen los nuevos beneficios? La preñada come más y más sano, pues se olvida del asunto de las dietas de sólo yogur y ensalada; se le ensanchan los tobillos, los pies, y por eso tiene más estabilidad que cualquier otra persona, hombres incluidos; retiene líquidos que la hacen más resistente a los cambios de temperatura, manteniendo la homeotermia sin esfuerzo; gana masa muscular y lipídica, lo que le permite tener más fuentes de fuerza y reservorios de energía; se torna más agresiva en virtud de la mayor regulación hormonal, y más emocional en la intimidad, lo que le asegura la contención de su pareja; duerme más llevada por el sedentarismo, o menos, en virtud de su impredecible vertido de jugos orgánicos, lo que también la hace más agresiva y consecuentemente, aumenta sus capacidades de defensa. ¿No copula, igualmente, la preñada? ¿No sufre en algunos casos un aumento en pocas semanas del 25% de su peso normal, y continúa la vida alegremente y sin más obstáculos que la insatisfacción de sus nuevos y locos deseos descontextuados? Y en función de lo que se dijo antes, ¿no se las ve queriendo a los gritos que se respeten sus originales derechos en los supermercados, las colas de ascensor, en los bancos, en los colectivos y trenes, en los edificios públicos, en los sanatorios, en los cines y aun en las universidades?

          Cómo hubiera querido yo que la experiencia concreta, el “día a día”, me encontrase espectador de mujeres virtuosas, cuya maternidad no implicara la legitimación de conductas claramente decadentes y el “dar vuelta la página” de una vida alejadísima de la virtud y el sentido humano de la existencia. De mujeres que ya después de los 19, 20 años, quisieran casarse y tener hijos en lugar de “vivir primero y formar una familia después”. Qué satisfacción habría sido para el que persigue un mundo humano el ver en el otro una confirmación del ideal, y no una desviación espuria que se justifica en que los ideales no existen. Quién fuera el feliz hombre que cotidianamente pudiera regodearse con la confirmación virtuosa del pensamiento virtuoso, y no el hombre actual, que también se regodea con la confirmación de aquello que ni siquiera pretende como elaboración de nada, sino como algo que se da. Cuánto hubiese entregado, en definitiva, porque la porquería se desprendiera de su vocación de medianía y su instinto de segunda categoría, y se propusiera cambiar la deplorable condición animalizada de su devenir vital, entre otras cosas proyectando construir a consciencia un sentido valioso de la maternidad que implique, como escuché decir a mi maestra de 7º grado hace muy poco, “hacer de un hijo una obra de arte”. Pero qué obra de arte puede nacer de esta porquería, qué Gioconda, qué Arco del Triunfo, qué Miguel Ángel va a salir de toda esta mierda, que encima se explicita todos los días sin la vergüenza que debería tener elevando sus argumentos y justificaciones de cuarta al rango de verdad absoluta; y es tanto el número, tanta la afluencia de especulaciones fecales dichas a voz de sonrisa que cada jornada ves y escuchás, que hasta el olor que yo les siento en todos lados -y que me lleva a depreciarlos- se instala entre ellos como el perfume de la verdad; y mientras, lo que debiera florecer se desvanece sin que nadie añore el jardín que había antes de que llegaran ellos.

jueves

Una respuestita de mamá

          Mi mamá, que tiene un vínculo sado-masoquista con el psicópata de mi padre, es una de las pocas mujeres que conozco que desdeñan el instinto maternal a favor de la satisfacción de los deseos de su marido. En este caso particular, como los deseos de mi padre se relacionaban con mi desaparición, se dio el siguiente diálogo.

          Suena el teléfono. Atiendo con voz débil y cansada.

          -Hola

          -Hola, Pietro. Habla mamá.

          -Ah, qué tal.

          -¿Cómo estás?

          -Muy mal.

          -Y bueno... yo no puedo hacer nada.

          -Está bien, ya sabía.

          -Bueno, Pietro, chau.

          -Chau.

          No me lo vas a creer, pero pasó así. Yo a veces me debato entre que mi madre es una tarada o si en realidad no será que es una hija de mil puta.

Todavía no puedo

          Eso, todavía no puedo. Algún día volveré a este espacio, tengo mucho para decir, pero creo que NADA NADA tiene sentido, ni siquiera escribir, ni siquiera percibir, no entiendo al artista, no tengo ánimo para el arte tampoco. Sonrío al pedo todos los días. Vamos a ver.

lunes

Perdón

Perdón, chicos, no puedo escribir porque estoy sufriendo un estado de profunda tristeza. Sepan disculpar, ya llegarán los posteos. Gracias.

viernes

Elogio del tomate

          El bar ahora tenía nada más que un cualquiera leyendo y cuatro parranderos de jueves y sesenta años tomando café y cognac en la barra. Eran más de las doce de la noche y le pregunté al de la misma sonrisa que antes, cuando no entraba solo y esperaba a que eligiera la mesa o me preguntara adónde te parece; no será tarde para pedir algo de comer, no sé si cerraron la cocina, un sandwich cualquier cosa.

          Una chica no tan hermosa en lencería, un boxeador enamorado de la misma mujer tres décadas, uno que murió, oliva sobre el tomate que enrojeció más de lo que esperaba, la lechuga está tan verde pero el tomate es rojo rojo como un labio la televisión, los viejos se ríen sobre el cognac –las mujeres en la casa-, uno insiste en pagar, llegué tarde, tarde, se desarma el universo que me figuré vos te hacés una coraza mentira, una coraza de mentira y de faltas y entonces el tomate rojo rojo me ocupa y me celebra, invasión celebrada y asombrosa, la lengua reparte tomates deseados y fenecidos, tomate rojísimo sin planes de cemento alisado igual que el del bar pero en el living qué te parece, sin plantas en el jardín, la casa brotada de señales, tomate dichoso que se regodea en la boca mía y suya, la lengua reblandecida por el aceite, suavidades de viejo sin nadie, cognac de los locos, la dureza del cemento rugoso mirando hacia arriba con los ojos cerrados bebiendo el tomate un instante de ficción en el que el mozo ha venido hasta la mesa y pregunta con la misma sonrisa de entonces si está todo bien, y a pesar del llanto y del tomate con una mueca le doy a entender que siempre fui medio loco, y entiende y me sonríe como cuando pedíamos la copa helada y nos mirábamos y me deja otra vez solo, ahora que los viejos también se fueron dejando efluvios de cognac y de parranda poco tiempo después de haberme sentado y antes de que pasara lo que pasó y no va a volver a pasar, nunca.

domingo

Certeza de domingo

          Ninguna de mis acciones es trascendente. "Nadie es imprescindible"; yo tampoco. Mis acciones, mi imagen, mi presencia y mis motivos son esencialmente reemplazables por las acciones, la imagen, la presencia y los motivos de cualquier otro. El valor de mis acciones es el valor que se me ocurre que tienen. El valor de las acciones de los demás es el valor que se me ocurre que tienen. La emoción no trasciende. Da lo mismo una cosa que otra.

jueves

Escena en un colectivo de provincia

          Está por llover. Suben unos quince niños de escuela primaria, tardan en pagar. Los que ya compraron el boleto se van ubicando en los casi todos asientos vacíos. Uno más gordito está muy contento; una chica Aylén será muy hermosa. Llevan mochilas ajadas de color rosado, negro o azul, con inscripciones de fantasía. Las chicas tienen todas zapatillas blancas y los varones, botines de fútbol negros con medias grises o también negras. Algunos, una campera de gimnasia. Ninguno tiene más de diez años. Van hacia las calles de tierra. El chofer mueve el colectivo aun cuando muchos todavía no se sentaron; el sacudón los hace gritar de risa. Las niñas comienzan a hablar en voz muy alta, traen cuestiones que no tienen que ver con el colegio; la mayoría escucha lo que tres o cuatro dicen.

          El que eligió el asiento individual mira a la niña más linda, que es, además, la única que lleva cinta en el pelo. Cada tanto observa cómo van pasando las calles. Se ha sentado apoyando una parte de la espalda en las ventanillas. La mira y ella no. Veinte cuadras después, dice:

          -Aylén.

          Pero la chiquita sigue hablando, de pie junto a sus dos o tres amigas que acotan y ríen.

          -Aylén.

          Esta vez escucha a una de sus compañeras, que vocifera algo que les parece gracioso.

          -Aylén.

          El colectivo toma una cuneta y todos gritan.

          Entonces el niño exagera su actitud de atención. Toma una pelota que no sé en qué lugar llevaba y amaga arrojársela a la cabeza.

          -¡Aylén!

          La pequeña lo mira. El niño ensaya un gesto de seriedad y cuenta:

          -¿Viste que están arreglando la casa de Bráian? No sabés, están poniento ¿viste? todo cerámica en el piso, re brillante queda.

          Y agrega: - A la entrada todo plantas pusieron. Hoy vamos a... -pero Aylén ya se ha ido; intenta retomar la conversación perdida con sus compañeras, también ajenas a la anécdota.

          El niño busca quien lo escuche y me encuentra, lejos, en el último asiento. Por sobre las risas desmedidas y los acelerones, continúa, con los ojos perdidos:

          -Hoy vamos a ir a jugar a la arena.

lunes

Una conversación telefónica

-Hola Pietro, me pediste que te llamara.

-Sí, viste que salió la sentencia de...

-Sï, un desastre. ¿Cuánto tiempo hay para apelar?

-No sé, esperá que me fijo por Internet. Creo que son seis días.

-................ -mientras busco en la página de información legal, no dice nada.

-Seis días.

-Ah, escuchame, tengo para hacerte dos preguntas. Una: ¿Si presento la demanda frente a un juez incompetente se interrumpe la prescripción?

-Sí, es el artículo 3.986 del Código Civil. -y explico mucho, mucho.

-Ahá. ¿Y qué tiene que ver esta otra ley que establece una jurisdicción distinta de la que venía siendo hasta ahora para presentar la demanda?

-Es una ley posterior. De acuerdo con un criterio de interpretación de la ley, las previsiones de una ley posterior prevalecen sobre las de la ley anterior.

-........

-¿Entendés?

-Sí -dice mi interlocutor -lo que pasa es que no me quiero ir hasta San Justo.

-Presentala donde quieras, interrumpe la prescripción igual.

-......................

-Bueno, me voy a caminar por ahí porque estoy muy deprimido, me siento muy mal. Espero que caminando se me pase.

-Bueno, chau.

viernes

Una respuesta de mamá

          Durante el año 2003 mi depresión alcanzó enormes y graves valores, impidiéndome siquiera moverme. Había dejado de dar clases para conchabarme como abogado en una empresa aventurera que montó mi tío con un estafador: a los pocos meses advertí que la firma, que se dedicaba a prestar servicios de medicina prepaga, tomaba “afiliados” para cobrarles la cuota y no otorgarle las prestaciones, sean cuales fueren las consecuencias, que nunca iban a dejar de ser el enriquecimiento de dos o tres. Si me iba, defraudaría -en el código marginal de supervivencia legitimado que a veces cultiva mi linaje- las proyecciones y aspiraciones de quienes me habían elegido para defender los intereses del grupo. Si me quedaba, en poco tiempo yo, el único abogado de la empresa, resultaría cómplice calificado del delito de quiebra fraudulenta. Me fui.

          Por los mismos días había terminado una relación de cuatro años con una mujer a la que no pude amar. Esa consciencia de hallarme negado cósmicamente para el cariño me lastimaba y me inmovilizaba.

          Me encerré en casa. Vivía de noche; escuchaba programas de radio que comenzaban a la madrugada. Cenaba a las cuatro de la mañana. Todo me había defraudado. No recibía llamados, nadie venía a visitarme. Tenía dos o tres clientes a los que les abandoné los casos. Tenía también la plena consciencia de mi inutilidad, de mi incapacidad de seducir, de mi sobrepeso, de mi pobreza.

          Un día sonó el teléfono. Era mi madre. Preguntó cómo estaba, y le contesté “muy mal”. Entonces ella respondió:


          Y bueno, Pietro, yo no puedo hacer nada.

          
          “Sí, ya sé”, casi le lloré, y ella dijo “Bueno, Pietro, chau”.

          Años después, quizás en forma crítica, una persona que también había sufrido me explicó que logró en cierto modo tolerar su desventura por el apoyo que había recibido de su familia. “A vos tendrían que haberte sacado de la soledad, llevarte a vivir con ellos por algunas semanas, ir todos juntos al psicólogo, armar toda una estructura de contención, porque si no ibas a terminar como estás ahora: con una gran necesidad afectiva muy difícil de satisfacer, y con enormes fracasos en todo lo que emprendés, ya que buscás por todas partes el afecto esencial. Además, en ese episodio, es claro que tu madre te abandonó, una vez más”.

          “Claro”, pensé, “pero dada mi historia, esa propuesta de comunión es imposible”. Y después me dije que quizás no fuera tan imposible; pero no, a poco que reflexioné me di cuenta de que el ensamblaje de esa “estructura de contención”, que fructificaba en otros devenires más sanos, era, en mi caso y en el de los que me rodeaban, realmente imposible.

martes

Un gato

Tengo un gato en el culo que simplifica el todo.
Tengo un gato en el pie, un gato en el morbo.
Tengo un gato en las uñas que me saca los mocos.
Tengo un gato en la oreja que pervierte los tonos.

Tengo un gato en la hipófisis conectado hacia el choto.
Tengo un gato en la espalda como dos tercer ojos.
Tengo un gato en el ano, un gato en el escroto.
Tengo un gato podrido fermentando en los poros.

Tuve un gato una vez que reía de noche,
un gato blanco y puro que acariciaba entonces
cuando era blanca y pura la mitad de la noche

pero ahora yace ahogado en eyaculaciones,
y donde había gatos con botas y ratones
hay un crisol de gatos que solamente cogen.

jueves

Audition

          Viste cómo soy, el destino o la Fuerza me llevan a compartir con los que no quieren que les comparta, discurrir en la lejanía, tantear al Otro para ver si está; pero nunca está y siempre es mucho que decir a nadie para escuchar.

          En este caso fue queriendo encontrarme en aquel a quien había asignado, con algún ventisco de esperanza, dotes de semejante, a través de un texto de Bukowski. Estaba con alguien que no había leído a Bukowski, y me pareció que el comienzo de Factotum representaba claramente el estilo y el contenido de toda la obra del tipo. Entonces, como haría un niño que encontró un pájaro muerto, se lo mostré con entusiasmo:


          "Llegué a Nueva Orleans con lluvia a las cinco de la madrugada. Me quedé un rato sentado en la estación de autobuses, pero la gente me deprimía, así que agarré mi maleta, salí afuera y comencé a caminar en medio de la lluvia. No sabía dónde habría una pensión, ni dónde podía estar el barrio pobre de la ciudad.

          Tenía una maleta de cartón que se estaba cayendo a pedazos. En otros tiempos había sido negra, pero la cubierta negra se había pelado y el cartón amarillo había quedado al descubierto. Había tratado de arreglarlo cubriendo el cartón con betún negro. Mientras caminaba bajo la lluvia, el betún de la maleta se iba corriendo y sin darme cuenta me iba pintando rayas negras en ambas perneras del pantalón al cambiarme la maleta de una mano a otra
".


          -¡Shhhhh! ¡Estás gritando! ¡Leé más bajo! –explotó mi interlocutor(a), con cara de criterio.

          -No estoy leyendo tan fuerte.

          -¡Sí! Se están dando vuelta todos –porque estábamos en un bar.

          -Ok, entonces no leo más.

          -No, no, leé, pero más bajo…

          -Falta que entre alguien y lo saludes con frases tipo "¡ay, no te puedo creer!".

          -No sé lo que falta, pero no grites. Podés decirme lo mismo sin gritar.


          No hizo ningún comentario del contenido de los párrafos que le había compartido. Me acordé entonces de las sobremesas horribles de mi infancia, adolecencia y primera juventud, en las que quería también compartir algo que había leído en algún lado y a nadie más que a mí le interesaba, y mientras leía tratando de obtener atención forzada mi viejo subía el volumen del televisor o decía “ssssssssssssssssssssssssssss” entrecerrando los ojos y estirando los labios, mis hermanos se levantaban de la mesa para hacer alguna cosa que todos consideraban normal y mi mamá, sabiendo que a mi padre le gustaba tomar queso de postre, le preguntaba en voz más alta: “Ricardo, ¿te llevo un poco de queso o no querés?”