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sábado

Una charla entre amigos (Fragmento) - Cositas de papá (XVIII)

     - ...yo aprendí a tocar la guitarra con unas revistitas que se llamaban "Toco y Canto".
     -Sí -dice Pietro- yo con unas que se llamaban "Cantarock".
     -Claro, las Cantarock.
     -De todos modos, mi papá no apreció este aprendizaje sin ayuda de profesores. Decía que, en realidad, me había dedicado a la guitarra por dos motivos: porque no me representaba ningún esfuerzo y para eludir mis responsabilidades como estudiante de piano, con lo cual, para él, lo que yo había "hecho" no tenía ningún mérito.
     -Ja ja -dice uno de los del grupo.
     -Fijate vos qué construcción intelectual tirada sobre un chico de 13 años -agrega Pietro, revolviendo el aire con las yemas de los dedos hacia arriba- qué "enroscado", la "vuelta" que persiguió con el fin de dañar; pero, además... ¿para qué?
     -Un psicópata - opina la esposa del amigo.
     -Un psicópata hijo de mil puta. Y la finada mi madre, en vez de defender, asentía- dice Pietro; y, poniendo la voz lo más aguda que puede: - "Sí, Pietro, tu padre tiene razón..."
     -Ja ja - dice el amigo, antes de seguir fumando, condescendiendo amablemente a la rareza del personaje que tiene enfrente, que se duele como un niño al que le han hecho comprender que el ámbito de desarrollo de sus talentos es el de su propia miseria espiritual. El éxito del psicópata radica en el hecho de que sólo la víctima se da completa y perfecta cuenta, o un profesional de la salud mental, o alguien extremadamente inteligente.
     -Ja, ja, ja - dicen todos.

lunes

Saberse imbécil

          En 1989 tenía yo veintidós años y vivía en casa de mis padres. Tenía también un tío que se casaba, y me había comprado entonces un traje nuevo para ir a la celebración. Adolecía, finalmente, de una exposición de varios lustros a la irradiación patológica de mi padre, que, al igual que la transmisión del calor por convección, me había patologizado a la distancia y operaba eficientemente sobre mi capacidad de generar mis propios episodios degradantes, de manera de quedar asegurado mi pastoreo neurótico sobre diversas y repetidas situaciones estigmatizantes que había aprendido a perpetuar, ya sin la participación visible del psicópata.

          El caso es que me había comprado un traje y decidí ver cómo me calzaba en un espejo de unos dos metros de altura y ochenta centímetros de ancho que mi padre había colocado trabajosamente en una angosta ranura que mediaba entre el placard de su habitación (de unos cuatro metros de altura) y la pared. Para extraer el espejo, que pesaría unos diez kilos, debí remover la mesa de luz del lado en que mi padre se acostaba, y girarlo sin levantarlo del piso, provocando así el roce del canto del espejo contra la alfombra de vellones pequeños y duros que mi padre había pegado él mismo diez años antes en las tres habitaciones que daban al desmedido patio principal de la casa chorizo.

          Decidí que me vería mejor en el comedor de la casa; es decir, que apoyaría el espejo sobre el piso de revestimiento de cerámica que mi padre había colocado durante la década de 1970, y lo sostendría sobre la pared que en su mitad inferior se veía revestida de madera que mi padre había ensamblado y barnizado pocos años antes; y en la superior, de un llamado "salpicrée", también ejecutado por papá, que consistía en una pintura de yeso aplicada muy esforzadamente con un peine de metal, que mi padre, quién sabe por qué (los peines de metal no significaban un gasto imprudente en el contexto de la reparación de toda la casa de más de cuatrocientos metros cuadrados) reemplazó por un tenedor.

          Así fue que tomé el espejo con el fin de llevarlo hacia el sector en que estaba iluminado. Pero, desde antes de salir de la habitación, mi padre ya había advertido la maniobra que me había propuesto. Sentado a la cabecera de la mesa, comenzó a prodigar mi inutilidad diciendo estas interjecciones:

          - Ay... ay... ay... ay... ay... ay... ay... - pausadamente, en stacattos regulares; y siempre con la vista dirigida al conjunto ineficiente que conformábamos el espejo y yo.

          - Ay... ay... ay... - continuaba mi padre, mientras yo, con visible dificultad, portaba el instrumento en el que me reflejaría, sin poder advertir dónde lo apoyaría -porque la tosquedad hacía que mi perfil quedara pegado al vidrio. Papá no se acercaba a darme ayuda; solamente, sentado, repetía:

          - Ay... ay... ay... ay... ay... - en una sucesión rítmica y premonitoria, que se aceleró

          - Ay, ay, ayayayayayay - cuando coloqué el cristal sobre la cerámica de su comedor que, como todo lo patológico de aquel entramado de relaciones súbditas y afectadas de consentimiento de sus arbitrios, respondió como si fuese una cosa animada a su deseo sin fundamento, a su necesidad incomprensible propia de su psicopatía; y entonces, a pesar de que tomé la precaución de provocar un contacto suavìsimo con los cerámicos, se rajó en una esquina y desguazó una medialuna hija de puta que, además, rayó la madera barnizada.

          - Ay... ay... ay... - continuó mi padre, para quien el espejo había dejado ya de ser un medio.

          Avergonzado, comprobé que el traje nuevo calzaba correctamente, y estúpidamente dije "sí, me queda bien", y mi padre, entre dientes, masculló "qué pelotudo", se levantó de la mesa y salió murmurando hacia el fondo de la casa.

          Años después, gracias a las sesiones infinitas que tendieron casi con victoria a remediar el daño infligido por aquel erial disfuncional, descubrí que, a pesar de conocer el temperamento del psicópata (entonces ni siquiera sospechaba la existencia de esa desviación), yo de algún modo había querido que el desastre sucediera. En aquella situación, bien podría haber encendido la luz de la habitación y apenas correr el espejo de donde estaba guardado, pero, imbécilmente, consideré que la luz se encontraba donde estaba mi padre, es decir, en el comedor, en el lugar donde procuraría nuevamente una comida dentro de algunas horas, en la cabecera de la mesa, y decidí reflejarme allí de manera tal que la imagen, despedida por Su luz, compusiera una irrealidad aunque más no fuera momentánea de la dualidad padre-hijo, en la que se evidenciara que el hijo había crecido y que el padre, con la sola expectación de la escena, aprobara sanamente esa circunstancia, la dicha de la continuidad, lo buenamente esperable, el orden natural de las cosas.

          Pero la necesidad del psicópata hallaba cauce más en la ridiculización del hijo que en la confirmación de su masculinidad. Ya conté en estas páginas su reacción cuando mis manos, que papá postulaba inútiles para cualquier tarea, me habían hecho hombre que apareció en la díada conyugal y, habiéndose contradicho la imposición de su norma, se dio la condición de posibilidad del sufrimiento del psicópata; es decir, la vulneración de sus propias reglas.

          Ese sufrimiento lo llevó a denostar o minimizar mi virilidad de muchas maneras, que iré relatando desde ahora hasta mi muerte. Una de ellas consistió, como se acaba de relatar, en vaticinar la inutilidad del traje que me identificaba como hombre, y de ahí a la inutilidad del conjunto, del hombre con traje, del hombre cabal, del hombre joven que emergía para enfrentarse sanamente al mundo. Para todo ello, se valía de la captación de mi necesidad de confirmar mi status de varón, de recibir de regreso la percepción de un otro de esas características objetivamente perceptibles que me hacían hombre y que espontáneamente dirigía al mundo. Papá, por causas que sólo sé conjeturalmente, sentía la necesidad de que yo no fuese un hombre.

          Entonces, en esta anécdota, obró del modo que se relató: prediciendo la imposibilidad de que el reflejo dirigiera su fidelidad hacia su visión patológica; y, a la vez, vaticinando, a través de la ruptura de una parte, que él y yo jamás nos reflejaríamos juntos, y que mi intención de generar la unión entre el creador y lo creado era tan endeble y ridícula como la débil entereza espiritual que él patológicamente postulaba que yo tenía.

          A la vez, yo había colaborado en ese fracaso, y así atribuí por años a mi estupidez estructural toda la escena: desde la ideación de reflejarme hasta el regreso del vidrio ya inservible al lugar en que mi padre -que sólo utilizaba el espejo del botiquín- lo guardaba, y el recoger avergonzado de los vidrios rotos sobre los cerámicos iluminados del comedor.

          Es claro que no me lo perdono, y me avergüenza tanto mi sometimiento a los designios del enfermo, en una situación tan a contramano de la realidad evidente, que a veces pienso de verdad que soy un inútil, aunque en un sentido absolutamente diverso del que predicaba el finado mi padre.

viernes

Cositas de Papá (XVII): Ahí no dice lo que yo digo que dice

          Una de las variantes a que echaba mano mi padre para denigrar mis capacidades era, ya desde niño, asegurar que en tal libro o revista que quizás yo leyera en voz alta no decía lo que yo estaba diciendo que decía, sino lo que él decía que decía. Parece gracioso, pero mediante esta estrategia natural, el psicópata, que influía también sobre el entendimiento de los demás, me arrojaba a un terreno distante del por él creado; es decir, al de la locura, que era un espacio también ideado por su cosmovisión psicopática a partir de un concepto tomado del uso normal, a saber, no patológico.

          Y como también era su uso y costumbre generar discusiones para finalizarlas en el punto en que determinaba ser vencedor, un día discurrió agresivamente conmigo acerca de una cuestión de ninguna importancia que, sin embargo, después de más de treinta años recuerdo como ejemplo de su intenso estado mórbido y del sinfín de la díada sádica que conformaba con mi madre.

          Se trató en aquella ocasión de un intercambio de ideas (que no era tal, ya que, reitero, mi padre generaba esos escenarios del mismo modo que un animal mearía sobre los límites y los puntos internos de un "territorio" irracional), acerca de la diferencia entre el "guion" de una película y su "argumento". La conversación, como tantas otras estigmatizantes, habría surgido sin causa aparente para mí, que no venía preordenado por ninguna alteración tan sustancial del aparato psíquico, más allá de las que mi padre provocaba adrede, a la luz de los objetivos inexplicables que se trazaba y de su necesidad incomprensible de muerte del primogénito, metas asombrosas que escapan al entendimiento de alguien que no es psicópata y que durante décadas -y aun en este momento- dificultaron mis posibilidades de transmisión eficiente de sus actos en sentido lacerante. Quien no conoce a los psicópatas, cree que sus actos son consecuencia de un mero temperamento, y que la misión del prójimo en relación al psicópata se reduce a su aceptación o abandono, fundado en el desnudo desacuerdo. Los pocos que saben qué cosa es un psicópata, los diferentes grados en que la psicopatía se desenvuelve y la cotidianeidad de uno de estos desviados (cuya esfera intelectiva está por demás sobredimensionada), conocerán de qué estoy hablando.

          El caso es que, en aquella mesa en que el líder nos deparaba y significaba la comida que mi madre con sobre esfuerzo ordenado por su masoquismo alternante de base nos acercaba, no sé cómo el desviado comenzó a postular en voz alta que "guion" y "argumento" eran la misma cosa. Como soy un neurótico que en aquella época funcionaba en la máquina psicopática como complementario, reaccioné casi con enojo, señalando que se trataba de conceptos diferentes. Mi padre, entonces, deseoso de que en el campo de batalla muriese alguien, en forma altanera -hábil para la acentuación de mi irritabilidad- dijo lisa y llanamente que todo lo que yo había estudiado no servía para nada, y que él, sin estar todo el día apoyando el culo en la silla, podía darse cuenta "en seguida" de una cosa tan estúpida como que "guion" y "argumento" eran la misma mierda con diferente olor.

          Empecinado en perpetuar el rol desconocido del complementario, y luego de tres o cuatro empujones injuriosos que impulsara mi padre contra mí y mi (su) plato de comida, corrí a buscar la enciclopedia de la casa, "el Monitor" de Salvat que papá había instituido como fuente de única erudición y que afirmaba haber leído por completo. Cuando llevé ambos tomos a la mesa, haciendo lugar entre los platos y las fuentes, papá comenzó a reír. Se miró con mi madre y ella se mordió el labio inferior, presentándole una mueca también de ironía pintoresca por las actitudes de quien evidentísimo era que padecía alguna cosa.

          Queriendo entonces malamente entender que la victoria me haría retomar el camino relegado por el daño, leí: "Argumento: Trama, recorrido narrativo de cualquier obra, especialmente literaria o cinematográfica..." "¿Ves?", interrumpió el monstruo, "es exactamente lo mismo".

          "No", dije yo. "¿Cómo podés decir que es exactamente lo mismo si todavía no leí la voz 'guion'?" "Es lo mismo, no hace falta", sentenció mi padre. "No hace falta que lo leas. Susana, traeme un pedazo de queso".

          "Sí, lo voy a leer, para demostrarte que no es lo mismo el guion que el argumento". Entonces tomé el libro, busqué la palabra "guion". Mi padre subió el volumen del televisor. "Esperá, escuchá lo que voy a leer", pero papá no bajó el volumen. Decidí entonces gritar, y así vociferé: "Guion: Libro en el cual se vuelcan los diálogos de los personajes de una obra teatral o cinematográfica junto con indicaciones para..." "¿Viste? Es lo mismo. Basta, dejame de romper las pelotas", y subió aun más el volumen.

          "Papá, date cuenta de que no es lo mismo. El argumento es la trama, y el guion es otra cosa: es un trabajo necesario para los que llevan a cabo una obra, para poder realizarla, tiene acotaciones, acá lo dice bien, 'una obra teatral o cinematográfica' fijate" "Ahí no dice eso" "Leélo vos, entonces". Mi padre, así, con cara de fastidio, se disponía a agarrar los dos tomos que yo le alcanzaba. "Los vas a romper", dijo mamá; "me vas a romper toda la enciclopedia, enfermo", señaló papá. Que leyó ambas definiciones en silencio y luego reprochó: "Me hacés perder el tiempo. No sabés leer. Acá dice dos cosas muy distintas de lo que vos leíste. ¿Ahora no sabés leer vos?"

          "¿Cómo que leí mal? Leí perfectamente".
     "Leíste cualquier cosa. Acabo de ver yo y dice exactamente lo que te dije al principio. Mirá", me ordenó, pero señalando el televisor. Daba entonces más importancia al programa que estaban pasando, de manera que mi incursión en la polémica se hacía más inoportuna y molesta.

          Así que me dispuse a leer en voz alta nuevamente: "Argumento: Trama, recorrido narrativo de cualquier obra... ¿ves? CUALQUIER OBRA, 'ESPECIALMENTE', pero no necesariamente la literaria o cinematográfica. 'Trama', 'trama', es una 'trama' una introducción, un nudo y un desenlace, una trama". "Ahí no dice eso. Callate y dejame mirar la televisión. Andá a poner otra vez la enciclopedia en el living que la estás ensuciando con todo lo que hay sobre la mesa, andá".

          "¡Pero cómo que no dice lo que estoy leyendo! Argumento: Trama, recorrido narrativo..." "Ya sé, ya sé lo que para vos dice ahí, pero NO dice eso ahí. 'Trama' lo estás inventando vos. Es exactamente lo mismo. Ya lo leímos con tu madre y no dice eso". "Mamá, cómo que lo leíste vos, si vos no lo leíste". "Tu madre ya lo leyó antes cuando venían los fascículos", dijo el psicópata.

          "A ver, mamá, qué diferencia hay entre argumento y guion", pregunté entonces. Pero mamá no respondió. "Dale, decime", la insté; y entonces papá a los gritos me ordenó que la dejara de molestar. Pero como yo insistiera y mi padre, tomándose la cabeza le habilitara a hablarme, a través de la frase "decile de una vez, Susana", mamá dijo:

          "Y bueno, yo pienso que si para vos dice una cosa y para tu padre dice otra, pienso que uno piensa una cosa y otro piensa otra".

          A lo que respondí: "Mamá, no se trata de interpretar. Acá a papá le parece que las palabras que leo no son las que están escritas en el tomo de la enciclopedia. No hay una cuestión de interpretación. Por ejemplo, para papá ahí no dice la palabra "trama". Dice que la inventé, que no está ahí. Leélo, por favor".

          "Mmmmm" emitía mi padre en reacción de fastidio, y mi madre entonces tomaba la enciclopedia. "¿Y? ¿Está o no está la palabra 'trama' ahí?" "¿Adónde?", preguntaba mamá. "Al lado de la palabra 'argumento'", y entonces mamá contestó "no sé", la hija de puta, "no sé, ya no veo bien, mañana tengo que ir al oculista o no sé, comprarme uno de esos anteojos, no sé".

          "Andá a guardar eso", ordenó el psicópata, "y después mañana andá a decir al colegio que por favor te enseñen a leer, porque para eso a mí me cuesta acá tu educación y la de tus hermanos".

          De más está decir que todos a partir de ese momento callaron. Desde entonces, y aun cuando la vista de mi padre comenzó a empeorar con sus cincuenta años, dio a otras personas los papeles que no lograba descrifrar; y hasta contrató a otros abogados para solucionar sus reales problemas o reclamos legales, aun habiéndome yo recibido muchos años antes de que él decidiera tomar cartas jurídicas en el asunto.

domingo

Cositas de Papá (XVI) - El perfume que lleva la posibilidad del dolor

          Limitaban el comedor de la enorme y espantosa casa de mi infancia unos muros revestidos en madera barnizada, que habían sido modificados por mi padre en otra de sus arremetidas obsesivas contra las paredes. Un día de semana, poblaron el patio de baldosas de bloquera decenas de listones de varios metros de longitud; tachos de lata inflamables que albergaban sustancias resinosas y de brillo, pinceles, herramientas desperdigadas como roedores deshonestos, una máquina de carpintero de la que emergía una sierra circular poderosísima, temible e inepta para imbéciles como yo, aserrín, cosas indeseables como ésas. Por varios días nuestros pasos -los de mamá también- molestaron en la mansión, denigrados frente a los estrépitos de martillazos, a los chillidos interminables de la madera condenada al corte, al gorgoteo del motor eléctrico cuyo cable pelado cruzaba la espesura en procura del enchufe dispuesto por mi padre; de la radio AM presente y desgastante, de las mediciones insoportables de las tiras, de las pruebas de color descerrajadas a ceño fruncido y reivindicación permanente del esfuerzo, del culto del esfuerzo, del enrostro del esfuerzo, del despliegue sádico del esfuerzo, la resignación sodomita del esfuerzo, el sueño inmóvil de la recompensa.
          Los primeros meses se nos prohibió acercarnos al entablillado. La madera nueva era el resultado del trabajo de uno solo para el goce de todos; papá se hallaría reventado de trabajar, tendríamos derecho de mostrar la casa cuando viniese alguno de esos amigos que siempre traen, etc.
          Frente a ese panorama, resultó impredecible el momento en que papá interrumpió el camino de mi madre desde la cocina hacia el baño arrojándole de punta un cuchillo que se clavó en el tendido de madera con que el psicópata había forrado trabajosamente las paredes.
          "Ay, Roberto", dijo mamá riéndose y mirándolo con aire de camarada en el deseo. Papá rió, tomó otro cuchillo y lo arrojó también frente a mamá, quien esta vez se asustó bastante, porque golpeó cerca de su cara con el mango sobre el revestimiento y cayó también de punta cerca de uno de sus pies. Abarcado de goce, nos contó que, de novios, uno de los divertimentos de la pareja había sido precisamente el de emular el número del lanzador de cuchillos del circo: mamá pegaba la espalda a una plancha de madera de su tamaño y papá le daba de cuchillazos cercanos al cuerpo. Incluso lo hacían delante de sus suegros.
          Desde entonces, y hasta que abandoné el lugar, cada tanto papá le continuó vez a vez disparando cuchillos de mesa a mamá, con la intención arbitraria de detener su marcha o de matizar una conversación desarrollada a distancia echando mano de un acontecimiento violento, repentino e imprevisto, luego del cual se instalaba la idea de que mi padre había tenido desde siempre el control completo de las situaciones, de que el riesgo que había puesto en marcha de ejecución era un riesgo querido, preconcebido, desenvuelto según sus directivas y dominado hasta las consecuencias bajo el ala de su direccionamiento tutelar, como todos los demás aspectos de la realidad.
          Algunos años después de que mamá entrara en la menopausia, una colonia de hongos atacó la madera de las paredes. En pocos días, y a través de un proceso que sufría aceleraciones impulsadas por principios aleatorios y ocultos, se fueron generando lamparones progresivos, vetas verdes y blancas, mapas de carcoma en las superficies y formas perversas desprovistas de lógica, islotes cancerosos que sin razón desaparecían y dejaban ver las dos o tres manos de pintura de la pared también padeciente que los prodigaba; y así fue que, en la expectación de la madera enferma, de sus degradaciones y desprendimentos mórbidos, del holocausto de su esencia, me estremeció una sospecha de terror que sólo viró en desánimo días después, cuando papá intervino nuevamente sobre sus paredes pegándoles más o menos geométricamente una centena de mosaicos de cerámica espantosa.

lunes

Cositas de Papá (XV): Mi vida como músico

          A mis trece años, dos después de que comenzara a estudiar piano, papá compró uno usado que ofrecían en los clasificados del Clarín. Alguna vez contaré las incursiones del psicópata en el monstruo de madera y cuerdas cuyo aroma hoy recuerdo con ramalazos de tragedia. Entonces no sabía (ahora sí) los años que estaban por venir.
          A partir de su llegada, los parientes de los domingos se sentaron a escuchar con displicencia a Pietro, un niño, de quien sin embargo exigían páginas a lo Rubinstein que jamás obtuvieron.
          Cierta vez, un tío ponderó las tres o cuatro líneas que había desgranado en el "living room", a varios kilómetros del "comedor" en que se atragantaba el resto de la familia con la estufa encendida y todas sus incapacidades y sobreabundancias. "Qué bien está tocando Pietro", dijo.
          Mi padre contestó: "Mirá, después te voy a ir a tocar yo unos tangos que sin estudiar te los saco con estos dos dedos y encima te los canto. A Pietro dejalo, Pietro solamente ejecuta la fría página del pentagrama".
          Mis parientes nada habrían respondido (quizás la abuela, "Ay, sí, Robertito, cantate algo, querido"), y yo, habiéndome días después enterado del episodio no sé cómo (mi madre, por supuesto, callaba), dejé poco a poco de tomar lecciones de piano.

jueves

Cositas de papá (XIV): Pietro mea la tabla

          Otra de las variantes de escarnecimiento activo de mi padre era, desde mi muy pequeña edad, culparme de que había meado la tabla del inodoro.

          -¿Qué mierda hacés con el pito?- decía, a la vista de todos y al oído de mis hermanos. -¿No sabés pishar como se debe? ¿Por qué carajo no levantás la tabla? ¿Por qué tu madre tiene que entrar al baño y ver la tabla meada?

          Mamá, en general, según su péndulo incesante, vegetaba como una garza en alguno de los dos extremos de su dinámica.

          Cierta vez, en casa de mi abuela, papá comenzó de buenas a primeras a postular esta coherencia lacerante, ahora para el entendimiento de su madre, diciendo que Pietro era un meador de tablas, que no sabía mear y que había que andar detrás de él para componer los desastres que dejaba en el baño, al que después tenemos que ir todos. Precisamente mientras marchaba yo a orinar a la vista de la tribuna familiar, mi padre declamó:

          -Guarda porque éste te va a mear la tabla.

          -¡Ay, Roberto! -se asombró mi abuela.

          -Sí, sí -confirmó mi padre -el tarado éste no se fija y te mea la tabla.

          -Losotros día -intervino mi madre, emergiendo del silencio de asentimiento en viaje instantáneo al otro extremo de oscilación -se agarró el pito y empezó ¡bbbb bbbbb bbbbb! -practicando mientras la mímica de agarrar una manguera, con la lengua a medio asomar, como un niño con trisomía del par veintiuno. Y continuó: -Así hacía: ¡bbbbbb, bbbbbb!, como un boludo, y después había que ir a limpiar porque quedaba todo meado.

          Tiempo después desgrané las razones de esta fijación genital de mis padres, que eclosionó cuando desarrollé mi pene y me hacían notar vez a vez el desarrollo señalándome que se me notaba el pito y que me cambiara el traje de baño por otro más holgado; o bien consignando de viva voz que tenía olor a bolitas, órganos que, como decía el psicópata frotando chapa ilusoria y mendaz de heredero natural de la decencia provincial de sus mayores, llega una edad en la que empiezan a jeder.

          Este repetido episodio de la infancia, apreciado en retrospectiva, da el peso de propia caída de la entereza espiritual de mis padres y no debiera dañar. Pero no sé por qué conservo de esa miseria el temor de mojar la tabla del inodoro cuando estoy en casa ajena, y me adjudico niveles de humillación pensando que, para el caso de que orine sobre el plástico y aunque tenga a mano algún elemento de limpieza, no podré evitar por ejemplo la diferencia apreciable de textura entre la parte que recién limpiaré y la que no resultó ofendida por las gotas ácidas de mi vergüenza. No asombra entonces el hecho de que todas las veces que entro a un baño público pienso en el privilegio de quienes sin mayores miramientos esparcen su descuido o sus libertades para que yo las vea en tributo al psicópata, a quien también legitimo -váyase a hurgar el motivo- resistiéndome siempre a levantar la tabla del inodoro, quizás para confirmar, como decía el hijo de mil putas y condescendía Mamá Susana Péndulo, que qué mierda hago con el pito, no ves que el pito te va a llevar a amar y multiplicarte, y nosotros, que somos una díada sadomasoquista irreversible y mórbida, queremos sacrificarte en el altar de nuestra patología.

sábado

Cositas de papá (XIII) - El perfume que lleva al dolor

          Durante mi adolescencia, uno de los expedientes a que echaba mano mi padre para menoscabar mi masculinidad –además de las denigraciones injuriosas explícitas- era el de señalar de viva voz y delante de mi madre y de mis hermanos que mi cuerpo despedía en todo momento olores genitales y de transpiración.

          -Cuando uno llega a cierta edad –enseñaba papá, en la mesa del almuerzo, poniendo cara de repulsión- las bolitas empiezan a jeder, ¿nocierto?, y entonces nadie tiene por qué andar oliendo; nadie tiene por qué sentarse a la mesa y comer tratando de tragar la comida con el olor a pito que vos largás. La próxima vez te vas a bañar o no sé, comés en otro lado. Porque ni tu madre ni tu hermana ni yo tenemos por qué sentarnos a la mesa con un tipo al que las pelotitas le transpiran y viene y se sienta a la mesa igual que el resto que lo tiene que oler.

          Mi madre no me defendía.

          Entonces, por varios días, se instalaba en casa el tema del olor de los genitales de Pietro, hasta que sucedía alguna otra cosa o mi padre orientaba el discurso general hacia otros tópicos. Entretanto, no era improbable que, al cruzarnos en el ampuloso patio de la casa chorizo en que vivíamos, papá murmurara onomatopeyas de repulsión al pasar junto a mí.

          Una vez, a mis más de veinte años (es decir, ya superada la pubertad), pasábamos una de esas temporadas en que la cuestión de las emanaciones testiculares se hallaba vigente, aun durante aquel fin de semana en que se celebraba no sé qué reunión en el jardín de casa. Mi padre, que influye en las ideas y opiniones de los demás y que genera adhesiones incluso cuando sus comentarios alcanzan extremos disparatados, improcedentes, desinformados y hasta directamente discriminatorios, xenófobos y racistas, algo había estado diciendo a la familia. Promediando la tarde, mi tía, condicionada por la retórica del psicópata, no quiso expedirse sobre mi olor a pelotas (que era tema del líder); pero sí advirtió a los demás que ese día yo tenía olor en el pelo, y que la prueba de la seriedad de su enunciación consistía en que poseía una enorme capacidad olfativa ("a mí no me digas que no, porque yo tengo la nariz muy afilada"). Recuerdo la cara de mi padre en un rictus retorcido que encontraba consenso en los demás; y la pregunta de mamá acerca de si no me había lavado el pelo cuando me bañé, durante el postre excesivo de la platea familiar.

          La paradoja de esta impronta de hediondez se daba precisamente cuando mi padre advertía que, haciendo caso de su propuesta de saneamiento aromático, yo había utilizado en consecuencia algún perfume, para no oler mal. Entonces el discurso viraba hacia el lado de mi torpeza, de mi camino desordenado bajo el signo de la inmadurez despreciable en el ámbito de los que saben hacer; y así también lanzaba monosílabos terminados en j, evidenciando que el perfume que me había puesto era excesivo, y también preguntas retóricas del tipo qué hiciste con el frasco, ¿te lo vaciaste encima?.

          Aún hoy compro aerosoles de desodorante del tamaño más grande, y luego de bañarme o antes de salir de casa me aplico mucha cantidad en las axilas, en el pecho, en el abdomen y en toda la espalda. Para el cuello, detrás de las orejas, las mejillas y las muñecas, utilizo lociones. Mi perfume favorito es el Polo Clásico, pero temo que la combinación con el mucho desodorante que ya viene llevando mi torso genere una entremezcla finalmente nauseabunda, o que el perfume intenso resulte molesto para los demás, y a esa divagación la consuelo convencido de que en solamente pocos minutos cualquier exceso se compensará con las supuraciones inmundas de mis bolas o de alguna otra parte de mi cuerpo, porque sigo siendo así, sigo despidiendo olores que los demás no tienen por qué soportar.

martes

Cositas de papá (XII) - Idi i smotri

          Cuando mi opinión sobre cualquier tema comenzaba a tomar cuerpo y a evidenciar alguna coherencia, de forma tal que la suya quedaría rendida en el campo de la razón, mi padre echaba mano de algún insulto solapado que sólo tenía por finalidad minar mi voluntad. El más común era el siguiente:

Vos no sé qué hablás, si sos el más débil de la familia.

          Y continuaba explicando con verba de tipo de barrio avezado: "Acá tus hermanos todos demuestran que pueden ganarse la vida de alguna manera. Vos sos un inútil con las manos y lo único que sabés hacer es sacarle el polvo a los libros. Tené cuidado con lo que decís, porque el día que te coman los piojos vamos a tener que salir a ayudarte yo, tu madre y tus hermanos".

          Con ese tenor de respuestas, mi padre aventaba toda posibilidad de "perder la discusión" -como le gustaba ponderar de dos que intercambian ideas-, a la vez que me enseñaba mis imposibilidades e incapacidad, que sólo existía en su criterio y en el de los que encontraban en él un líder carismático que protegía sus pequeñeces.

          Solamente yo veía absurda esa respuesta que, como un acto de locura, aparecía repentina y dictaminante en la mesa, y se esparcía con la autoridad del tirano en el entendimiento de los demás, quienes, en silencio, a la vez de aceptar y gratificarse, asignaban imaginariamente roles en ese ámbito insano en el que viví más de treinta años.

          Es cierto que esas respuestas me fueron dadas desde muy niño, y que finalmente hoy de verdad me comen los piojos, porque estoy quebrado y la mayor parte de mis ahorros -la venta de mi casa- se la lleva mi psicóloga. Y es cierto también que estos hijos de puta siguen ganando.

          Me consuelo pensando que es seguro que se van a morir, pero también me angustio cuando alcanzo la certeza de que para entonces tendré setenta o setenta y cinco años, y que me quedarán cinco o seis para disfrutar de una vida que ha ido tan a contramano de mi complexión y mi entereza psíquica que hasta me da a pensar que alguien debería venir y matarlos a propósito. No yo, porque no voy a seguir desgraciándome con la cárcel; ni tampoco, por lo mismo, nadie que yo mande; pero sí alguien de ésos que aparecen aleatoriamente: un ladrón, algún otro hijo de puta, un violador de viejas, un psicópata gravísimo, un iletrado drogadicto.

          Es una fantasía que tengo: que alguien los mate queriendo matarlos, que una vuelta de la casualidad les haga ver por última vez la autocracia del más fuerte de la manera más contundente. Como esa otra en la que imagino que le destrozo la casa al hijo de mil puta de mi padre, rompiéndole los vidrios, tirando abajo las estanterías y esos "modulares" de mierda de los setenta en los que le gusta acumular vajilla barata y pelotudeces de ferretería, moliendo a palos los televisores, quemando las camas, reventando a fierrazos los inodoros en los que no me dejaban cagar ni masturbarme y llenando de mi propia sangre las puertas y las paredes; y al finalizar la tarea tomar al cerdo de los pelos o de la mandíbula (arrastrarlo tomando lo incisivos del maxilar inferior) y decirle: "Mirá este paisaje: así dejaste mi cabeza, la reputísima madre que te recontra re mil re parió. Así me dejaste la cabeza, hijo de puta".

          Pero a no desesperar, que sabemos que el neurótico planea lo que sólo el perverso ejecuta.

viernes

Cositas de papá (XI): La noche del 20 de junio de 1981

          La noche del 20 de junio de 1981 vi mi primera película "prohibida para menores de 14 años". Gobernaba el país el General Videla; entonces, pretender la entrada a pocos días de cumplir la edad reglamentaria era una aventura que me provocaba miedo. Mi amigo Fabiolo, que se cansó por décadas de enseñarme la vida sin que yo la aprendiera, me instaba a no ser boludo, a que si me pedían los documentos se los mostrara y listo. Fuimos a la función de trasnoche y apenas se vio una teta por pocos segundos: como un anuncio de lo por venir, esa primera vez no significó nada.

          A no ser porque, al día siguiente, al hurgar en el cajón de la ropa interior antes de ir a bañarme, encontré que mi madre había dejado un calzoncillo muy sucio entre los limpios: el que me había quitado la noche anterior, antes de ir al cine. El calzoncillo era blanco y estaba manchado con muchas vetas de caca. En silencio y atiborrado de vergüenza, lo tomé y lo lavé en la ducha. Desde ese día, la efectividad del método del psicópata hizo que, cada vez que marchara a bañarme, fregara también el calzoncillo que había usado durante el día, hasta pasados los 30 años, cuando pude comprarme un lavarropas propio. Papá, en cambio, continuó dejando los suyos usados, secos y en el estado en que estuvieran, en la pileta del lavadero.

          Días después de ese episodio, discutí con mi hermano, quien me mandó a que aprendiera a limpiarme el culo.

          Cuando mi padre lo amonestó ordenándole que se callara la boca, comprendí que todos sabían todo.

Funcionamiento empático de una pareja sadomasoquista - Para un ensayo sobre la ilusión trascendental

          Entre mis recuerdos más ocultables, encontré este poema en francés mal escrito con lo muy poco que había aprendido en el secundario estatal:

Papa prenait la chaussure de maman
et il se mit à rire
et maman se mit aussi à rire
mais en tenant un peu
de la peur,
parce qu'elle savait papa commencerait à se gratter la plante
dans ce jeu cette fois avec pas de sang
et alors oui, les démangeaisons
serait insupportables.

Papá tomaba un zapato de mamá
y se echaba a reír
y mamá reía también
pero sintiendo un poco
de miedo,
porque sabía que papá comenzaría a rascar la suela
en ese juego  esta vez sin sangre
y entonces sí, la picazón
sería insoportable.

domingo

Cositas de Papá (X) - Potencia de daño

          Uno de los insultos más comunes que me dirigía mi progenitor biológico -titiritero del grupo enfermo y títere de su psicopatía- era la enunciación de una paradoja que, sin embargo, cumplía con toda eficacia su intención de estigmatizar. Frente a cualquier intercambio de ideas en el que yo sostuviera una posición contraria a sus afirmaciones o negaciones -posición que aun provendría de mi percepción infantil-, papá sentenciaba:

Mirá, tu madre es una santa, pero vos sos un hijo de puta.

          Verdad evidente que no hallaba punto de discusión ni controversia, y de la cual no se podía salir, como ciertamente y durante décadas no pude.

          Mamá, claro, no decía nada.

viernes

Cositas de papá (IX) - Un lugar menos por culpa de éste

          Tuve una vez una novia cuyos padres habían recibido de sus abuelos una antigua ferretería de barrio, que habían inaugurado en 1913 y que era muy conocida por albañiles, electricistas y vecinas de varias cuadras alrededor. En el momento en que comencé mi relación, al negocio seguía hacia el fondo una casa chorizo en la que habían vivido incontables familias por más de ocho décadas y ahora se hallaba poco menos que en ruinas, con cuartos en los que se apilaban trastos cubiertos de lo que se te ocurra y de los que entraban y salían seres vivos. La familia estaba compuesta por la pareja y tres hijas: una hermosa, una gorda agresiva y fea y otra hermosa. Por suerte mi relación se había entablado con una de las dos hermosas...

          ...que había tenido un novio que se llamaba igual que yo y que vivía en la casa lindera, y cuya hermana era la mejor amiga de Marta, tal el nombre ficticio que se me ocurre ponerle a la chica. Cuando Martita mi novia me decía "Pietrilín", se me venía que seguramente el sobrenombre lo habría utilizado ya ad nauseam para designar en presencia y en ausencia a Pietro, el que la había hecho mujer unos años antes, con el que se iba a casar, el protagonista de la fiesta de compromiso y acuerdo entre los padres para ver quién pagaba la fiesta y quién el viaje de bodas. Un día el otro Pietro, que era un drogadicto rockero bebedor empático que se levantaba minas a rolete porque tenía una banda de blues y era lindo y le chupaba un huevo todo, le dijo "Marta, mirá, vos sos una mina como para poner en el freezer ahora y sacarte el día que me quiera casar. Pero el mientras tanto no me lo banco; a mí me gusta la música, ir a ver a River y acostarme con quien se me dé la gana, y vos estás más para vivir adentro de una casa, tener hijos y esas cosas; así que sos muy buena, pero no salimos más". Martita estuvo a punto de suicidarse (me confesó que se había puesto la punta del cuchillo abajo de una teta); y en el limbo en que quedó dilucidando la cuestión de cómo hacer para seguir viviendo sin Pietro aparecí yo, que justo me llamaba Pietro, pero era bueno y sensible; no como Pietro, que era un buen tipo y lo seguía queriendo y quería que todo se solucionara en su vida, pero que para ella no se iba a corregir nunca y de hecho cada vez que entro a la casa lo veo con unos amigotes que no me gustan nada y casi todas las veces llega borracho y yo comento con Laura la hermana: "a tu hermano un día la va a pasar algo". Los padres de Pietro tenían mucha plata y los padres de Marta, él de Pompeya y ella de Floresta, vieron decaer el sueño de la fortuna compartida no bien el borrachete -al que también seguían queriendo- dejó de saltar la tapia que dividía las casas desde la terraza.

          Puede imaginarse la cantidad de tormentas desatadas en la relación, por decir algo que entiendan todos. ¿A quién le decía "Pietro" Martita? Yo salía de su casa y la dejaba hablando en la azotea con Laurita que le comentaba que, mientras yo daba clases de matemática de sol a sol, Radio Gadorcha cien punto dos estaba organizando un recital al aire libre en Parque Centenario en el que tocaría entre otras la "Pene Blues Band" -la banda de Pietro- y que sería buenísimo que vengas, Marta, traélo a Pietro. "Y.. no sé si va a querer ir...". "Claro", contestaba la otra. A la madre no le gustaba la relación de Martita conmigo, que era un profesorzucho de barrio. El padre de Pietro había cagado a la empresa donde trabajaba y con la guita del desfalco se había puesto una inmobiliaria de lo más garca en pleno Parque Avellaneda; con el boom de precios de los noventa engordó y se fue para arriba: el palacete de Pietro contrastaba alegremente con la vetustez de la planta neo-colonial de Martita, pero Laura y también Pietro apreciaban el esfuerzo de la familia entera, que, con sus limitaciones y dificultades, nunca les hacían faltar nada a las tres hermanas e incluso ayudaban a las partes de la familia que vivían en Floresta y en Pompeya con lo que podían.

          Pero yo no toleraba la duplicación insana de los Pietros, que Martita se hubiese entregado así como así a Pietro el desviado moral, que Pietro maestro fuese menos que Pietro banda de blues, que la camisa Qristian Dios de Pietro contrastara con la Armani real de Pietro, que el insuficiente amor por Martita de Pietro fuese mejor valorado que el inmenso amor por Martita de Pietro; que "Pietro 1 y Pietro 2" y "Ay, no le digas 'Pietro 2' a Pietro" y así. Yo le lloraba a Martita, a la que no le importaba; hasta le llegué a prohibir que viera a Laurita -en vez de irme como un hombre a decantar mi amor en la arena, pero estaba atado: mis años de falta de afecto me condicionaban horriblemente, como lo siguieron haciendo hasta el día en que escribo estas líneas que me salen chabacanas y tontas como el papel de confesión de un salame de secundario-, le dije "mirá, Martita: si me querés, no sé qué hacés viendo a Pietro en la casa de él cada vez que vas a ver a Laurita... ¿o en realidad no vas a ver a Laurita y lo vas a ver a él, inconscientemente?" Al principio, Martita lloraba, pero un día me dijo:


Me tenés cansada.


          y de ahí en más todo se empezó a podrir. La invité a todos lados; hasta alquilé una vez un chalet en Villa Gesell para que estuviéramos juntos por quince días del mes de enero de mil novecientos noventai..., pero los mismos días fue también Pietro y por todo Gesell él y los Borrachos del Tablón pegaron afiches de la Pene Blues Band y a Martita le entraron ganas de ir al recital, no para ver a Pietro, sino porque me gusta la música que hacen, y además sigo siendo amiga de todos los músicos, y capaz que va también Laurita, que dijo que iba a venir. Y también viajaban desde Buenos Aires "Santino" y "Cuca", tal las formas de pila como se comunicaba con el padre y la madre de Pietro rocanrol, tuteándolos, además ("Cómo te va, Santino, ¿no estaría Lau?"). Dale, amor, vamos...

          El final, como siempre: yo le dije no aguanto más; ella me dijo yo tampoco; entonces qué hacemos; lo mejor es separarse aunque nos cueste; creo que tenemos que ser fuertes y adultos y tomar una decisión; entonces tomémosla; y bueno; un beso largo con lágrimas y un mes después quiero verte, qué te parece si volvemos, démonos tiempo, empecemos de nuevo pero tranqui y estuve hablando con Laurita, dice que es una locura y yo al principio pensé que estaba celosa pero después pensándolo digo tiene razón y Pietro sos una persona maravillosa pero nosotros ya tuvimos nuestro tiempo y quizás nos tocó estar juntos por algo que ni vos ni yo sabemos y en realidad te quiero pero no te amo; bajate no te quiero ver nunca más, y una mirada de cómo puede ser que te lo estoy diciendo bien y vos me hacés bajar y bueno, chau si vos lo querés así, igualmente es así, qué querés escuchar, seguramente otra cosa, seguramente lo que vos querés que yo te diga porque sos un soberbio, igual te deseo lo mejor. De ahí en más bajé 16 kilos y pocas veces pude volver a amar.

          Años después, cada vez que se reunía la familia, mi padre solía comentar cerca de mí, pero hablando con algún otro pariente: "La ferretería de Martita es una ferretería de las que ya no hay... ¿viste esas ferreterías viejas, con el mostrador de madera lustrada, los estantes de madera oscura; esas ferreterías en las que no podés pasar de la cantidad de cosas que hay... Atienden los dos: la mamá de Martita y el padre, que es el que más sabe del negocio. Lo que le pedís, el tipo tiene. Yo el otro día necesitaba para una radio vieja escuchá, ESCUCHÁ, SONIA... callate, Susana, Sonia, prestame atención y después seguís pelotudeando... ¿te acordás la radio a válvula que yo había traído una vez que tenía Horacio el que vivía adelante cuando éramos chicos? Resulta que me la pasé como 15 años arreglándola, pero me faltaba una válvula... ¿sabés dónde conseguí la válvula? Te estoy hablando no de ahora, sino de cuando murió Martincito que en paz descanse. En la ferretería de Marta, la quera novia déste. Una reliquia..." "Ah, mirá vos", decía la tía Sonia, antes de meterse en la boca un tenedor de ensalada rusa con lechuga.

          Entonces mi padre, que había mantenido la atención de los dos o tres que lo escuchaban desde antes, se lamentaba en voz más baja: "Decí que es una lástima que se haya perdido ese lugar", y yo me hacía el que no escuchaba.

jueves

Cositas de papá (VIII) - Mira quién vino a cenar

          Otra de las formas que aplicaba mi padre para rebajar mi dignidad era insultar de algún modo a mis amigos. Hay casos terribles que alguna vez contaré, pero hay también otros más sutiles que los espíritus sanos no están llamados a recordar, y respecto de los cuales son, por lo demás, inmunes. Mi padre solía ponerme de ejemplo esa circunstancia: si nadie recordaba sus acciones y a nadie dañaban, era porque resultaban inocuas, y sólo a un enfermo como yo podían impresionarle de modo dañoso. Yo las recuerdo porque él me enfermó.

          Como la vez que me reuní en la casa chorizo con unos camaradas a jugar a las cartas. Más allá de la prohibición de “hacer ruido” a las nueve de la noche o de la sugerencia de que “no anden pasando todo el día para el baño porque acá mañana se trabaja” (“hoy” era viernes), sucedió una pequeña desgracia que, aunque episodio común para cualquiera e imposible por sí de generar culpas, disparó el mecanismo de insidias que mi padre llevaba como herramienta concedida por su dolencia psíquica al fin de remanir uno de sus objetos mórbidos –en el caso, yo-. Fue que alguien de mis invitados ensució el piso cerámico con alguna deposición de perro de las que hay por ahí.

          “Qué olor”, vociferó mi viejo apenas llegó el grupo y por respeto se corrió hasta el comedor a saludarlo. “Por qué no se fijan si alguien…” Yo –entonces no sabía por qué, y ahora lo sé- comencé a sentir culpa y a querer con mucha adrenalina que todos tuvieran sus suelas limpias.

          “Ay… me parece que fui yo”, dijo Bob, el mayor, que además de culto y amigo era homosexual. “Permiso, permítame por favor pasar al baño que lo soluciono”.

          “Sí, pase, por ahí” –dijo papá, mirándome con reproche, y al tratar de usted al invitado reflejaba su disconformidad con mi realidad de abrochar amistades de cualquier sexo, orientación y franja etaria.

          Inmediatamente, mi padre lanzó una onomatopeya propia de quien se ve compelido a tolerar un estímulo insoportable fuera de todo derecho, seguida de la del asco (“pfffffffff, ajjjjjjj”). “Vamo a tener que limpiar, a ver, correte”, me dijo, y salió pomposamente a buscar la escoba, el repasador, el trapo de piso, un balde, una pala de basura y un frasco de desodorizador de ambientes.

          Comenzó a fregar con ímpetu, en pijama, a pedir que también se corrieran los seis o siete que venían a la partida porque en el lugar que estaban molestaban o podrían continuar tocando la caca y la esparcirían por toda la casa. Mientras mi padre baldeaba ellos hablaban de otra cosa, esplendores que jamás me atañirían. Papá fingía desorientación histriónica, no saber con claridad adónde estaba el foco del olor, demostraba ostensiblemente los perjuicios de la invasión que impone recomponer las cosas a su estado anterior, modificado por mi desidia, por mi imprudencia, por mi gran negligencia de proyectarme a través de mis amigos. Tiró un baldazo de agua que salpicó a dos de los chicos. Yo tenía la certeza de que Bob desde el baño escuchaba realmente lo que estaba pasando.

          -Esperá, papá, no es para tanto… Nos pasa a cualquiera. Además, escuchame, se va a ofender… Bob es un buen tipo, tiene cuarenta y pico de años, es arquitecto, respetá aunque sea la investidura, es medalla de oro…

          -¡Sí, pero pisa mierda! –contestó mi viejo casi gritando y con cara de repulsión, una mueca de indignación que patentizaba el canon general de la indignación del hombre de criterio, como si siguiera oliendo, como si estuviese teniendo que sufrir indebidamente la profesión habitual de alguien que se sólo dedica a pisar mierda y que en ese momento viene a romperle las pelotas, a SU casa.

          Algunos de los del grupo se rieron, porque, sanos ellos mentalmente, sólo podían apreciar las exageraciones de mi padre como una gracia que les dirigiera. No podrían jamás concebir el hecho de que, a través de ese episodio en apariencia inofensivo, mi padre remarcaba que también yo compartía la naturaleza de la gaffe de mi compañero, y que la prueba más evidente de ello era que el que mejor podía representar al conjunto de mis amigos, el medalla de oro, no alcanzaba en lo más mínimo a redimir mi condición, dado que los semejantes tienden a unirse y yo me había unido al pisamierda en razón de amistad. En esa influida visión, yo solamente servía para juntarme con la mierda, como palmariamente quedaba demostrado, y a la mierda hay que barrerla y tirarla de inmediato, como tendría que hacerlo con vos que ya sos lo suficientemente grande como para irte de esta casa y dejar de hinchar las pelotas.

domingo

Cositas de papá (VII) - Si tu mano te traiciona, córtala

          Cada vez que, por imposición de mi padre, tomaba yo alguna herramienta o intentaba realizar alguna labor, papá proclamaba en voz muy alta que yo era un inútil con las manos. Mientras desarrollaba el trabajo (clavar, hacer un nudo, escarbar la tierra, desenroscar un tornillo), se ubicaba a mi lado y emitía locuciones del tipo “no, no, no, no, no, no…” o preguntas retóricas de notoria altisonancia y gesto de indignación: “¿así lo estás haciendo?”; y finalizaba invariablemente “dejá, dejá, dame, dame, dame”, y como yo no se la diera: “¡dame!”; y cuando le entregaba la herramienta: “andá, andate: si no vas a colaborar, no molestés, haceme ese favor”. Más tarde, generalizaba en sentido estigmatizante que "A éste no se le puede encomendar ninguna tarea".

          Esta forma de descrédito entró en crisis con mis primeras masturbaciones, que comenzaron en abril de 1980. Mi padre no las toleraba. Cuando entraba al baño y tardaba más de lo que él había dictado aleatoriamente como tiempo prudente, se dedicaba con empeño a repetir invocaciones intensas de aparente vindicta doméstica: “Qué falta de criterio” o “¿Qué carajo está haciendo en el baño? ¿Qué carajo está haciendo? Está la madre, están los hermanos… Andá a ver qué está haciendo”; yo entonces me apuraba para acabar, y salía del cuarto de baño con mucha vergüenza, dejando por ahí la revista que me había llevado.

          En aquella época de execración no lo sabía, pero era claro que mis manos, que en la visión del monstruo no servían para nada, se hallaban sin embargo creando un nuevo hombre en aquel espacio total, y patentizando con eficiencia incontestable una “aparición” indeseada, que echaba por tierra el universo de palabras reverenciado en aquel grupo enfermo. Entonces el psicópata, incomodado mórbidamente por los hechos imparables del mundo de las cosas, impotente frente a la evidencia de mi fructificación, reaccionaba del modo que se contó; es decir, impidiendo al hombre, y para ello contaba tanto con las aristas conductuales de su dolencia, como con la aquiescencia silenciosa de los demás, especialmente de mi madre.

sábado

Cositas de papá (VI) - Bienaventurados los grandes de espíritu

          A principios de 2007 salía yo de mi período de internación en Balcarce, un pueblo a 400 km de Buenos Aires. Había padecido una neumonía intensa –la noche del 18 de febrero respiré la mitad de lo que debía-; mis padres, que veraneaban en Mar del Plata, todos los días se costeaban los 64 km que separan ambas ciudades para visitar la sala de terapia intensiva. Durante el período de convalecencia en el hospital de la ciudad, papá fue muy amable y sus palabras, junto con el cariño de muchos que también me visitaron y la dedicada atención de los enfermeros y médicos, contribuyeron a la curación.

          Ya en Buenos Aires, papá organizó un asado en la casa chorizo, al que concurrieron los parientes más cercanos, ese círculo de protección interna, escudo universal que en una familia no patológica debiera garantizar la indemnidad de sus miembros. Antes de que la carne estuviese lista, charlé con mi hermano –que a la sazón, habiéndose buscado un tiempito para venir, se paseaba por las instalaciones bajo la categoría de vida hecha, habida cuenta de la tenencia de su esposa, sus dos hijos, su casa, su negocio y su automóvil- charlé, como digo, algunos temas medio universales de ésos que a la clase media le gusta. No recuerdo el asunto principal, pero sí que una de sus respuestas fue: “Yo actué así porque la grandeza te hace actuar así. Ahí se ve la grandeza”.

          Le respondí que su conducta podía ser calificada de cualquier manera; quizás sí, un observador externo habría consentido en adjudicarle a la manera de conducirse que había recreado en la anécdota el valor que él le asignaba; pero que, en verdad, dudaba que la acción personal que ornamentaba su pomposo relato hubiese sido “grande”. Le propuse dos pruebas de mi duda: la primera consistía en que lo “grande” es “grande” en relación a lo “pequeño” y no hay discusión de ello en el mundo de las cosas; pero que, tratándose la “grandeza” de una virtud que sólo atañe a las personas, el que es “grande” no puede saberlo, pues no puede considerar “pequeño” a nadie, ya que la “grandeza” impone ciertamente mirar al Otro en tanto “semejante”, es decir, a “semejanza” de uno mismo, y no en desmedro o inferior jerarquía; en definitiva: quien viene dotado del don de la “grandeza” ignora que es “grande” moralmente, porque su propia “grandeza” le impone ver al otro sólo como “igual”; y por tal razón, de su particular conducción por la vida nada más podría predicar que obra “bien”.

          La segunda, que daba por borda con cualquier otra argumentación, estribaba en el hecho de que el beneficio personal que se adjudicaba le ocluía la posibilidad de predicar que había sido “grande” en sentido moral, porque alguien que cuenta con la virtud de la “grandeza” también viene dotado de otras cualidades que vienen unidas o resultan abarcadas o subsumidas por ella, como son la modestia, la prudencia, la templanza y el pudor. Le dije que en aquel momento no estaba siendo modesto –pues se hallaba laureando una actitud propia y asignándole los mayores reconocimientos morales-; que tampoco era prudente al hablar así -porque su enorme conclusión no devenía de una meditada actitud contemplativa, sino de una ocurrencia de conversación que sólo tenía por fin magnificar aparentes loas de su propia persona, y que, de hecho, yo estaba rebatiéndolas, es decir, poniéndolas en peligro-; que de ningún modo la descripción que él realizaba de sus dotes tenía que ver con la templanza –pues quien se califica “grande” moralmente frente a una tribuna de más de diez personas que seguían más o menos la charla, al menos diferencia dos extremos de conductas, y se coloca rabiosamente y sin más reflexión en uno de esos extremos, despreciando el justo medio-; y que, por último, siquiera por pudor debería haber dejado que fueran otros quienes alabaran sus perfiles destacables, y no exponerlos él mismo como banderas de su buen saber, sin más resultados a la vista que sus hijos correteando por ahí y el hecho de ejercer en general una vida correcta, quizás mancillada sólo por la misma leve delincuencia inofensiva que toda la clase media practica en la ciudad (evasión de impuestos, hurtos de poca monta, injurias poco calificadas, excesos en la legítima defensa, falsedad ideológica de documentos privados y públicos, abusos leves de firmas en blanco, ínfimos desbaratamientos de derechos acordados, incumplimientos contractuales poco lesivos, dolos domésticos, garronerías por descuido, retenciones indebidas, estafas más o menos trascendentes, excesos de velocidad, violación de semáforos en rojo, conducción con carnet vencido, conexión de más bocas de teléfono que las declaradas a la empresa, robo de señal de televisión por cable, estacionamiento indebido; discriminaciones cotidianas fundadas en cuestiones de raza, color, sexo, nacionalidad o elección sexual; contratación de trabajadores “en negro”, realización de actividades lucrativas sin título o habilitación, robo de señales de tránsito o de placas identificatorias de calles o automóviles, realización de pequeñas obras caseras sin permiso municipal, violaciones al estatuto del servicio doméstico, etc.).

          Mi hermano ensayó solamente una de las respuestas limitadas con que cuenta el estamento: “noooooo, estás muy equivocado”, como si en fracciones de segundo hubiera meditado las razones que le exponía; pero mi padre –que ya se había retirado a buscar una mesa para colocar en el jardín no bien yo comencé a replicar la enorme propuesta- sí tuvo oportunidad de emitir su veredicto. Lo escuché unos minutos después, mientras cargaba con mi madre una muy pesada tabla correspondiente a una mesa descomunal que guardaba para las ocasiones numerosas. No sé qué le habrá comentado ella, pero el psicópata, quizás ya molesto por el hecho de haber organizado un asado para el hijo que lo negaba, y habiéndome asesinado mucho antes de la neumonía, le contestaba:


-Sé, pero al final éstos hablan, hablan y no hacen un carajo nunca.


          No se refería a mi hermano y a mí, sino sólo a mí. Mi padre nunca apreció mi facilidad de palabra más que para denostarme, haciéndome saber en muchísimas oportunidades que mi “labia” no era más que verborragia de tipo que tiene la panza llena –en el caso, llena gracias a él-, de cagatintas de oficina, de vago que habla y no hace nunca nada, culo sentado, esas cosas.

          “Éstos”, como le estaba diciendo a mi vieja, era la categoría en que mi padre me embolsaba, ahora que me encontraba sano y ya no tenía por qué andar dándome indulgencias, como la que me había concedido los días de Balcarce, mientras me moría.

          Finalmente, se avino a las palabras de mi hermano, considerando “grandeza” sus conductas narradas y vocinglería mis razones esgrimidas.

          Mi madre continuó cargando con papá la tabla pesadísima –yo no podía hacer esfuerzos todavía- y no dijo nada. En esos estoicismos y renunciamientos también emergía la postura masoquista del vínculo sádico que había decidido perpetuar con papá, el hacedor de sus infelicidades más deliciosas.

jueves

Cositas de papá (V) - The final countdown

          Mi padre hacía llorar a mi madre por diversión. Cuando lo decidía, iniciaba un juego erótico de una sencillez espantosa y de una correspondencia temible. Papá se acercaba a mamá y le decía: "A ver, Susana: Uno... Dos... ¡Tres!" y castañeteaba los dedos.

          Entonces mi madre parpadeaba y lloraba, así, por la mera fuerza del predominio moral. Mi papá, al ver las primeras lágrimas, reía con sonoridad lúgubre e instaba a los demás a festejar el fenómeno. Mientras todos (¡Dios mío, yo también!) celebrábamos el episodio, mamá miraba a su humillador de reojo y le dirigía una sonrisa masoquista de complacencia.

          Otra manera que tenía mi padre de hacer llorar en forma instantánea a mamá era diciéndole "huevo frito". La locución, en apariencia inofensiva, detonaba en ella el recuerdo de sus días de infancia, cuando eran muy pobres y no le prodigaban cariño y cada vez que tenía hambre mi abuela le hacía un sánguche de huevo frito, porque otra cosa no había o porque la estúpida no podía pensar en darle otra cosa, según la calificación de mi padre.

          Entonces, ahí también, mamá parpadeaba, dejaba salir unas lágrimas y luego, exhibiéndolas a su deseado flagelador, sonreía.

miércoles

Cositas de papá (IV) - Apología del comportamiento canino

          En la casa espuria en la que vivíamos había un perro roñoso que ensuciaba lo que estaba limpio, dejaba podrir lo que tenía que comer, comía comida podrida y miraba con cara de extraviado cualquier fenómeno del mundo exterior. Creo que fue mi vieja la que lo bautizó "Pucho", con esa creatividad bajisonante tan suya, reflejo de la reducida dignidad de cocoliche de vodevil que se cultivaba en las esquinas intrascendentes del Barrio Cafferata en el que sin mayor cariño se desarrolló su niñez y su primera adolescencia. Después de los quince años conoció a mi padre y ahí se terminó todo: los carnavales de papel de envolver manzanas, los beneficios relativos nacidos del totalitarismo peronista, las muñecas obreras, la tradición familiar de moneda de 25, las glorias de la primaria, todo, los comentarios del verdulero, todo. Pero algo se ve que le quedó y como para demostrar algún gracejo de cosa simple le puso "Pucho" al perro, con sólo sustento en la misma sonoridad grotesca de la palabra, en el despropósito voluntario que al patentizar el grotesco lo despeja de ridículo y lo convierte en fetiche compartido, no sé por qué, quizás porque por esos años en que yo había terminado el secundario mi padre ya había comenzado a pergeñar su discurso infame y descalificador acerca de que lo que verdaderamente interesaba era las cosas simples de la vida, y entonces ponerle "Pucho" a un perro y sonreír con los dientes agujereados como mi madre resultaba un seguimiento a pies juntillas del determinismo de mi padre, y ella así tan contenta, con su vergüenza disminuida por el discurso unicista de mi viejo y un "qué me importa" también sonriente y vergonzoso frente a cualquiera que, en pleno uso del sentido común, denostara el despropósito que no necesitaba luz del día para fulgurar.

          El caso es que esta mierda de animal venía dotado de una hiperkinesia enfermiza, de un olor inmundo, de costumbres de cagar en cualquier lado, de erecciones asquerosas, de capacidades de ladridos interminables y al pedo, de uñas que desenvolvían conciertos repugnantes contra la cerámica del piso de clase media con ganas de pertenecer, de saliva esparcida por ahí. Yo daba clases particulares, como ya conté en otro artículo, y una vez el perro de mierda éste le meó el chango a la mamá de un alumno. Cuando le conté, molesto, esa circunstancia a mi padre, me contestó: "Y bueno, no la tené que hacer tan larga con la mamá de lo alumno", llevando a lumpen su dicción para enaltecerla respecto de lo que él entendía ínfulas de M' hijo el dotor; es decir, mi triste actividad de profesor de barrio.

          Mi enemistad con el perro tuvo entonces su correlato en el afecto que mi padre comenzó a sentir por "Pucho", a quien le componía cancioncitas simples que todos menos yo repetían. Cada tanto, mi padre, delante de mi vieja y de mis hermanos -que permanecían todos callados- permitía que el perro apoyara sus dos patas delanteras sobre la mesa; entonces le daba un pedazo de pan o de queso y me decía: "Mirá, aprendé, es más agradecido que vos, mirá cómo lambe la mano que le da de comer". Yo empezaba a contestar; entonces mi viejo me insonorizaba desgañitando alguna de las dos o tres coplas que le había compuesto al perro. Mamá sonreía, igual que mi viejo, que con estiramiento de labios de satisfacción consumada lo acariciaba mientras el animal lo miraba de costado. "Vaya, vaya", le ordenaba. El perro quería más bocados, pero mi padre le ordenaba "¡No!", y volvía a reír; y así el perro interpretaba que esa risa significaba algún exequátur y se abalanzaba contra la mole sentada; parecía que reía y mi viejo entonces se reía él en agudo para acompañar la risa aparente del perro que él hacía real uuujujuju ju ju juuu, y sostenía otro pedazo de queso a cinco centímetros de la altura máxima a la que Pucho llegaba con sus saltos y Pucho saltaba una, dos, cinco, siete veces y entonces mi padre concedía aun sin haberse levantado de la silla una indulgencia de Borgia moderno que tranquilizaba al animal como a un niño y a mí me exasperaba, en especial por la necesidad de mi padre de que alguien lo necesitara tanto, por el precio de lo que desde afuera parecía cariño.

          "Vo lo que tené que hacer es hacer como Pucho, que cuando no le gusta algo se queda piola hasta que después alguien viene y le da de comer", me decía también. No romper las pelotas, como cuando el perro, que no sabía discutir, se iba por ahí a sufrir como mejor podía. Esas cosas me sugería mi padre, mientras yo trataba de finalizar mi carrera de 14 años en la Facultad de Derecho, que él encontraba adecuada a mi suprema vocación de cagatintas, algo similar -como una vez me expresó con extrema claridad- a la mediocridad de esos tipos que tienen como norte y modelo de regocijo completo el pasarle escobillas a los libros y ponerlos nuevamente en los estantes, boludos que no sirven para una mierda, según su aplaudida calificación.

          Otra vez yo estaba muy triste porque me había peleado con una mina. Por supuesto que no le comenté nada, pero uno de los rasgos más notorios de la psicopatía es el de advertir el problema del otro y trabajar sobre él para obtener algún provecho mórbido, como podría ser la simple convalidación de que uno se siente bien y el otro se siente mal, y de ese desnivel pasar a la superioridad moral de ese uno sobre ese otro. Después de cenar, hizo subir las dos patas delanteras de Pucho sobre la mesa y, acariciándolo, me aconsejó: "Vo lo que tené que hacer es lo mismo que hace el animal: buscarte una perra". El perro lo miraba después de que mi papá terminaba de hablar, seguramente para ver si le llegaba algún bocado de algo. Pero como en ese grupo patológico las cosas eran como las decía mi padre, y éste ante la mirada del perro contestaba "¿No cierto? ¿no cierto que hay que buscarse una perra?", mi madre y mis hermanos parecían estar asistiendo a un diálogo real entre mi padre y su dominado, cuya inferioridad potenciaba la mía y la colocaba aun más abajo, al quedar ostensiblemente evidente que ese acuerdo entre la fuente de la verdad y el ente irracional se refería a cuestiones que yo no había sabido resolver -qué hacer frente a un desamor-, y que entre ellos, quedaba sumamente claro y determinado, frente a mi imposibilidad de hallar una solución sensata al conflicto.

          Yo a Pucho le decía "perro" o "perro de mierda". Por ejemplo, si estaba estudiando Criminología o Derecho Constitucional en el jardín y el perro me pisoteaba los papeles, yo le gritaba "salí, perro de mierda". Entonces venía mi padre y, señalándome en tren de amonestación, me advertía "tratá bien al perro, eh". "Pero papá, me acaba de pisotear todos los pap..." "Tratá bien al perro, que es mejor que vos el perro". Y lo llamaba y le cantaba su canción.

          Finalmente, un día mi hermana quedó embarazada de su jefe. Yo, por supuesto, puse el grito en el cielo. A mi padre se le figuró que la noticia era "una bendición", y dejó de darle bola a Pucho. Mi hermana tuvo mellizos (se casó al tercer mes de gestación por iglesia, sin estar bautizada), y cuando cumplieron dos o tres años el animal no soportó más la indiferencia que todos comenzaron a practicarle, porque, manifestándole mi padre indiferencia, todos le fueron también indiferentes. Así, una tarde, mientras los mellizos jugaban a los gritos, el perro dio unos cinco o seis resoplidos de celos, giró sobre sí unas tres veces tratando de encontrar el aire que le faltaba, se tumbó y se levantó, dio como cinco resoplidos más, se volvió a tumbar, se volvió a levantar y finalmente cayó con la lengua afuera y muchas burbujas de saliva, temblando hasta que lo agarró mi papá, lo llevó al jardín, lo apoyó sobre el caminito de laja y lo acarició, como cuando le regalaba queso después de la cena de los hombres. En ese momento, Pucho, como reconociendo el Origen y el Final, dio un último temblequeo y se quedó para siempre inmóvil, con la lengua todavía y hasta el final de los tiempos afuera, como un ahorcado que desde muerto quiere demostrar que está muerto por culpa de alguien.

          Entonces me agarró una desazón por ese tiempo incomprensible, una identificación también mórbida, una piedad sin medida, un sentimiento de extrema solidaridad que me condujo horas después a querer consultar a un sacerdote para que me tranquilizara respecto del lugar de los perros en la Creación y su destino ultraterreno, si lo había. Se me representaban los quejidos del animal que eran reflejo de sus intentos por ingresar infructuosamente el mismo aire que años antes lo había enaltecido y ahora lo espaciaba del privilegio de los mellizos amados, de los mellizos en cuyo porvenir, y no en el del perro, comenzó a cifrarse el desahogo del ocio enfermo de mi padre, el denuedo masoquista de mi madre, los sueños de ama de casa primeriza de mi hermana, los celos de mi hermano que sólo pudieron aplacarse con el nacimiento de su primera hija. El recuerdo del perro enredándose sobre su propio eje me figuraba el ovillo vertiginoso de la casa enorme en la que se había cimentado mi angustia primaria, y yo mismo continuaba ovillándome como un guisado de malos ingredientes que en las vueltas de cucharón machucado buscara refluir alguna cosa de buena mesa, extraer virtud de donde no la hay, revolver en la mierda.

          Los dos, Pucho y yo, nos ensimismamos mórbidamente en el juego de la oca de entrecasa que edificaba con notoria patología psíquica mi padre, quien establecía penalidades y recompensas relativas por sólo caer en la casilla que él ocupaba, o en la que él había determinado que no había que caer. Mi padre tiraba los dados, o lo que es peor: nosotros tirábamos los dados, pero él decía cuánto sacábamos, y así podíamos tener un seis o un uno según su antojo, la vida o la muerte según su antojo, según su antojo de mierda, según su antojo repleto de comida que mi madre sonriendo servía y que mis hermanos loaban creyendo que sacaban seis cada vez que el discurso de muerte de mi padre construía con voz de león que teníamos una casa hermosa, una madre hacendosa que nos alimentaba aun sin merecerlo, un futuro venturoso construido a fuerza de sacrificio y agotamiento y hasta un perro juguetón, una mascota que otros no podrían disfrutar, porque nosotros vivíamos en una casa y los demás vivían en departamentos oscuros y cerrados, donde no se podía ser feliz como teníamos la obligación de ser, en especial vos, Pietro, que sos el más desagradecido de todos.

jueves

Cositas de papá (III) - El hombre lobo

          Hoy vi una película recién estrenada, bastante mala, que se llama El hombre lobo. La historia del tipo que sufre licantropía. En esta ocasión, el padre del monstruo también se transformaba con la luna llena, y había matado al otro hijo porque no quería que se lo llevara la novia. También asesinó a la madre del muchacho. Para cerrar las referencias freudianas, la única persona que podía matar al hombre lobo debía ser una mujer que lo amara -es decir, la única mujer con la que el hombre no tenía permitido ser hombre-.

          Bueno, igual no era ésta la última alusión a la Psicología tradicional. En una escena que obviamente pasará desapercibida entre quienes agoten las plateas de este film espantoso, coinciden el padre, el hijo y la luna llena; es decir: ambos se transforman en hombre lobo al mismo tiempo y en el mismo lugar. El padre, como hacía mi padre, a medida que se iba transformando iba basureando al hijo: terminan peleando para ver cuál de los dos es más "hombre lobo" y, como la naturaleza es sabia, gana el hijo, la generación que se queda frente a la que se va. La madre no estaba, porque como ya conté, la había matado el que ahora moría.

          Algo parecido pasó en la casa en que perdí mi infancia, mi adolescencia y mi primera juventud. Mi padre blandía por lo menos una vez cada dos o tres meses el discurso de que yo era el más débil de todos mis hermanos, que no estaba preparado para ganarme la vida, que lo único que hacía era hablar y pedir. Así porque sí, sin nada que lo causara lógicamente, como cuando el personaje que hasta el momento amaba, reía, opinaba y se enojaba, de pronto empezaba a transformarse en un monstruo que desguazaba a todo el que se le acercara. Mi padre decía que yo era un inútil, y que ninguna de mis razones y ninguno de mis actos le "llegaban a los tobillos". Recibía de mala manera mis argumentos de defensa, y, en vez del gruñido temible, era bastante recurrente en la onomatopeya del asco (¡aajjjjj!) cuando alguna buena combinación de palabras me colocaba en la posición del cagatintas que habla y no hace un carajo.

          Igual que la madre de la película, mi madre tampoco hablaba durante estas basureadas; y del mismo modo que en la historia, al protagonista le hacía mal que ella estuviera tan muerta, en especial cuando el monstruo se volvía contra la vida con el argumento de que era suya.

sábado

Historias breves. Hoy presentamos: Yo pagaré

          Como algunos saben, una vez casi me muero de neumonía. Estaba en el campo de una persona que conocía, me agarró fiebre; viste cómo son los ricos, mientras me moqueaba una me dijo: "Ay Pietro, no puedo creer cómo no te integrás". Yo le contesté: "Gordi, no puedo más"; y ella me señaló que "Vos, Pietro, siempre andás con algún problema". Esperé cinco días y cuando uno de los que estaba ahí pasando el verano con nosotros tuvo que volver al pueblo, le pedí que me llevara, porque hacía todo ese tiempo que la temperatura no me bajaba de treinta y ocho grados y además escupía un moco verde muy viscoso que me hacía llegar tarde a comer, todas las veces.

          Me dije: "A la noche me quedo en un hotel; previamente voy al hospital, me medican y a la mañana veo cómo me vuelvo". Pagué la habitación y le pedí al de la conserjería si no podía llamar un taxi. Se largó una lluvia descomunal; el taxi tardó 40 minutos. Viajamos por calles inundadas, por suerte todas de asfalto, hasta llegar a la guardia del Hospital Interzonal, a la sazón desocupada por causa del diluvio, a las 00:00 del sábado 17 de febrero de 2007.

          -¿Vos para qué estás? -me preguntó el que atendía, ignorando que nunca lo había sabido contestar.

          -Y... quiero saber qué tengo –dije, con una entonación que resulta imposible transferir al papel.

          -Pasá -y entonces era la primera vez que entraba a un consultorio en veinte años. El último había sido el de la colimba. Tuc tuc, tuc tuc en la espalda, a ver respirá, tos cof cof tos tos, a ver esperá vos no sos de acá no de Buenos Aires ah Buenos Aires éste me da una inyección de algo letal cuántos años tenés, 39 a qué te dedicás soy empleado judicial de allá, ah, sos juez vendría a ser, no juez ojalá, bueno, te vamos a dar algo para bajar la fiebre pero aguantá que venga el médico doctor a ver fíjesé, hay que llamar a Mabelita, llamala a la casa que venga ya a sacar urgente una radiografía quedate acá.

          -Dónde estás parando.

          -En el hotel Las Cachas.

          -Tenés un pulmón velado -que después me enteré que significaba que en la radiografía salía blanco, porque el moco de infección sale blanco- y una parte importante del otro también. ¿No tenés problemas para respirar?

          -Sí...

          -Bué -le dijo al enfermero -lo pasamos al primer piso, ¿eh? dale 50 miligramos de Pelotonina, pedile a Rivello, y ponele un tubo de oxígeno, fijate si hay bigotera o si no dejalo con máscara pero cada dos horas cambiáselá. ¿Vos tenés obra social?

          -Sí, la del Poder Judicial.

          -Bueno, pasale los datos a Margarita y después acá El Vasco te va a llevar hasta la sala general, te vas a tener que quedar porque con un pulmón y medio velado no podés ir ni a la esquina, menos al hotel.

          -Bueno, muchas gracias... -le di la mano y no lo volví a ver.

          Así que llamé al hotel desde el hospital y después llamé a mi hermana, que tenía que salir a la mañana siguiente para la Costa. No llamé a mi padre porque desde la Navidad del 2005 no hablábamos en virtud de que me había sugerido, luego de un intercambio de ideas, que no pisara más su casa. Mi pretensión era que mi hermana me pasara a buscar y yo desde la Costa me tomaba algo para Buenos Aires, todo bajo mi responsabilidad, porque desde el pueblo en el que estaba hasta las tres y media de la tarde no había micro para la Mierda del Plata. Llamé también a un pariente de los que estaban en el campo y le pedí si no me podía traer el bolso del hotel, ya que no me dejaban salir.

          La primera noche no pude dormir porque "El Vasco" se olvidó de cerrar la puerta y toda la noche me pegó la lamparita pelada del techo del pasillo que precedía a la habitación. Además, una vieja de la pieza de al lado se la pasó gritando "¡Policía, policía! ¡Me tienen encerrada! ¡Policía! ¡Hijos de puta son, hijos de puta!". Yo tosía y escupía una viscosidad del color de las hojas de un árbol cualquiera en plena primavera, y que tenía la misma carnosidad. A las seis de la mañana, una enfermera exhortaba a una señora internada: "Movete, madre, que tené' olor a cola, querida, dale madre".

          El caso es que, a la día siguiente, infelices con la radiografía de las 12 de la noche, debí tomarme otra, la de las 8 de la mañana. Me bajaron en silla de ruedas, y en un lugar prohibido al paso del público estaban mi padre y mi madre, después de catorce meses de no hablarme; se habían venido desde Mar del Plata porque mi hermana, que todo lo delega, los había llamado.

          Para hacerla corta -un día voy a contar los pormenores de ese período claramente místico-, al día siguiente ya estaba en terapia intensiva, con el 50% de la capacidad pulmonar y mi padre ordenándole a los médicos qué era lo que tenían que hacer. Un doctor oriundo de Mechongué le aclaró la noche del 18 de febrero que "vamos a tratar de no ponerlo en respirador por las infecciones que le pueden agarrar, pero no sé si pasa la noche". Por suerte, no vi a nadie llorando.

          Todos los días mi padre iba y venía de Mar del Plata, en donde tiene un departamento. Llegaba al hospital unas horas antes del tiempo de visita (media hora, de 13 a 13:30), hacía tiempo en algún lugar hasta las siete de la tarde, inicio del segundo turno de media hora de permiso. Negociaba con los médicos y enfermeros un ratito más, me daba ánimo. Mamá compraba cosas en las tiendas de por ahí: calzoncillos, un pijama, remeras, jabón, maquinitas de afeitar, chocolates que no podía comer, un espejito de Feng Shui para rechazar la mala suerte que colgué en el perchero ese donde se pone el suero. Mi viejo se acercaba, me preguntaba cómo me había ido. Convenció a los médicos para que me enviaran una psicóloga a la camilla, porque Pietro era un chico que siempre tuvo problemas psicológicos. La psicóloga anotó en la historia clínica que tenía cuestiones con mi padre y que no era casual que mi enfermedad se tradujera en una cuyo síntoma fuera la sensación de no poder respirar. A las ocho, volvía para Mardel.

          Yo hablaba como suspirando, del mismo modo que lo haría un tipo que tiene un pulmón y medio hecho mierda. A medida que pasaban los días, gracias a la parva de jeringas que debía tragarme desde que estaba conectado a una máquina que avisaba con pitidos cada 45 minutos, iba recuperando zonas de los pulmones; en una semana y media me dieron el alta. Mi padre empeñó sus días de vacaciones en hacerse cientos de kilómetros hasta el hospital y darme ánimo para continuar. En nuestras charlas le conté que iba a renunciar al trabajo porque había un juez de rasgos psicopáticos que me basureaba. Él me dijo que estaba muy bien, que yo era un chico muy capaz, que no sabía lo que hacía en ese lugar de gente que no sirve para nada, que yo estaba para algo más que ser un simple empleado y que la mejor decisión que podía tomar era ponerme un estudio.

          El 28 de febrero volvimos a casa. Papá no quiso que estuviera solo y me ofreció alguna habitación de su mansión para que me quedara allí hasta que me curara. Esa misma tarde, yaciendo yo en mi lecho de enfermo y con el fin de alentarme en mi nueva empresa de abrir el estudio jurídico, me dio lo que sería mi primer caso luego de la salvación de la muerte, con todos los augurios de éxito para alguien inteligente, capaz y talentoso como yo: seis pagarés de trescientos pesos cada uno que debían ejecutarse en un Barrio La Esperanza de Hurlingham, cuyas garantías eran un contrato de prenda preimpreso sin firma ni fecha y un boleto de compraventa de una casilla en un asentamiento de emergencia suscripto por una mujer con la que el firmante no estaba casado; los documentos estaban librados en una dirección que no era la del deudor, sino un almacén sin habilitación en el que él trabajaba, en una vereda cuyas casas tenían la numeración que los dueños o inquilinos le querían dar o directamente carecían de chapa, letrero o pintada catastral y se alternaban aleatoriamente los números pares y los impares; los oficiales de justicia apenas alcanzaron muchos meses después a notificarle la demanda luego de que le juráramos al juez que el tipo vivía ahí y que de última se la dieran a cualquiera que la agarre; apareció un abogado amigo que nos llamaba para decirnos que el hombre no se sabía adónde estaba –no fue nunca más al almacén- ni tenía bienes ni otro trabajo y que a él también le debía plata; dos años más tarde ganamos el juicio, pero la sentencia jamás se pudo ejecutar porque no había qué ni a quién ni adónde y casi tampoco había cuánto, pero eso los dos lo sabíamos desde el vamos, en especial él.