sábado
Una charla entre amigos (Fragmento) - Cositas de papá (XVIII)
lunes
Saberse imbécil
viernes
Cositas de Papá (XVII): Ahí no dice lo que yo digo que dice
domingo
Cositas de Papá (XVI) - El perfume que lleva la posibilidad del dolor
lunes
Cositas de Papá (XV): Mi vida como músico
jueves
Cositas de papá (XIV): Pietro mea la tabla
Cierta vez, en casa de mi abuela, papá comenzó de buenas a primeras a postular esta coherencia lacerante, ahora para el entendimiento de su madre, diciendo que Pietro era un meador de tablas, que no sabía mear y que había que andar detrás de él para componer los desastres que dejaba en el baño, al que después tenemos que ir todos. Precisamente mientras marchaba yo a orinar a la vista de la tribuna familiar, mi padre declamó:
sábado
Cositas de papá (XIII) - El perfume que lleva al dolor
martes
Cositas de papá (XII) - Idi i smotri
Pero a no desesperar, que sabemos que el neurótico planea lo que sólo el perverso ejecuta.
viernes
Cositas de papá (XI): La noche del 20 de junio de 1981
Funcionamiento empático de una pareja sadomasoquista - Para un ensayo sobre la ilusión trascendental
domingo
Cositas de Papá (X) - Potencia de daño
viernes
Cositas de papá (IX) - Un lugar menos por culpa de éste
jueves
Cositas de papá (VIII) - Mira quién vino a cenar
Otra de las formas que aplicaba mi padre para rebajar mi dignidad era insultar de algún modo a mis amigos. Hay casos terribles que alguna vez contaré, pero hay también otros más sutiles que los espíritus sanos no están llamados a recordar, y respecto de los cuales son, por lo demás, inmunes. Mi padre solía ponerme de ejemplo esa circunstancia: si nadie recordaba sus acciones y a nadie dañaban, era porque resultaban inocuas, y sólo a un enfermo como yo podían impresionarle de modo dañoso. Yo las recuerdo porque él me enfermó.
Como la vez que me reuní en la casa chorizo con unos camaradas a jugar a las cartas. Más allá de la prohibición de “hacer ruido” a las nueve de la noche o de la sugerencia de que “no anden pasando todo el día para el baño porque acá mañana se trabaja” (“hoy” era viernes), sucedió una pequeña desgracia que, aunque episodio común para cualquiera e imposible por sí de generar culpas, disparó el mecanismo de insidias que mi padre llevaba como herramienta concedida por su dolencia psíquica al fin de remanir uno de sus objetos mórbidos –en el caso, yo-. Fue que alguien de mis invitados ensució el piso cerámico con alguna deposición de perro de las que hay por ahí.
“Qué olor”, vociferó mi viejo apenas llegó el grupo y por respeto se corrió hasta el comedor a saludarlo. “Por qué no se fijan si alguien…” Yo –entonces no sabía por qué, y ahora lo sé- comencé a sentir culpa y a querer con mucha adrenalina que todos tuvieran sus suelas limpias.
“Ay… me parece que fui yo”, dijo Bob, el mayor, que además de culto y amigo era homosexual. “Permiso, permítame por favor pasar al baño que lo soluciono”.
“Sí, pase, por ahí” –dijo papá, mirándome con reproche, y al tratar de usted al invitado reflejaba su disconformidad con mi realidad de abrochar amistades de cualquier sexo, orientación y franja etaria.
Inmediatamente, mi padre lanzó una onomatopeya propia de quien se ve compelido a tolerar un estímulo insoportable fuera de todo derecho, seguida de la del asco (“pfffffffff, ajjjjjjj”). “Vamo a tener que limpiar, a ver, correte”, me dijo, y salió pomposamente a buscar la escoba, el repasador, el trapo de piso, un balde, una pala de basura y un frasco de desodorizador de ambientes.
Comenzó a fregar con ímpetu, en pijama, a pedir que también se corrieran los seis o siete que venían a la partida porque en el lugar que estaban molestaban o podrían continuar tocando la caca y la esparcirían por toda la casa. Mientras mi padre baldeaba ellos hablaban de otra cosa, esplendores que jamás me atañirían. Papá fingía desorientación histriónica, no saber con claridad adónde estaba el foco del olor, demostraba ostensiblemente los perjuicios de la invasión que impone recomponer las cosas a su estado anterior, modificado por mi desidia, por mi imprudencia, por mi gran negligencia de proyectarme a través de mis amigos. Tiró un baldazo de agua que salpicó a dos de los chicos. Yo tenía la certeza de que Bob desde el baño escuchaba realmente lo que estaba pasando.
-Esperá, papá, no es para tanto… Nos pasa a cualquiera. Además, escuchame, se va a ofender… Bob es un buen tipo, tiene cuarenta y pico de años, es arquitecto, respetá aunque sea la investidura, es medalla de oro…
-¡Sí, pero pisa mierda! –contestó mi viejo casi gritando y con cara de repulsión, una mueca de indignación que patentizaba el canon general de la indignación del hombre de criterio, como si siguiera oliendo, como si estuviese teniendo que sufrir indebidamente la profesión habitual de alguien que se sólo dedica a pisar mierda y que en ese momento viene a romperle las pelotas, a SU casa.
Algunos de los del grupo se rieron, porque, sanos ellos mentalmente, sólo podían apreciar las exageraciones de mi padre como una gracia que les dirigiera. No podrían jamás concebir el hecho de que, a través de ese episodio en apariencia inofensivo, mi padre remarcaba que también yo compartía la naturaleza de la gaffe de mi compañero, y que la prueba más evidente de ello era que el que mejor podía representar al conjunto de mis amigos, el medalla de oro, no alcanzaba en lo más mínimo a redimir mi condición, dado que los semejantes tienden a unirse y yo me había unido al pisamierda en razón de amistad. En esa influida visión, yo solamente servía para juntarme con la mierda, como palmariamente quedaba demostrado, y a la mierda hay que barrerla y tirarla de inmediato, como tendría que hacerlo con vos que ya sos lo suficientemente grande como para irte de esta casa y dejar de hinchar las pelotas.
domingo
Cositas de papá (VII) - Si tu mano te traiciona, córtala
Cada vez que, por imposición de mi padre, tomaba yo alguna herramienta o intentaba realizar alguna labor, papá proclamaba en voz muy alta que yo era un inútil con las manos. Mientras desarrollaba el trabajo (clavar, hacer un nudo, escarbar la tierra, desenroscar un tornillo), se ubicaba a mi lado y emitía locuciones del tipo “no, no, no, no, no, no…” o preguntas retóricas de notoria altisonancia y gesto de indignación: “¿así lo estás haciendo?”; y finalizaba invariablemente “dejá, dejá, dame, dame, dame”, y como yo no se la diera: “¡dame!”; y cuando le entregaba la herramienta: “andá, andate: si no vas a colaborar, no molestés, haceme ese favor”. Más tarde, generalizaba en sentido estigmatizante que "A éste no se le puede encomendar ninguna tarea".
Esta forma de descrédito entró en crisis con mis primeras masturbaciones, que comenzaron en abril de 1980. Mi padre no las toleraba. Cuando entraba al baño y tardaba más de lo que él había dictado aleatoriamente como tiempo prudente, se dedicaba con empeño a repetir invocaciones intensas de aparente vindicta doméstica: “Qué falta de criterio” o “¿Qué carajo está haciendo en el baño? ¿Qué carajo está haciendo? Está la madre, están los hermanos… Andá a ver qué está haciendo”; yo entonces me apuraba para acabar, y salía del cuarto de baño con mucha vergüenza, dejando por ahí la revista que me había llevado.
En aquella época de execración no lo sabía, pero era claro que mis manos, que en la visión del monstruo no servían para nada, se hallaban sin embargo creando un nuevo hombre en aquel espacio total, y patentizando con eficiencia incontestable una “aparición” indeseada, que echaba por tierra el universo de palabras reverenciado en aquel grupo enfermo. Entonces el psicópata, incomodado mórbidamente por los hechos imparables del mundo de las cosas, impotente frente a la evidencia de mi fructificación, reaccionaba del modo que se contó; es decir, impidiendo al hombre, y para ello contaba tanto con las aristas conductuales de su dolencia, como con la aquiescencia silenciosa de los demás, especialmente de mi madre.
sábado
Cositas de papá (VI) - Bienaventurados los grandes de espíritu
A principios de 2007 salía yo de mi período de internación en Balcarce, un pueblo a 400 km de Buenos Aires. Había padecido una neumonía intensa –la noche del 18 de febrero respiré la mitad de lo que debía-; mis padres, que veraneaban en Mar del Plata, todos los días se costeaban los 64 km que separan ambas ciudades para visitar la sala de terapia intensiva. Durante el período de convalecencia en el hospital de la ciudad, papá fue muy amable y sus palabras, junto con el cariño de muchos que también me visitaron y la dedicada atención de los enfermeros y médicos, contribuyeron a la curación.
Ya en Buenos Aires, papá organizó un asado en la casa chorizo, al que concurrieron los parientes más cercanos, ese círculo de protección interna, escudo universal que en una familia no patológica debiera garantizar la indemnidad de sus miembros. Antes de que la carne estuviese lista, charlé con mi hermano –que a la sazón, habiéndose buscado un tiempito para venir, se paseaba por las instalaciones bajo la categoría de vida hecha, habida cuenta de la tenencia de su esposa, sus dos hijos, su casa, su negocio y su automóvil- charlé, como digo, algunos temas medio universales de ésos que a la clase media le gusta. No recuerdo el asunto principal, pero sí que una de sus respuestas fue: “Yo actué así porque la grandeza te hace actuar así. Ahí se ve la grandeza”.
Le respondí que su conducta podía ser calificada de cualquier manera; quizás sí, un observador externo habría consentido en adjudicarle a la manera de conducirse que había recreado en la anécdota el valor que él le asignaba; pero que, en verdad, dudaba que la acción personal que ornamentaba su pomposo relato hubiese sido “grande”. Le propuse dos pruebas de mi duda: la primera consistía en que lo “grande” es “grande” en relación a lo “pequeño” y no hay discusión de ello en el mundo de las cosas; pero que, tratándose la “grandeza” de una virtud que sólo atañe a las personas, el que es “grande” no puede saberlo, pues no puede considerar “pequeño” a nadie, ya que la “grandeza” impone ciertamente mirar al Otro en tanto “semejante”, es decir, a “semejanza” de uno mismo, y no en desmedro o inferior jerarquía; en definitiva: quien viene dotado del don de la “grandeza” ignora que es “grande” moralmente, porque su propia “grandeza” le impone ver al otro sólo como “igual”; y por tal razón, de su particular conducción por la vida nada más podría predicar que obra “bien”.
La segunda, que daba por borda con cualquier otra argumentación, estribaba en el hecho de que el beneficio personal que se adjudicaba le ocluía la posibilidad de predicar que había sido “grande” en sentido moral, porque alguien que cuenta con la virtud de la “grandeza” también viene dotado de otras cualidades que vienen unidas o resultan abarcadas o subsumidas por ella, como son la modestia, la prudencia, la templanza y el pudor. Le dije que en aquel momento no estaba siendo modesto –pues se hallaba laureando una actitud propia y asignándole los mayores reconocimientos morales-; que tampoco era prudente al hablar así -porque su enorme conclusión no devenía de una meditada actitud contemplativa, sino de una ocurrencia de conversación que sólo tenía por fin magnificar aparentes loas de su propia persona, y que, de hecho, yo estaba rebatiéndolas, es decir, poniéndolas en peligro-; que de ningún modo la descripción que él realizaba de sus dotes tenía que ver con la templanza –pues quien se califica “grande” moralmente frente a una tribuna de más de diez personas que seguían más o menos la charla, al menos diferencia dos extremos de conductas, y se coloca rabiosamente y sin más reflexión en uno de esos extremos, despreciando el justo medio-; y que, por último, siquiera por pudor debería haber dejado que fueran otros quienes alabaran sus perfiles destacables, y no exponerlos él mismo como banderas de su buen saber, sin más resultados a la vista que sus hijos correteando por ahí y el hecho de ejercer en general una vida correcta, quizás mancillada sólo por la misma leve delincuencia inofensiva que toda la clase media practica en la ciudad (evasión de impuestos, hurtos de poca monta, injurias poco calificadas, excesos en la legítima defensa, falsedad ideológica de documentos privados y públicos, abusos leves de firmas en blanco, ínfimos desbaratamientos de derechos acordados, incumplimientos contractuales poco lesivos, dolos domésticos, garronerías por descuido, retenciones indebidas, estafas más o menos trascendentes, excesos de velocidad, violación de semáforos en rojo, conducción con carnet vencido, conexión de más bocas de teléfono que las declaradas a la empresa, robo de señal de televisión por cable, estacionamiento indebido; discriminaciones cotidianas fundadas en cuestiones de raza, color, sexo, nacionalidad o elección sexual; contratación de trabajadores “en negro”, realización de actividades lucrativas sin título o habilitación, robo de señales de tránsito o de placas identificatorias de calles o automóviles, realización de pequeñas obras caseras sin permiso municipal, violaciones al estatuto del servicio doméstico, etc.).
Mi hermano ensayó solamente una de las respuestas limitadas con que cuenta el estamento: “noooooo, estás muy equivocado”, como si en fracciones de segundo hubiera meditado las razones que le exponía; pero mi padre –que ya se había retirado a buscar una mesa para colocar en el jardín no bien yo comencé a replicar la enorme propuesta- sí tuvo oportunidad de emitir su veredicto. Lo escuché unos minutos después, mientras cargaba con mi madre una muy pesada tabla correspondiente a una mesa descomunal que guardaba para las ocasiones numerosas. No sé qué le habrá comentado ella, pero el psicópata, quizás ya molesto por el hecho de haber organizado un asado para el hijo que lo negaba, y habiéndome asesinado mucho antes de la neumonía, le contestaba:
No se refería a mi hermano y a mí, sino sólo a mí. Mi padre nunca apreció mi facilidad de palabra más que para denostarme, haciéndome saber en muchísimas oportunidades que mi “labia” no era más que verborragia de tipo que tiene la panza llena –en el caso, llena gracias a él-, de cagatintas de oficina, de vago que habla y no hace nunca nada, culo sentado, esas cosas.
“Éstos”, como le estaba diciendo a mi vieja, era la categoría en que mi padre me embolsaba, ahora que me encontraba sano y ya no tenía por qué andar dándome indulgencias, como la que me había concedido los días de Balcarce, mientras me moría.
Finalmente, se avino a las palabras de mi hermano, considerando “grandeza” sus conductas narradas y vocinglería mis razones esgrimidas.
Mi madre continuó cargando con papá la tabla pesadísima –yo no podía hacer esfuerzos todavía- y no dijo nada. En esos estoicismos y renunciamientos también emergía la postura masoquista del vínculo sádico que había decidido perpetuar con papá, el hacedor de sus infelicidades más deliciosas.
jueves
Cositas de papá (V) - The final countdown
Entonces, ahí también, mamá parpadeaba, dejaba salir unas lágrimas y luego, exhibiéndolas a su deseado flagelador, sonreía.
miércoles
Cositas de papá (IV) - Apología del comportamiento canino
jueves
Cositas de papá (III) - El hombre lobo
sábado
Historias breves. Hoy presentamos: Yo pagaré
Como algunos saben, una vez casi me muero de neumonía. Estaba en el campo de una persona que conocía, me agarró fiebre; viste cómo son los ricos, mientras me moqueaba una me dijo: "Ay Pietro, no puedo creer cómo no te integrás". Yo le contesté: "Gordi, no puedo más"; y ella me señaló que "Vos, Pietro, siempre andás con algún problema". Esperé cinco días y cuando uno de los que estaba ahí pasando el verano con nosotros tuvo que volver al pueblo, le pedí que me llevara, porque hacía todo ese tiempo que la temperatura no me bajaba de treinta y ocho grados y además escupía un moco verde muy viscoso que me hacía llegar tarde a comer, todas las veces.
Me dije: "A la noche me quedo en un hotel; previamente voy al hospital, me medican y a la mañana veo cómo me vuelvo". Pagué la habitación y le pedí al de la conserjería si no podía llamar un taxi. Se largó una lluvia descomunal; el taxi tardó 40 minutos. Viajamos por calles inundadas, por suerte todas de asfalto, hasta llegar a la guardia del Hospital Interzonal, a la sazón desocupada por causa del diluvio, a las 00:00 del sábado 17 de febrero de 2007.
-¿Vos para qué estás? -me preguntó el que atendía, ignorando que nunca lo había sabido contestar.
-Y... quiero saber qué tengo –dije, con una entonación que resulta imposible transferir al papel.
-Pasá -y entonces era la primera vez que entraba a un consultorio en veinte años. El último había sido el de la colimba. Tuc tuc, tuc tuc en la espalda, a ver respirá, tos cof cof tos tos, a ver esperá vos no sos de acá no de Buenos Aires ah Buenos Aires éste me da una inyección de algo letal cuántos años tenés, 39 a qué te dedicás soy empleado judicial de allá, ah, sos juez vendría a ser, no juez ojalá, bueno, te vamos a dar algo para bajar la fiebre pero aguantá que venga el médico doctor a ver fíjesé, hay que llamar a Mabelita, llamala a la casa que venga ya a sacar urgente una radiografía quedate acá.
-Dónde estás parando.
-En el hotel Las Cachas.
-Tenés un pulmón velado -que después me enteré que significaba que en la radiografía salía blanco, porque el moco de infección sale blanco- y una parte importante del otro también. ¿No tenés problemas para respirar?
-Sí...
-Bué -le dijo al enfermero -lo pasamos al primer piso, ¿eh? dale 50 miligramos de Pelotonina, pedile a Rivello, y ponele un tubo de oxígeno, fijate si hay bigotera o si no dejalo con máscara pero cada dos horas cambiáselá. ¿Vos tenés obra social?
-Sí, la del Poder Judicial.
-Bueno, pasale los datos a Margarita y después acá El Vasco te va a llevar hasta la sala general, te vas a tener que quedar porque con un pulmón y medio velado no podés ir ni a la esquina, menos al hotel.
-Bueno, muchas gracias... -le di la mano y no lo volví a ver.
Así que llamé al hotel desde el hospital y después llamé a mi hermana, que tenía que salir a la mañana siguiente para la Costa. No llamé a mi padre porque desde la Navidad del 2005 no hablábamos en virtud de que me había sugerido, luego de un intercambio de ideas, que no pisara más su casa. Mi pretensión era que mi hermana me pasara a buscar y yo desde la Costa me tomaba algo para Buenos Aires, todo bajo mi responsabilidad, porque desde el pueblo en el que estaba hasta las tres y media de la tarde no había micro para la Mierda del Plata. Llamé también a un pariente de los que estaban en el campo y le pedí si no me podía traer el bolso del hotel, ya que no me dejaban salir.
La primera noche no pude dormir porque "El Vasco" se olvidó de cerrar la puerta y toda la noche me pegó la lamparita pelada del techo del pasillo que precedía a la habitación. Además, una vieja de la pieza de al lado se la pasó gritando "¡Policía, policía! ¡Me tienen encerrada! ¡Policía! ¡Hijos de puta son, hijos de puta!". Yo tosía y escupía una viscosidad del color de las hojas de un árbol cualquiera en plena primavera, y que tenía la misma carnosidad. A las seis de la mañana, una enfermera exhortaba a una señora internada: "Movete, madre, que tené' olor a cola, querida, dale madre".
El caso es que, a la día siguiente, infelices con la radiografía de las 12 de la noche, debí tomarme otra, la de las 8 de la mañana. Me bajaron en silla de ruedas, y en un lugar prohibido al paso del público estaban mi padre y mi madre, después de catorce meses de no hablarme; se habían venido desde Mar del Plata porque mi hermana, que todo lo delega, los había llamado.
Para hacerla corta -un día voy a contar los pormenores de ese período claramente místico-, al día siguiente ya estaba en terapia intensiva, con el 50% de la capacidad pulmonar y mi padre ordenándole a los médicos qué era lo que tenían que hacer. Un doctor oriundo de Mechongué le aclaró la noche del 18 de febrero que "vamos a tratar de no ponerlo en respirador por las infecciones que le pueden agarrar, pero no sé si pasa la noche". Por suerte, no vi a nadie llorando.
Todos los días mi padre iba y venía de Mar del Plata, en donde tiene un departamento. Llegaba al hospital unas horas antes del tiempo de visita (media hora, de 13 a 13:30), hacía tiempo en algún lugar hasta las siete de la tarde, inicio del segundo turno de media hora de permiso. Negociaba con los médicos y enfermeros un ratito más, me daba ánimo. Mamá compraba cosas en las tiendas de por ahí: calzoncillos, un pijama, remeras, jabón, maquinitas de afeitar, chocolates que no podía comer, un espejito de Feng Shui para rechazar la mala suerte que colgué en el perchero ese donde se pone el suero. Mi viejo se acercaba, me preguntaba cómo me había ido. Convenció a los médicos para que me enviaran una psicóloga a la camilla, porque Pietro era un chico que siempre tuvo problemas psicológicos. La psicóloga anotó en la historia clínica que tenía cuestiones con mi padre y que no era casual que mi enfermedad se tradujera en una cuyo síntoma fuera la sensación de no poder respirar. A las ocho, volvía para Mardel.
Yo hablaba como suspirando, del mismo modo que lo haría un tipo que tiene un pulmón y medio hecho mierda. A medida que pasaban los días, gracias a la parva de jeringas que debía tragarme desde que estaba conectado a una máquina que avisaba con pitidos cada 45 minutos, iba recuperando zonas de los pulmones; en una semana y media me dieron el alta. Mi padre empeñó sus días de vacaciones en hacerse cientos de kilómetros hasta el hospital y darme ánimo para continuar. En nuestras charlas le conté que iba a renunciar al trabajo porque había un juez de rasgos psicopáticos que me basureaba. Él me dijo que estaba muy bien, que yo era un chico muy capaz, que no sabía lo que hacía en ese lugar de gente que no sirve para nada, que yo estaba para algo más que ser un simple empleado y que la mejor decisión que podía tomar era ponerme un estudio.
El 28 de febrero volvimos a casa. Papá no quiso que estuviera solo y me ofreció alguna habitación de su mansión para que me quedara allí hasta que me curara. Esa misma tarde, yaciendo yo en mi lecho de enfermo y con el fin de alentarme en mi nueva empresa de abrir el estudio jurídico, me dio lo que sería mi primer caso luego de la salvación de la muerte, con todos los augurios de éxito para alguien inteligente, capaz y talentoso como yo: seis pagarés de trescientos pesos cada uno que debían ejecutarse en un Barrio La Esperanza de Hurlingham, cuyas garantías eran un contrato de prenda preimpreso sin firma ni fecha y un boleto de compraventa de una casilla en un asentamiento de emergencia suscripto por una mujer con la que el firmante no estaba casado; los documentos estaban librados en una dirección que no era la del deudor, sino un almacén sin habilitación en el que él trabajaba, en una vereda cuyas casas tenían la numeración que los dueños o inquilinos le querían dar o directamente carecían de chapa, letrero o pintada catastral y se alternaban aleatoriamente los números pares y los impares; los oficiales de justicia apenas alcanzaron muchos meses después a notificarle la demanda luego de que le juráramos al juez que el tipo vivía ahí y que de última se la dieran a cualquiera que la agarre; apareció un abogado amigo que nos llamaba para decirnos que el hombre no se sabía adónde estaba –no fue nunca más al almacén- ni tenía bienes ni otro trabajo y que a él también le debía plata; dos años más tarde ganamos el juicio, pero la sentencia jamás se pudo ejecutar porque no había qué ni a quién ni adónde y casi tampoco había cuánto, pero eso los dos lo sabíamos desde el vamos, en especial él.