Si no es necesario que no sea, entonces fatalmente será.
jueves
lunes
Esperen un cachilín
Ya voy a postear; es que entre la depresión y el trabajar inútilmente, el mismo tiempo que me ha condenado se me diluye entre el cáncer existencial.
Ya vengo, y cuando venga, borro esto.
sábado
Revelación freudiana
En una de las múltiples -y siempre insuficientes- sesiones de psicoanálisis a las que debo someterme en función del daño recibido, expuse a consideración de la terapeuta una relación sentimental de años atrás, que tuve con una mujer que, con algún otro hombre, se había dejado penetrar por el orto; y que, además, había consentido una serie ininterrumpida de relaciones sexuales con por lo menos un desconocido antes de decidir su noviazgo conmigo. Como más o menos la licenciada me convenció acerca de que no existe una moral homogénea, le pregunté por qué en aquella época esas dos circunstancias (la cogida por el ano y la putedad pasada) me molestaban tanto; y cómo es que ahora las veía, si bien aberrantes e indeseables desde una perspectiva de vida virtuosa, verdaderamente inofensivas para mi proyecto personal de vida e insusceptibles de generar daño en nadie -acaso en el esfínter anal de la protagonista de los descarríos o en su honestidad biográfica, pero nunca un deterioro de mi propia entereza espiritual, como antes lo vivenciaba, al punto de sentirme portador vergonzoso y en condición de inmanencia del deshonor que atañía a mi partenaire de entonces-. A mayor abundamiento, le comenté que otra mujer a la que conocí desde niña actualmente llevaba el mismo comportamiento, pero esa ajena experiencia me provocaba esta vez risa y expectación de torpeza en lugar de, como antes, obsesión horrorizante, repulsión y conexión con la soledad y angustias más extremas.
¿Quizás me sentiría ahora cobijado en la pureza de pensamiento y acción de Cholita, la mujer más honesta de todas y que por suerte puedo querer sin temores?
¿Quizás me sentiría ahora cobijado en la pureza de pensamiento y acción de Cholita, la mujer más honesta de todas y que por suerte puedo querer sin temores?
La interpretación "psi" fue, como nunca, una luz azul en el camino:
-A esta altura ya lo hemos trabajado quizás sin darte cuenta, pero en aquel tiempo probablemente hayas asociado la penetración anal con los abusos morales que te infligió tu padre; y la liviandad de costumbres sexuales, con la prostitución de tu madre.
Y entonces todo surgió tan cristalina y palmariamente, que comencé a perdonar, si bien cada carnero en su redil.
jueves
Inimputeable
Así pondera una persona a mi madre: Inimputeable.
Es decir: no se la puede imputar, porque no parece tener la capacidad de comprender la criminalidad de sus actos estúpidos; y tampoco se la puede putear, porque para una estúpida los insultos de terceros son como... como... anillos de debilidad frente a la mano más fuerte de mi padre.
Me pareció una muy acertada apreciación; lúcida, pero no por ello menos dolorosa.
E imaginé entonces a mi madre, pendulando como una idiota.
sábado
Ahora me explico
Las mujeres de dudosa reputación buscan frecuentar a las mujeres honestas, por una especie de... nostalgia de la virtud.
Max Ophüls, La Ronde, 1950
jueves
Cositas de papá (XIV): Pietro mea la tabla
Otra de las variantes de escarnecimiento activo de mi padre era, desde mi muy pequeña edad, culparme de que había meado la tabla del inodoro.
-¿Qué mierda hacés con el pito?- decía, a la vista de todos y al oído de mis hermanos. -¿No sabés pishar como se debe? ¿Por qué carajo no levantás la tabla? ¿Por qué tu madre tiene que entrar al baño y ver la tabla meada?
Mamá, en general, según su péndulo incesante, vegetaba como una garza en alguno de los dos extremos de su dinámica.
Cierta vez, en casa de mi abuela, papá comenzó de buenas a primeras a postular esta coherencia lacerante, ahora para el entendimiento de su madre, diciendo que Pietro era un meador de tablas, que no sabía mear y que había que andar detrás de él para componer los desastres que dejaba en el baño, al que después tenemos que ir todos. Precisamente mientras marchaba yo a orinar a la vista de la tribuna familiar, mi padre declamó:
Cierta vez, en casa de mi abuela, papá comenzó de buenas a primeras a postular esta coherencia lacerante, ahora para el entendimiento de su madre, diciendo que Pietro era un meador de tablas, que no sabía mear y que había que andar detrás de él para componer los desastres que dejaba en el baño, al que después tenemos que ir todos. Precisamente mientras marchaba yo a orinar a la vista de la tribuna familiar, mi padre declamó:
-Guarda porque éste te va a mear la tabla.
-¡Ay, Roberto! -se asombró mi abuela.
-Sí, sí -confirmó mi padre -el tarado éste no se fija y te mea la tabla.
-Losotros día -intervino mi madre, emergiendo del silencio de asentimiento en viaje instantáneo al otro extremo de oscilación -se agarró el pito y empezó ¡bbbb bbbbb bbbbb! -practicando mientras la mímica de agarrar una manguera, con la lengua a medio asomar, como un niño con trisomía del par veintiuno. Y continuó: -Así hacía: ¡bbbbbb, bbbbbb!, como un boludo, y después había que ir a limpiar porque quedaba todo meado.
Tiempo después desgrané las razones de esta fijación genital de mis padres, que eclosionó cuando desarrollé mi pene y me hacían notar vez a vez el desarrollo señalándome que se me notaba el pito y que me cambiara el traje de baño por otro más holgado; o bien consignando de viva voz que tenía olor a bolitas, órganos que, como decía el psicópata frotando chapa ilusoria y mendaz de heredero natural de la decencia provincial de sus mayores, llega una edad en la que empiezan a jeder.
Este repetido episodio de la infancia, apreciado en retrospectiva, da el peso de propia caída de la entereza espiritual de mis padres y no debiera dañar. Pero no sé por qué conservo de esa miseria el temor de mojar la tabla del inodoro cuando estoy en casa ajena, y me adjudico niveles de humillación pensando que, para el caso de que orine sobre el plástico y aunque tenga a mano algún elemento de limpieza, no podré evitar por ejemplo la diferencia apreciable de textura entre la parte que recién limpiaré y la que no resultó ofendida por las gotas ácidas de mi vergüenza. No asombra entonces el hecho de que todas las veces que entro a un baño público pienso en el privilegio de quienes sin mayores miramientos esparcen su descuido o sus libertades para que yo las vea en tributo al psicópata, a quien también legitimo -váyase a hurgar el motivo- resistiéndome siempre a levantar la tabla del inodoro, quizás para confirmar, como decía el hijo de mil putas y condescendía Mamá Susana Péndulo, que qué mierda hago con el pito, no ves que el pito te va a llevar a amar y multiplicarte, y nosotros, que somos una díada sadomasoquista irreversible y mórbida, queremos sacrificarte en el altar de nuestra patología.
domingo
Propuesta Indecente
"¿Por qué no te metés en la pileta?", dice Cholita. "Porque no me gusta exhibir mi cuerpo", contesto. "Pero mirá ese señor, lo grandote que es e igualmente está disfrutando con el torso al aire".
Y entonces le explico: "Es que en el ámbito burgués la rechonchez está bien vista: los burgueses no guardan ningún empacho en mostrar sus cuerpos sobrealimentados, porque representan la prueba más evidente de su opulencia. En mi caso, en cambio, la corrupción de mi abdomen, de mis tetas, los colgajos de mis brazos y la acumulación inmunda de grasa en mi cintura son el elenco patente de mi decadencia".
Entonces Cholita continúa leyendo el diario.
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