martes

La hoguera del mérito

     - Pero, ¿no te das cuenta de que tu familia no es parámetro de nada, porque están todos enfermos?

        - Sí: lo que vos decís figura en todos los manuales de psicología elemental. Pero entenderás que desde mi posición resulta bastante molesto que se trate de una enfermedad cuyo síntoma es precisamente el disfrute.

         - Bueno, no hay nada que se pueda hacer. Cualquier actitud que adoptes va a redundar en tu perjuicio, dado el núcleo mórbido en que se desenvuelven esas relaciones. Uno o más psicópatas, no los conozco, idiotizaron a los demás, que quisieron voluntariamente idiotizarse (funciona de ese modo) y, además, no asumir ningún compromiso a tu respecto, lo que se acentúa desde el punto de vista del trastorno cuando tomás en cuenta de que uno de los involucrados es tu madre. Probablemente se te ocurra como defensa reproducir la estrategia y estupidizarte vos también con el asunto del karma, del Infierno. Será nada más que un consuelo, punto, con el costo de haber utilizado herramientas ancestrales que por tal razón van a seguir potenciando el padecimiento de todo el grupo, aunque no estés en contacto. ¿Por qué no dejás que sintomaticen ellos, aunque sea a través de lo que vos creés que es su alegría?

         - Porque cada tanto no puedo detener el desprecio, y cada otro tanto, el odio.

         - Es así. No es de otra manera. A vos no te va mal. Y si el problema es que todo es una injusticia, bueno, a joderse. Qué querés que te diga.

       Entonces se me vino esa escena del Mouse de Spiegelman, la del psiquiatra sobreviviente que explica que en la cuestión intervino solamente el azar, y mi reflexión posterior de que la porquería puede ser culpable, pero el azar, como cualquier máquina en sí misma, es insusceptible de valor. Como las determinaciones mórbidas de cualquier desviación del aparato psíquico: las patologías en juego, incluidos mi odio, cualesquiera de mis reacciones, y aun mi indiferencia.

domingo

Amago de regreso

          Hace unos tres años que no escribo regularmente en el blog, ni en ningún lado; y por esa razón -y por muchas otras- voy a decir muchas malas palabras. El impasse no guarda relación con que me haya olvidado de toda la mierda: es que la alegría, aunque mínima, embota, sin contar que el rencor detiene. He vivido algunos episodios que la porquería meritaría buenos, y muchos otros que la horda evitaría comentar en reuniones que no fueran lo que bautizaron "íntimas" o, aun en este caso, si concurrieran más de dos o tres personas, en atención a su falta de compromiso perpetua, cobarde, vaga y enmarcada siempre en esa parcela de legitimación que la hace -a la porquería- vulnerable al porvenir, pero triunfante en el falo, en el dinero medio y en la inmundicia del ser que ha renunciado -a veces estridentemente- a la trascendencia a cambio del placer que le dicta su pobreza. Esto tampoco quiere decir que yo sea rico.

          Me he propuesto desgranar durante toda la vida las miserias de los hijos de puta, de los imbéciles voluntarios; de aquéllos que, dominados por la tracción de su mediocridad, no sienten mella en el espíritu cuando persiguen con torpeza objetiva su interés personal, que todas las veces se centra en el logro de mierda valorada con artificio y en la defensa de su patrimonio y de su culo gravoso, de su aparente bienestar y de su orden producto de la vergüenza que han hecho de su libertad, y que no sienten, porque sus pares tampoco. No pasa un puto minuto, y no ha pasado en este tiempo de mediano silencio, sin que no me aborden los recuerdos de toda esa basura.

          En estos años he ganado y perdido algunas cosas. Hijos de puta latentes y luego declarados, mentirosos, culosueltos, soretes de un peso y medio, pelotudos con o sin ínfulas, portadores de criterio sólo lastimosos para mí, porquería que interpretaba forzadamente que de alguna manera en este blog se hacía referencia a su perineo, despechadas y su grupo de influencia que generaron estrategias de venganza aleccionadora y que en verdad reconocía origen esencial en mi incapacidad de amar la mediocridad, la locura o la putedad; estafadores condenados que soñaron ser elefantes en el bazar de mis cristales, mierda que encontraba trascendencia en el culeo, porquería grotesca que creía trascender a través de la normalidad apabullante de su cría espantosa, boludos convencidos de su genialidad, astutos de cotillón, fauna pélvica: resaca dolosa que, queriéndose olvidar de sus límites, delineaba y ejecutaba con soberbia libre de castigo un mapa del mundo que ni de casualidad advertirían espurio y en el que sus deseos, desprecios, perversiones, herencias sin mejorar y vicios consentidos alimentaban lo mejor que creían tener: su personalidad, su ilusión de ser especial a partir de la cual se dispararon a ofender la virtud y la vida.

          He ganado experiencia y he perdido temor.

          Lejos de mal armar un balance que no le importa a nadie, lo que estoy estructurando es la reseña penosa de quien se da cuenta de que recién salimos de España, y de que, probablemente, el barco vaya para otro lado. El psicópata de mi padre continúa ejecutando -como perverso que es- una red entre los que eligieron imbecilizarse, jugando a que no existo. La complementaria repite el discurso. Hasta tienen suerte de que vengan otros y voluntariamente quieran hablarles de mí, llevando quejas alcahuetas e inclusive pidiendo disculpas: todas las veces, salen convencidos de que soy una mierda, de que estoy enfermo o algo similar, porque mi madre tampoco ahora me defiende, igual que cuando era niño. Ahora soy adulto y advierto su desviación.

          He recordado tanta mierda... Y he recordado a la mierda que dice que, recordando, me victimizo. A esa metamierda, a esa metaporquería, tampoco la castiga nadie. Coge tranquila, que es lo que le gusta hacer.

          En definitiva, sin pretensión de la mínima literatura (párrafo aparte, no puedo tampoco leer, porque mi enfermedad me hace ver entonces que estoy inmóvil), mi único remordimiento de conciencia viene dado por la lucidez inevitable de que la mayor parte del daño no ha venido de esa enfermedad, ni de la acción inesperada de animales salvajes, ni de fallas mecánicas en un aparato de transporte, ni de los efectos de la Física, los jugos o los vapores sobre mi historia o mi cuerpo. El peso, el infierno, me ha sido deparado por los demás, por la porquería, por aquéllos cuyo número es tan enorme que su fuerza, sumada, destruye lo visible, lo invisible y lo por venir. Todo lo corrompe, todo lo consume, todo lo contamina, todo lo desgarra y perversa; y a todas estas acciones claramente voluntarias y decadentes este descarte de Dios es inmune. Excepto, quizás, a la posteridad que, al decir de Larra, siempre revoca sus fallos interesados.

          Pero en la posteridad yo tampoco voy a estar.

sábado

Cosas que pasan cuando no hay talento

          Queriendo ahondar en el conocimiento del significado de la expresión post tenebras spero lucem, llegué a un texto de Doris Lessing que echó por borda tanto mi entereza espiritual como todo lo que escribí hasta ahora.
          Dice Doris:
          “Vivimos tiempos en que resulta aterrador estar vivo: hoy es difícil pensar en los seres humanos como seres racionales, dondequiera que dirigimos la mirada vemos brutalidad y estupidez. Pareciera incluso que no hay otra cosa que ver; en todas partes prevalece un descenso hacia la barbarie que somos incapaces de evitar. Pero, en mi opinión, aun siendo verdad que existe un deterioro general de nuestro comportamiento, precisamente porque las circunstancias son aterradoras nos quedamos hipnotizados y no notamos –o si lo hacemos le restamos importancia– la existencia de fuerzas igualmente poderosas y que son de naturaleza contraria: las fuerzas de la razón, de la cordura y de la civilización”.
          Este pequeño párrafo resume las más de trescientas páginas que lleva TODA TU MIERDA, y también el sentido de la totalidad de lo que hice y dije desde nací.
          Claro que aquí está dicho y hecho con talento, que, de tan poco que abunda, parece ya con toda franqueza anomalía; como cuando la casualidad hace que un hombre perdido llegue a una manada de monos.

Una charla entre amigos (Fragmento) - Cositas de papá (XVIII)

     - ...yo aprendí a tocar la guitarra con unas revistitas que se llamaban "Toco y Canto".
     -Sí -dice Pietro- yo con unas que se llamaban "Cantarock".
     -Claro, las Cantarock.
     -De todos modos, mi papá no apreció este aprendizaje sin ayuda de profesores. Decía que, en realidad, me había dedicado a la guitarra por dos motivos: porque no me representaba ningún esfuerzo y para eludir mis responsabilidades como estudiante de piano, con lo cual, para él, lo que yo había "hecho" no tenía ningún mérito.
     -Ja ja -dice uno de los del grupo.
     -Fijate vos qué construcción intelectual tirada sobre un chico de 13 años -agrega Pietro, revolviendo el aire con las yemas de los dedos hacia arriba- qué "enroscado", la "vuelta" que persiguió con el fin de dañar; pero, además... ¿para qué?
     -Un psicópata - opina la esposa del amigo.
     -Un psicópata hijo de mil puta. Y la finada mi madre, en vez de defender, asentía- dice Pietro; y, poniendo la voz lo más aguda que puede: - "Sí, Pietro, tu padre tiene razón..."
     -Ja ja - dice el amigo, antes de seguir fumando, condescendiendo amablemente a la rareza del personaje que tiene enfrente, que se duele como un niño al que le han hecho comprender que el ámbito de desarrollo de sus talentos es el de su propia miseria espiritual. El éxito del psicópata radica en el hecho de que sólo la víctima se da completa y perfecta cuenta, o un profesional de la salud mental, o alguien extremadamente inteligente.
     -Ja, ja, ja - dicen todos.

jueves

Como para ir volviendo, y seguir yendo, viniendo y revolviendo

          Advirtió alguna vez mi psicóloga que todo lo relacionaba yo con el culo. Así, si debía reemplazar la letra desconocida de una canción, sustituir un apellido olvidado, ridiculizar una escena, nombrar una calle de cuyo nombre no me acordaba, hacía mención al culo, en sus diversas variantes: ojete, pertuso, upite, ocote, culete, orto. También refería reiteradamente al culo roto.
          Con el transcurrir de las sesiones, resultó que Pietro había sido abusado moralmente por su padre, con la anuencia pasiva de su mamá, un complementario perfecto que también adoptaba posturas sádicas alternantes. Simbólicamente, parece que instituí el culo como un lugar de tránsito intrusivo en permanente latencia, sobre el que penderá hasta mi muerte la amenaza de violentamiento. 
          De acuerdo con esta interpretación, la soledad me preserva de que me rompan el culo; las relaciones "con final", también; si me entero de que alguna novia permitió que algún otro en el pasado le penetrara el ano, la dejo, incapaz de asumir su defensa, pero sufro como si me lo hubiesen violado a mí; cago cada más de dos días, por no fisurarme el esfínter, pero llevo desde hace años unas hemorroides como medianos racimos de uvas que se desgarran y manchan los sanitarios y el piso cada esos más de dos días; el perineo me parece la parte más inmunda del cuerpo, porque ahí menudeaba mi padre mientras miraba, callada, mi madre; y el mecanismo de la reproducción me da tanto asco y tanta impresión que me defiendo de esa aberración a través de la ausencia permanente de deseo sexual.
          Tipos como yo, lejos de ser objeto de conmiseración, resultan víctimas potenciales de todos los hijos de puta que existen, porque las únicas relaciones que saben anudar son las que importan que, precisamente, les rompan el culo, se abusen, le extraigan lo que no se debe para beneficio del otro, que, además, exige el mismo respeto indebido que un violador.
          Y así la vida, entonces, se va construyendo como un supositorio fuera de terapia que raspa, echa sangre y además molesta a los demás, encerrados en la satisfacción de su interés y que castigan, igual que papá, cogiéndote de todas las maneras posibles y sin que les importe un carajo qué mierda te va a pasar.

lunes

Saberse imbécil

          En 1989 tenía yo veintidós años y vivía en casa de mis padres. Tenía también un tío que se casaba, y me había comprado entonces un traje nuevo para ir a la celebración. Adolecía, finalmente, de una exposición de varios lustros a la irradiación patológica de mi padre, que, al igual que la transmisión del calor por convección, me había patologizado a la distancia y operaba eficientemente sobre mi capacidad de generar mis propios episodios degradantes, de manera de quedar asegurado mi pastoreo neurótico sobre diversas y repetidas situaciones estigmatizantes que había aprendido a perpetuar, ya sin la participación visible del psicópata.

          El caso es que me había comprado un traje y decidí ver cómo me calzaba en un espejo de unos dos metros de altura y ochenta centímetros de ancho que mi padre había colocado trabajosamente en una angosta ranura que mediaba entre el placard de su habitación (de unos cuatro metros de altura) y la pared. Para extraer el espejo, que pesaría unos diez kilos, debí remover la mesa de luz del lado en que mi padre se acostaba, y girarlo sin levantarlo del piso, provocando así el roce del canto del espejo contra la alfombra de vellones pequeños y duros que mi padre había pegado él mismo diez años antes en las tres habitaciones que daban al desmedido patio principal de la casa chorizo.

          Decidí que me vería mejor en el comedor de la casa; es decir, que apoyaría el espejo sobre el piso de revestimiento de cerámica que mi padre había colocado durante la década de 1970, y lo sostendría sobre la pared que en su mitad inferior se veía revestida de madera que mi padre había ensamblado y barnizado pocos años antes; y en la superior, de un llamado "salpicrée", también ejecutado por papá, que consistía en una pintura de yeso aplicada muy esforzadamente con un peine de metal, que mi padre, quién sabe por qué (los peines de metal no significaban un gasto imprudente en el contexto de la reparación de toda la casa de más de cuatrocientos metros cuadrados) reemplazó por un tenedor.

          Así fue que tomé el espejo con el fin de llevarlo hacia el sector en que estaba iluminado. Pero, desde antes de salir de la habitación, mi padre ya había advertido la maniobra que me había propuesto. Sentado a la cabecera de la mesa, comenzó a prodigar mi inutilidad diciendo estas interjecciones:

          - Ay... ay... ay... ay... ay... ay... ay... - pausadamente, en stacattos regulares; y siempre con la vista dirigida al conjunto ineficiente que conformábamos el espejo y yo.

          - Ay... ay... ay... - continuaba mi padre, mientras yo, con visible dificultad, portaba el instrumento en el que me reflejaría, sin poder advertir dónde lo apoyaría -porque la tosquedad hacía que mi perfil quedara pegado al vidrio. Papá no se acercaba a darme ayuda; solamente, sentado, repetía:

          - Ay... ay... ay... ay... ay... - en una sucesión rítmica y premonitoria, que se aceleró

          - Ay, ay, ayayayayayay - cuando coloqué el cristal sobre la cerámica de su comedor que, como todo lo patológico de aquel entramado de relaciones súbditas y afectadas de consentimiento de sus arbitrios, respondió como si fuese una cosa animada a su deseo sin fundamento, a su necesidad incomprensible propia de su psicopatía; y entonces, a pesar de que tomé la precaución de provocar un contacto suavìsimo con los cerámicos, se rajó en una esquina y desguazó una medialuna hija de puta que, además, rayó la madera barnizada.

          - Ay... ay... ay... - continuó mi padre, para quien el espejo había dejado ya de ser un medio.

          Avergonzado, comprobé que el traje nuevo calzaba correctamente, y estúpidamente dije "sí, me queda bien", y mi padre, entre dientes, masculló "qué pelotudo", se levantó de la mesa y salió murmurando hacia el fondo de la casa.

          Años después, gracias a las sesiones infinitas que tendieron casi con victoria a remediar el daño infligido por aquel erial disfuncional, descubrí que, a pesar de conocer el temperamento del psicópata (entonces ni siquiera sospechaba la existencia de esa desviación), yo de algún modo había querido que el desastre sucediera. En aquella situación, bien podría haber encendido la luz de la habitación y apenas correr el espejo de donde estaba guardado, pero, imbécilmente, consideré que la luz se encontraba donde estaba mi padre, es decir, en el comedor, en el lugar donde procuraría nuevamente una comida dentro de algunas horas, en la cabecera de la mesa, y decidí reflejarme allí de manera tal que la imagen, despedida por Su luz, compusiera una irrealidad aunque más no fuera momentánea de la dualidad padre-hijo, en la que se evidenciara que el hijo había crecido y que el padre, con la sola expectación de la escena, aprobara sanamente esa circunstancia, la dicha de la continuidad, lo buenamente esperable, el orden natural de las cosas.

          Pero la necesidad del psicópata hallaba cauce más en la ridiculización del hijo que en la confirmación de su masculinidad. Ya conté en estas páginas su reacción cuando mis manos, que papá postulaba inútiles para cualquier tarea, me habían hecho hombre que apareció en la díada conyugal y, habiéndose contradicho la imposición de su norma, se dio la condición de posibilidad del sufrimiento del psicópata; es decir, la vulneración de sus propias reglas.

          Ese sufrimiento lo llevó a denostar o minimizar mi virilidad de muchas maneras, que iré relatando desde ahora hasta mi muerte. Una de ellas consistió, como se acaba de relatar, en vaticinar la inutilidad del traje que me identificaba como hombre, y de ahí a la inutilidad del conjunto, del hombre con traje, del hombre cabal, del hombre joven que emergía para enfrentarse sanamente al mundo. Para todo ello, se valía de la captación de mi necesidad de confirmar mi status de varón, de recibir de regreso la percepción de un otro de esas características objetivamente perceptibles que me hacían hombre y que espontáneamente dirigía al mundo. Papá, por causas que sólo sé conjeturalmente, sentía la necesidad de que yo no fuese un hombre.

          Entonces, en esta anécdota, obró del modo que se relató: prediciendo la imposibilidad de que el reflejo dirigiera su fidelidad hacia su visión patológica; y, a la vez, vaticinando, a través de la ruptura de una parte, que él y yo jamás nos reflejaríamos juntos, y que mi intención de generar la unión entre el creador y lo creado era tan endeble y ridícula como la débil entereza espiritual que él patológicamente postulaba que yo tenía.

          A la vez, yo había colaborado en ese fracaso, y así atribuí por años a mi estupidez estructural toda la escena: desde la ideación de reflejarme hasta el regreso del vidrio ya inservible al lugar en que mi padre -que sólo utilizaba el espejo del botiquín- lo guardaba, y el recoger avergonzado de los vidrios rotos sobre los cerámicos iluminados del comedor.

          Es claro que no me lo perdono, y me avergüenza tanto mi sometimiento a los designios del enfermo, en una situación tan a contramano de la realidad evidente, que a veces pienso de verdad que soy un inútil, aunque en un sentido absolutamente diverso del que predicaba el finado mi padre.

viernes

Cositas de Papá (XVII): Ahí no dice lo que yo digo que dice

          Una de las variantes a que echaba mano mi padre para denigrar mis capacidades era, ya desde niño, asegurar que en tal libro o revista que quizás yo leyera en voz alta no decía lo que yo estaba diciendo que decía, sino lo que él decía que decía. Parece gracioso, pero mediante esta estrategia natural, el psicópata, que influía también sobre el entendimiento de los demás, me arrojaba a un terreno distante del por él creado; es decir, al de la locura, que era un espacio también ideado por su cosmovisión psicopática a partir de un concepto tomado del uso normal, a saber, no patológico.

          Y como también era su uso y costumbre generar discusiones para finalizarlas en el punto en que determinaba ser vencedor, un día discurrió agresivamente conmigo acerca de una cuestión de ninguna importancia que, sin embargo, después de más de treinta años recuerdo como ejemplo de su intenso estado mórbido y del sinfín de la díada sádica que conformaba con mi madre.

          Se trató en aquella ocasión de un intercambio de ideas (que no era tal, ya que, reitero, mi padre generaba esos escenarios del mismo modo que un animal mearía sobre los límites y los puntos internos de un "territorio" irracional), acerca de la diferencia entre el "guion" de una película y su "argumento". La conversación, como tantas otras estigmatizantes, habría surgido sin causa aparente para mí, que no venía preordenado por ninguna alteración tan sustancial del aparato psíquico, más allá de las que mi padre provocaba adrede, a la luz de los objetivos inexplicables que se trazaba y de su necesidad incomprensible de muerte del primogénito, metas asombrosas que escapan al entendimiento de alguien que no es psicópata y que durante décadas -y aun en este momento- dificultaron mis posibilidades de transmisión eficiente de sus actos en sentido lacerante. Quien no conoce a los psicópatas, cree que sus actos son consecuencia de un mero temperamento, y que la misión del prójimo en relación al psicópata se reduce a su aceptación o abandono, fundado en el desnudo desacuerdo. Los pocos que saben qué cosa es un psicópata, los diferentes grados en que la psicopatía se desenvuelve y la cotidianeidad de uno de estos desviados (cuya esfera intelectiva está por demás sobredimensionada), conocerán de qué estoy hablando.

          El caso es que, en aquella mesa en que el líder nos deparaba y significaba la comida que mi madre con sobre esfuerzo ordenado por su masoquismo alternante de base nos acercaba, no sé cómo el desviado comenzó a postular en voz alta que "guion" y "argumento" eran la misma cosa. Como soy un neurótico que en aquella época funcionaba en la máquina psicopática como complementario, reaccioné casi con enojo, señalando que se trataba de conceptos diferentes. Mi padre, entonces, deseoso de que en el campo de batalla muriese alguien, en forma altanera -hábil para la acentuación de mi irritabilidad- dijo lisa y llanamente que todo lo que yo había estudiado no servía para nada, y que él, sin estar todo el día apoyando el culo en la silla, podía darse cuenta "en seguida" de una cosa tan estúpida como que "guion" y "argumento" eran la misma mierda con diferente olor.

          Empecinado en perpetuar el rol desconocido del complementario, y luego de tres o cuatro empujones injuriosos que impulsara mi padre contra mí y mi (su) plato de comida, corrí a buscar la enciclopedia de la casa, "el Monitor" de Salvat que papá había instituido como fuente de única erudición y que afirmaba haber leído por completo. Cuando llevé ambos tomos a la mesa, haciendo lugar entre los platos y las fuentes, papá comenzó a reír. Se miró con mi madre y ella se mordió el labio inferior, presentándole una mueca también de ironía pintoresca por las actitudes de quien evidentísimo era que padecía alguna cosa.

          Queriendo entonces malamente entender que la victoria me haría retomar el camino relegado por el daño, leí: "Argumento: Trama, recorrido narrativo de cualquier obra, especialmente literaria o cinematográfica..." "¿Ves?", interrumpió el monstruo, "es exactamente lo mismo".

          "No", dije yo. "¿Cómo podés decir que es exactamente lo mismo si todavía no leí la voz 'guion'?" "Es lo mismo, no hace falta", sentenció mi padre. "No hace falta que lo leas. Susana, traeme un pedazo de queso".

          "Sí, lo voy a leer, para demostrarte que no es lo mismo el guion que el argumento". Entonces tomé el libro, busqué la palabra "guion". Mi padre subió el volumen del televisor. "Esperá, escuchá lo que voy a leer", pero papá no bajó el volumen. Decidí entonces gritar, y así vociferé: "Guion: Libro en el cual se vuelcan los diálogos de los personajes de una obra teatral o cinematográfica junto con indicaciones para..." "¿Viste? Es lo mismo. Basta, dejame de romper las pelotas", y subió aun más el volumen.

          "Papá, date cuenta de que no es lo mismo. El argumento es la trama, y el guion es otra cosa: es un trabajo necesario para los que llevan a cabo una obra, para poder realizarla, tiene acotaciones, acá lo dice bien, 'una obra teatral o cinematográfica' fijate" "Ahí no dice eso" "Leélo vos, entonces". Mi padre, así, con cara de fastidio, se disponía a agarrar los dos tomos que yo le alcanzaba. "Los vas a romper", dijo mamá; "me vas a romper toda la enciclopedia, enfermo", señaló papá. Que leyó ambas definiciones en silencio y luego reprochó: "Me hacés perder el tiempo. No sabés leer. Acá dice dos cosas muy distintas de lo que vos leíste. ¿Ahora no sabés leer vos?"

          "¿Cómo que leí mal? Leí perfectamente".
     "Leíste cualquier cosa. Acabo de ver yo y dice exactamente lo que te dije al principio. Mirá", me ordenó, pero señalando el televisor. Daba entonces más importancia al programa que estaban pasando, de manera que mi incursión en la polémica se hacía más inoportuna y molesta.

          Así que me dispuse a leer en voz alta nuevamente: "Argumento: Trama, recorrido narrativo de cualquier obra... ¿ves? CUALQUIER OBRA, 'ESPECIALMENTE', pero no necesariamente la literaria o cinematográfica. 'Trama', 'trama', es una 'trama' una introducción, un nudo y un desenlace, una trama". "Ahí no dice eso. Callate y dejame mirar la televisión. Andá a poner otra vez la enciclopedia en el living que la estás ensuciando con todo lo que hay sobre la mesa, andá".

          "¡Pero cómo que no dice lo que estoy leyendo! Argumento: Trama, recorrido narrativo..." "Ya sé, ya sé lo que para vos dice ahí, pero NO dice eso ahí. 'Trama' lo estás inventando vos. Es exactamente lo mismo. Ya lo leímos con tu madre y no dice eso". "Mamá, cómo que lo leíste vos, si vos no lo leíste". "Tu madre ya lo leyó antes cuando venían los fascículos", dijo el psicópata.

          "A ver, mamá, qué diferencia hay entre argumento y guion", pregunté entonces. Pero mamá no respondió. "Dale, decime", la insté; y entonces papá a los gritos me ordenó que la dejara de molestar. Pero como yo insistiera y mi padre, tomándose la cabeza le habilitara a hablarme, a través de la frase "decile de una vez, Susana", mamá dijo:

          "Y bueno, yo pienso que si para vos dice una cosa y para tu padre dice otra, pienso que uno piensa una cosa y otro piensa otra".

          A lo que respondí: "Mamá, no se trata de interpretar. Acá a papá le parece que las palabras que leo no son las que están escritas en el tomo de la enciclopedia. No hay una cuestión de interpretación. Por ejemplo, para papá ahí no dice la palabra "trama". Dice que la inventé, que no está ahí. Leélo, por favor".

          "Mmmmm" emitía mi padre en reacción de fastidio, y mi madre entonces tomaba la enciclopedia. "¿Y? ¿Está o no está la palabra 'trama' ahí?" "¿Adónde?", preguntaba mamá. "Al lado de la palabra 'argumento'", y entonces mamá contestó "no sé", la hija de puta, "no sé, ya no veo bien, mañana tengo que ir al oculista o no sé, comprarme uno de esos anteojos, no sé".

          "Andá a guardar eso", ordenó el psicópata, "y después mañana andá a decir al colegio que por favor te enseñen a leer, porque para eso a mí me cuesta acá tu educación y la de tus hermanos".

          De más está decir que todos a partir de ese momento callaron. Desde entonces, y aun cuando la vista de mi padre comenzó a empeorar con sus cincuenta años, dio a otras personas los papeles que no lograba descrifrar; y hasta contrató a otros abogados para solucionar sus reales problemas o reclamos legales, aun habiéndome yo recibido muchos años antes de que él decidiera tomar cartas jurídicas en el asunto.

domingo

Un sueño

          La familia festejaba el fin del año en un restaurante al que se accedía desde la ochava, en una larga mesa. Mi padre ocupaba la cabecera.
          Desde la vereda de enfrente, veo que los asistentes se juntan y arremolinan con el fin de posar para una foto. Estoy con mi hermano, que es un niño, y me dan deseos de salir en esa fotografía, y a mi hermano también. Pero no podemos cruzar la avenida. Mi hermano se lanza, ansioso, y un colectivo casi lo atropella.
          Cuando llegamos a la esquina del festejo, ya mi padre ha dado la orden de que saquen la foto. Mi hermano se suma a la mesa y se diluye en la algarabía del orden creado; a mí, en cambio, me toma un enojo intenso, una rabia animal fundada en que no me esperaron para salir en la fotografía. Entonces arrojo las llaves que tenía en la mano y grito "No voy a quedarme en un lugar en el que no me quieren, se van todos a la mierda". Pero nadie escucha con atención, a nadie le interesa mi discurso.
          Salgo a la vereda y busco la parada del colectivo que me llevará de regreso a la casa en la que vivo solo. De pronto, me digo "esto no puede quedar así", y entonces retomo el camino corriendo y enfrento a mi padre. Le grito "¡psicópata de mierda, hijo de puta, la putísima madre que te re mil parió, sorete, hijo de mil puta!"
          Pero a mi padre no le importa, y el resto de los comensales, ensimismado en la legitimidad de sus conductas concedida por el psicópata, no advierte lo que estoy haciendo -sólo los que se sientan cerca de él prestan una atención que más tiene que ver con una deferencia respetuosa de atender su entorno-. El psicópata entonces me mira, y en esa mirada entiendo que estoy condenado a que nadie comprenda mi dolor, porque así lo ha querido.
          Salgo nuevamente a la calle. Siento entonces la insuficiencia de mi actitud y regreso otra vez. "Lo voy a seguir insultando, pero lo único que se me ocurre decir es 'hijo de puta' o 'hijo de mil puta', y eso, si bien es desesperado y es verdad, no le provoca ningún daño".
          Vuelvo a encararlo y a gritarle, esta vez en el oído: "psicópata de mierda, hijo de mil puta, hijo de puta, hijo de puta, hijo de puta, hijo de mil puta, hijo de puta". Le aplico los labios sobre la oreja mientras lo reconvengo, y él se reclina medio forzadamente y también en tren de ridiculizar mi invectiva, evidenciando la molestia sobre la cabecera de la mesa, de costado. Una mujer que está sentada a su lado se asombra negativamente por mi irrupción y por la postura que le he hecho adoptar a mi padre, que considera inadecuada en estas circunstancias.
          Dejo nuevamente el restaurante y pienso que nada de lo que he hecho ha sido suficiente; pero ahora la insuficiencia se extiende a mi condición de estar solo con la verdad, ya que repito la certidumbre de que, si bien soy portador de la verdad objetiva, "ellos" adquirieron voluntariamente la verdad impuesta por el carisma de mi padre, y en esa verdad soy un insano y tengo la culpa, y todo ello entrelaza y edifica una injusticia todavía no reparada.
          Así que regreso al lugar, que ahora se halla entrecerrado por una puerta plegadiza que mi padre ha hecho correr para que me deje de molestar. Abro no obstante la puerta y paso. Mi padre me mira con gesto de desaprobación, y mi madre, a su lado, se ríe. Los demás festejan. Lo insulto, pero ahora sólo puedo decir "hijo de puta", y esa única expresión genera un ritmo que le hace perder sentido a lo que quiero transmitir:
"hijo de puta,
hijo de puta,
hijo de puta,
hijo de puta,
hijo de puta,
hijo de puta,
hijo de puta,
hijo de puta,
hijo de puta,
hijo de puta,
hijo de puta",
en una andanada en la que la sílaba "pu" queda especialmente acentuada y da mazazos a la expresión despojándola de contenido.
          Sigo diciéndole "hijo de puta" hasta que advierto que todos, sin abandonar su alegría, concluyen que soy un delirante, un enfermo.
          Entonces decido dejarlos festejar, y me despierto con una sensación desbordante de angustia y la certeza de que sólo yo he podido comprender cabalmente que el psicópata de mi padre es un hijo de mil putas, y que seré incapaz de transmitir esta idea a nadie en la completa plenitud de su significación, sea porque cada cual tiene "su vida y sus problemas", sea porque mi padre los convencerá de lo contrario.

viernes

Se me escapó

          A las 7:50, el subterráneo estaba lleno como un vagón a Treblinka, rebasado de clase media conforme y apiñada, de parejas de coito de alborada a televisor encendido, con el pelo mojado. Yo me descubrí con cara de repulsión en el reflejo del vidrio sucio.
          Entonces el tren se detuvo y le pregunté a una que estaba a 4 cm de mí:

"Perdón, ¿esta mierda es Medrano?"

          "¿Qué?", dijo, estúpida. No concibe que le puedan preguntar alguna cosa mientras va al trabajo en el subte, salvo que lo hagan por celular.
          "No, si esta estación es Medrano".
          "No sé", contestó, porque también me pasa eso, nadie sabe un carajo de nada nunca, y creen que con no saber nada están a salvo.
          Tampoco saben todavía que están condenados (yo también), y que me cansé de ellos y que no hay solución: son tantos, tantos.

domingo

Cositas de Papá (XVI) - El perfume que lleva la posibilidad del dolor

          Limitaban el comedor de la enorme y espantosa casa de mi infancia unos muros revestidos en madera barnizada, que habían sido modificados por mi padre en otra de sus arremetidas obsesivas contra las paredes. Un día de semana, poblaron el patio de baldosas de bloquera decenas de listones de varios metros de longitud; tachos de lata inflamables que albergaban sustancias resinosas y de brillo, pinceles, herramientas desperdigadas como roedores deshonestos, una máquina de carpintero de la que emergía una sierra circular poderosísima, temible e inepta para imbéciles como yo, aserrín, cosas indeseables como ésas. Por varios días nuestros pasos -los de mamá también- molestaron en la mansión, denigrados frente a los estrépitos de martillazos, a los chillidos interminables de la madera condenada al corte, al gorgoteo del motor eléctrico cuyo cable pelado cruzaba la espesura en procura del enchufe dispuesto por mi padre; de la radio AM presente y desgastante, de las mediciones insoportables de las tiras, de las pruebas de color descerrajadas a ceño fruncido y reivindicación permanente del esfuerzo, del culto del esfuerzo, del enrostro del esfuerzo, del despliegue sádico del esfuerzo, la resignación sodomita del esfuerzo, el sueño inmóvil de la recompensa.
          Los primeros meses se nos prohibió acercarnos al entablillado. La madera nueva era el resultado del trabajo de uno solo para el goce de todos; papá se hallaría reventado de trabajar, tendríamos derecho de mostrar la casa cuando viniese alguno de esos amigos que siempre traen, etc.
          Frente a ese panorama, resultó impredecible el momento en que papá interrumpió el camino de mi madre desde la cocina hacia el baño arrojándole de punta un cuchillo que se clavó en el tendido de madera con que el psicópata había forrado trabajosamente las paredes.
          "Ay, Roberto", dijo mamá riéndose y mirándolo con aire de camarada en el deseo. Papá rió, tomó otro cuchillo y lo arrojó también frente a mamá, quien esta vez se asustó bastante, porque golpeó cerca de su cara con el mango sobre el revestimiento y cayó también de punta cerca de uno de sus pies. Abarcado de goce, nos contó que, de novios, uno de los divertimentos de la pareja había sido precisamente el de emular el número del lanzador de cuchillos del circo: mamá pegaba la espalda a una plancha de madera de su tamaño y papá le daba de cuchillazos cercanos al cuerpo. Incluso lo hacían delante de sus suegros.
          Desde entonces, y hasta que abandoné el lugar, cada tanto papá le continuó vez a vez disparando cuchillos de mesa a mamá, con la intención arbitraria de detener su marcha o de matizar una conversación desarrollada a distancia echando mano de un acontecimiento violento, repentino e imprevisto, luego del cual se instalaba la idea de que mi padre había tenido desde siempre el control completo de las situaciones, de que el riesgo que había puesto en marcha de ejecución era un riesgo querido, preconcebido, desenvuelto según sus directivas y dominado hasta las consecuencias bajo el ala de su direccionamiento tutelar, como todos los demás aspectos de la realidad.
          Algunos años después de que mamá entrara en la menopausia, una colonia de hongos atacó la madera de las paredes. En pocos días, y a través de un proceso que sufría aceleraciones impulsadas por principios aleatorios y ocultos, se fueron generando lamparones progresivos, vetas verdes y blancas, mapas de carcoma en las superficies y formas perversas desprovistas de lógica, islotes cancerosos que sin razón desaparecían y dejaban ver las dos o tres manos de pintura de la pared también padeciente que los prodigaba; y así fue que, en la expectación de la madera enferma, de sus degradaciones y desprendimentos mórbidos, del holocausto de su esencia, me estremeció una sospecha de terror que sólo viró en desánimo días después, cuando papá intervino nuevamente sobre sus paredes pegándoles más o menos geométricamente una centena de mosaicos de cerámica espantosa.

sábado

Tabula arrasada

          Cuando mamá decía "no sé", echaba al mundo total una referencia que se encontraba fuera del límite del espacio construido por papá. De este modo, decir "no sé" conformaba un acto proactivo de muy notoria franqueza, que, además, importaba tanto la negación del topos no papá, cuanto la afirmación del universo al que ella fiel y obscenamente había adherido.
          Así, cuando, de niño, quise tener una bicicleta, me respondió "no sé", porque papá no quería obsequiármela, pero tampoco deseaba comunicarme esa decisión (expresarse en otro sentido hubiese significado desplegar manifestaciones sobre ideas que no existían). Años más tarde le pedí consejo acerca de qué carrera universitaria seguir; me contestó "no sé", porque en la estructura de mi padre el estudio es una actividad de última prioridad propia de vagos o de ricos (fue educado en una subcultura según la cual "el que quiere estudiar, estudia de noche"; "el que no trabaja, se va de esta casa"; por lo demás, papá no estimulaba mi condición de universitario); entonces, mamá, osmotizada en la viscosidad de mi padre, expresaba su honestidad de vaca y a la vez (del otro extremo del péndulo), refirmaba la cosmovisión de su cónyuge, que publicaba suya también. Si un pariente nos invitaba a alguna reunión y quería saber si nuestra familia asistiría, mamá contestaba "no sé", porque aún no lo había conversado con mi padre y, por ende, esa verdad ("el sábado por la noche iremos a casa de...") no tenía aparición en su universo.
          Con los años y la pérdida de interés y paciencia para todo lo que no se relacionara con su esposo, mamá comenzó a utilizar la expresión "no sé" para rebatir, negar o hacer referencia a un vacío que, ya irreversiblemente consustanciada en la masa conyugal patologizada, realmente para ella significaba en el momento del diálogo una "no-posibilidad", porque no había sido introducida todavía por papá. Entonces uno podía comentarle, por caso, "este cuatrimestre me inscribí en tres materias", y ella "respondía" no sé; "anduve a caballo en el campo de un amigo", y ella, no sé; "compré una torta cuando ustedes no estaban, la puse en la heladera, si quieren comer..." y su respuesta era no sé, porque a mi papá no le gustan las tortas.
          No obstante, para justificar la psicopatía de mi padre, mamá agotaba recursos; y, cuando ya resultaba imposible la justificación, se armaba de una locura de loca mala en el que su "no saber" se potenciaba hasta límites espantosos, quizás porque la familia de papá se vanagloria de su ignorancia y la utiliza históricamente como eximente de responsabilidad. De tal modo, cierta vez que discutí luego de que mi hermano expusiera sus miserias, y como papá tomara parte en el asunto conduciendo el intercambio de ideas hacia una debacle familiar (como era síntoma propio de su psicopatología), mamá me tomó de la camisa, pellizcó llorando una de las mangas y a los gritos me reprochó:
Mirá lo que hiciste, hijo de puta.
          "No hice nada", respondí. "¿No seguiste la conversación? ¿No te diste cuenta de que papá se entrometió en una situación que ya estaba por solucionarse y comenzó con su discurso denigratorio de siempre?"
Mamá entonces respondió a los gritos "no sé", "mirá lo que hiciste", y quizás fue ése el día en que se encendió en mí la sospecha de que había crecido en un núcleo familiar enfermo, y que las consecuencias de ese aprendizaje seguirían vivas hasta el final de mi tiempo, influenciándome para siempre.

viernes

Cómo evacué hoy

          Tenía que llegar a un lugar a las 10 de la mañana, pero llegué a las 9. Desde antes sentía la necesidad cruel de evacuar, y los gases se amontonaban en una panza horrible que tengo. En la calle despedí tantos, que me dio vergüenza de mí mismo pasar junto a la porquería, que en este caso tendría razón.
          Entonces entré a un bar y pedí leche caliente con cacao, como cuando era niño. Al rato comenzó la embestida terrible de la defecación. El mozo había desaparecido. Pagué a una joven del lugar a la que sorprendí robándose dos bizcochos de cortesía de un tazón que había en el sector de los mozos. Me indicó que los baños estaban arriba.
          Subiendo las escaleras, rogaba que, dado que era temprano, no estuviesen ocupados los retretes. Por suerte, en el baño había sólo murmullos de agua corriendo muy levemente por algún lado. Elegí uno de los dos inodoros y decidí que, a fin de no tomar contacto con las mugrerías de la tabla, cagaría de parado, sosteniéndome con el brazo derecho contra la pared que daba a mi espalda. El piso estaba mojado y preví que mi pantalón "de traje" se inundaría en la botamanga.
          Desde el primer envión cagatorio, explotaron mis hemorroides. La tabla blanca del retrete se llovió de gotas rojas como la banda de la camiseta de River Plate, y aun más rojas. No salieron los cerotes como debían en tamaño, razón por la cual empujé otra vez; por alguna revuelta de la inflamación venosa de mi esfínter deformado, una especie de túbulo comenzó a echar espolvoreadas de sangre hacia los costados del inodoro. Así se manchó el piso. "No importa, hay suficiente papel", pensé; consecuencia de las siguientes cuatro o cinco contracciones, cayeron masas medianas de excrementos teñidas de rojo pathos; el agua del retrete se coloreaba y la tabla cada vez más presentaba charcos bermejos intensos con relieve. Pensé también que la coagulación regular demanda entre 6 y 8 minutos, luego de los cuales no sería tan fácil ya remover la sangre engomada. No tomé en cuenta que podía ingresar alguien. La fe me mostró: "qué horrible que soy, qué ridículo es mi pelo, qué horrible es mi panza con pelos."
          Me dolían los muslos porque no me ejercito, y la media flexión con el brazo hacia atrás sosteniendo el cuerpo contra la pared demandaba pesadas tolerancias de obeso espantoso que sigo siendo y de la negación continua de mi belleza; esa mala conjunción de posibilidades y certezas incrementaba la molestia, que ya sentía inexplicablemente en la región occipital. Vi mis zapatos avejentados; me dije "tienen siete años y te ridiculizan"; una nueva oleada de inmundicias cayó junto con otros diez mililitros de sangre muy bermellón a la taza del inodoro. Iba descargando el depósito de agua cada un minuto o dos, a fin de que no se llenara el recinto de olor. Quería finalizar ya, pero las ganas me impulsaban nuevamente. Traté de quitar tensión a las piernas y me erguí; algunas gotas de pis y muchísimas de sangre se vertieron sobre el calzoncillo y la zona exterior del pantalón. Puse un bollo de papel en la raja del culo y así creí que el piso no continuaría llenándose de mi sangre.
          Pero no. Luego de dos o tres ramalazos, me persuadí acerca de que, si me quedaban ganas, podría disiparlas durante el resto de la mañana pensando en otra cosa, y que lo ya despedido resultaba suficiente para transcurrir un día sin más inquietudes.
          El piso mojado y ensangrentado como en una escena de homicidio violento y la copa del inodoro blanca y roja como un tomate descompuesto me quitaban posibilidades de movimiento y por ello dificultaban la tarea de detener la hemorragia; mucho más cuanto que debí sostener el saco y la camisa desvestida sobre el portarrollos del papel higiénico, ya que no había dónde colgarlos. Con una pelota de papel en el culo, en genuflexión, fui limpiando el inodoro y la parte superior de la tabla (cuando la levanté, noté los ríos gruesos que habían discurrido no sé cómo por toda la superficie inferior). Gasté muchos metros de papel. Luego limpié el piso con más papel. Dejé un reguero de puntos rojos muy pequeños aunque visibles a un costado del pequeño retrete. Gran parte de la sangre estaba ya viscosa y no pudo ser removida, ni aun escupiendo sobre ella (no quise mojar los pelotones de papel higiénico directamente en el agua del inodoro).
          Me resigné a utilizar todo el día los calzoncillos manchados de sangre y orina, y el pantalón ensangrentado. Al quitarme el papel que estaba en contacto con el ano, noté que restaba transcurrir algo de los 6 a 8 minutos y que en cualquier momento recomenzaría el goteo; pero, dada la muy extrema probabilidad de que ingresara alguien al cagadero del café-bar, decidí que la tela del calzón lo absorbería.
          Después de vestirme dentro del cubículo muy incómodamente e higienizarme las manos, con el culo dolorido, advertí por el espejo de los lavabos que de algún modo había arrojado sin darme cuenta una gran cantidad de sangre al frente del inodoro. Sin embargo, no me apuré para quitarla. No bien eché el papel y presioné el botón, ingresó, ahora sí, una especie de abogado que me miró a los ojos. Sin saludarme, estudió velozmente el lugar de donde yo había salido y decidió, por esos juegos de la cofradía de los buenos dioses, utilizar el retrete de al lado. Cuando abandoné el lugar, con el abrigo en la mano, durante dos cuadras imaginé que el letrado vendría corriendo a buscarme, y que lo ayudaría a identificarme la camisa violeta que llevaba puesta.

martes

Pero por algo mucho más cruel todavía.

Y no estoy hablando de nada en particular. Es la historia universal. Si no hubiese pasado esto, habría pasado alguna otra hijadeputada.

domingo

Toda mi mierda

          Me veo en retrospectiva y me insulto. Me insulto en retrospectiva y no me puedo morir.
          Antes tenía fantasías del tipo de ametrallar recuerdos. Ahora me cago obligadamente, me cago manu militari en todos, y si existe en mí alguna victimización, ésa es la de amplificar mi sufrimiento por la ausencia del otro, mi repulsión doliente por alcanzar la absoluta certeza de que me tengo que cagar inevitable y desilusionadamente en todo, rotundamente en todo, en vos, en todos, más allá de amar la verdad.
          Ojalá no pueda ver más tu porquería, ni que vos te preocupes más por la mía. Ojalá me muera AHORA, porque vi tu espectáculo.

lunes

Cositas de Papá (XV): Mi vida como músico

          A mis trece años, dos después de que comenzara a estudiar piano, papá compró uno usado que ofrecían en los clasificados del Clarín. Alguna vez contaré las incursiones del psicópata en el monstruo de madera y cuerdas cuyo aroma hoy recuerdo con ramalazos de tragedia. Entonces no sabía (ahora sí) los años que estaban por venir.
          A partir de su llegada, los parientes de los domingos se sentaron a escuchar con displicencia a Pietro, un niño, de quien sin embargo exigían páginas a lo Rubinstein que jamás obtuvieron.
          Cierta vez, un tío ponderó las tres o cuatro líneas que había desgranado en el "living room", a varios kilómetros del "comedor" en que se atragantaba el resto de la familia con la estufa encendida y todas sus incapacidades y sobreabundancias. "Qué bien está tocando Pietro", dijo.
          Mi padre contestó: "Mirá, después te voy a ir a tocar yo unos tangos que sin estudiar te los saco con estos dos dedos y encima te los canto. A Pietro dejalo, Pietro solamente ejecuta la fría página del pentagrama".
          Mis parientes nada habrían respondido (quizás la abuela, "Ay, sí, Robertito, cantate algo, querido"), y yo, habiéndome días después enterado del episodio no sé cómo (mi madre, por supuesto, callaba), dejé poco a poco de tomar lecciones de piano.

sábado

Ayer y hoy

          Con mi amiga Emegé hablábamos esta noche de las formas discursivas populares de ayer y de hoy. Veíamos un documental sobre un dirigente de izquierda de los '60s que se dirigía a una congregación peronista de banderas con fusiles cruzados en términos que hoy pocos identificarían como de lenguaje masivo. La propia izquierda argentina, hace cuarenta años hiper-intelectualizada, hoy desgrana pavadas sobrecargadas de marihuana y sexo libre que poco tienen que ver, como antaño, con la refutación seria del materialismo histórico que ignoran y que es la base de su (desconocida) reivindicación. Los que ayer procuraban la derrota de las justificaciones estructurales de dominio, hoy, sitiados por sus limitaciones culturales, sólo abogan por el reparto solidario de alimentos no perecederos en plazas públicas, y de flujos seminales y vaginales a ritmo de conversión de la irracionalidad en derechos que sólo importan a su reducida comunidad de marginados auto-adquiridos.
          ¿Causaría el mismo efecto por estos días el discurso del líder que vociferaba literatura sobre un tinglado improvisado en la entrada de una fábrica, a principios de los '70s? ¿Habría ahora interlocutores válidos para esa clase de expresiones tan precisamente referenciadas de contenido?
          "Esos florimientos vienen de antes, del treinta, del cuarenta. Fijate la forma de uno de los mensajes más recordados de Eva Perón: ...y aunque deje en el camino jirones de mi vida, yo sé que ustedes recogerán los restos... andá a hablarle así hoy a la masa obrera. ¿Jirones?¿Qué jirones?"
          "Hoy habría que decir bidones", agregó inmediatamente Emegé. "Aunque deje en el camino bidones de mi vida".
          "Ja ja ja", se me ocurrió, pensando que las masas actuales aplaudirían igual así, a tan poco de la ausencia de significante.
          Y en seguida me volví a deprimir un poco, pero no mucho más, porque venía de liberarme y, como postula mi psicóloga, por tu estructura psíquica siempre algo de angustia residual va a haber, eso no lo vamos a poder modificar.

martes

Hijos de puta

         Todas las prendas que de algún modo guardan contacto con mi culo están manchadas de sangre seca o húmeda. Cuando me las quito, parecen invadidas por un torrente de mierda; pero en verdad es sangre tan roja y sedimentaria que toma sin miedo a ninguna denigración la senda horrorosa del marrón. Vez a vez, utilizo líquidos limpiadores saturados de ácidos más o menos benéficos o más o menos corrosivos, siempre sin resultados. Los calzoncillos blancos, en más de una ocasión, viraron a un ocre que interpreté resultado de una cromatografía aureolar de muerte intensa.
         En este punto, veo que he venido dedicando mi agotamiento a todos los hijos de puta que me desvirgaron los estadíos en el camino de la vida y que corroboraron con toda su pestilencia enferma que es cierto, uno pasa libremente por las metamorfosis más ridículas.

jueves

Si no (si y sólo si no pe), entonces pe

          Una aplicación de la Ley de Murphy:


Si no es necesario que no sea, entonces fatalmente será.

lunes

Esperen un cachilín

Ya voy a postear; es que entre la depresión y el trabajar inútilmente, el mismo tiempo que me ha condenado se me diluye entre el cáncer existencial.

Ya vengo, y cuando venga, borro esto.

sábado

Revelación freudiana

          En una de las múltiples -y siempre insuficientes- sesiones de psicoanálisis a las que debo someterme en función del daño recibido, expuse a consideración de la terapeuta una relación sentimental de años atrás, que tuve con una mujer que, con algún otro hombre, se había dejado penetrar por el orto; y que, además, había consentido una serie ininterrumpida de  relaciones sexuales con por lo menos un desconocido antes de decidir su noviazgo conmigo. Como más o menos la licenciada me convenció acerca de que no existe una moral homogénea, le pregunté por qué en aquella época esas dos circunstancias (la cogida por el ano y la putedad pasada) me molestaban tanto; y cómo es que ahora las veía, si bien aberrantes e indeseables desde una perspectiva de vida virtuosa, verdaderamente inofensivas para mi proyecto personal de vida e insusceptibles de generar daño en nadie -acaso en el esfínter anal de la protagonista de los descarríos o en su honestidad biográfica, pero nunca un deterioro de mi propia entereza espiritual, como antes lo vivenciaba, al punto de sentirme portador vergonzoso y en condición de inmanencia del deshonor que atañía a mi partenaire de entonces-. A mayor abundamiento, le comenté que otra mujer a la que conocí desde niña actualmente llevaba el mismo comportamiento, pero esa ajena experiencia me provocaba esta vez risa y expectación de torpeza en lugar de, como antes, obsesión horrorizante, repulsión y conexión con la soledad y angustias más extremas.

          ¿Quizás me sentiría ahora cobijado en la pureza de pensamiento y acción de Cholita, la mujer más honesta de todas y que por suerte puedo querer sin temores?

          La interpretación "psi" fue, como nunca, una luz azul en el camino:

          -A esta altura ya lo hemos trabajado quizás sin darte cuenta, pero en aquel tiempo probablemente hayas asociado la penetración anal con los abusos morales que te infligió tu padre; y la liviandad de costumbres sexuales, con la prostitución de tu madre.

          Y entonces todo surgió tan cristalina y palmariamente, que comencé a perdonar, si bien cada carnero en su redil.